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Brasil: delincuencia, injusticia y realización de un plan educativo

Brasil; la educación como respuesta a la violencia

En el país sudamericano en el que proliferan los homicidios y el tráfico de droga, la organización Operazione Lieta invierte desde hace 35 años en las escuelas y en la formación profesional

Los chicos de Operazione Lieta

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Pubblicato il 05/04/2018
LUCIANO ZANARDINI
FORTALEZA

«Quiero ser un abogado para disminuir la violencia que hay en Brasil. Quiero ser un abogado para difundir lo justo, no las cosas equivocadas, porque el dinero solo hace daño. Estoy seguro de que Brasil será mejor». El testimonio de Leandro es uno de los tantos que narra la película de Roberto Orazi “Quiero ser Criança – Quiero ser niño”. Dando voz a los protagonistas, se cuenta la historia de una organización sin ánimo de lucro italiana, Operazione Lieta, que ha semrbado y siembra futuro. Desde 1983, efectivamente, promueve en Brasil proyectos de asistencia y de educación para los niños de las periferias de Fortaleza. Y lo hace gracias a su fuerte carisma piamartino (referencia a la Congregación que fundó san Juan Bautista Piamarta).

 

Angelo Faustini y Lieta Valotti, esposos, representan el alma de este proyecto. El contexto en el que trabajan es muy problemático: la droga y la violencia han llegado a niveles increíbles. «El Cearà (8,5 millones de habitantes) es, según el UNICEF, el estado con mayor número de adolescentes, entre 12 y 18 años, asesinados en 2017. También el año pasado –explicó Faustini– hubo más de 5000 homicidios, 50% más que en 2016. Entre las víctimas está Alexandra, una de nuestras educadoras, de 34 años, asesinada durante un robo en un autobús, mientras volvía a casa».

 

Los asaltos, desgraciadamente, están a la orden del día. Leandro es un chico que vive en una nación que en los últimos años ha podido organizar los Juegos Olímpicos, el Mundial de fútbol y la Jornada Mundial de la Juventud, pero es un gigante económico con pies de arcilla. Rehén de la corrupción y de la violencia, vive una profunda crisis política y de valores. Es increíble recordar que en 2002 la clase media se extendía, por primera vez, entre el 52% de la población.

 

En la actualidad, dijo Angelo, «vemos dos tipos de Brasiles: el Brasil de los que tienen el poder y a quienes no les interesan los demás, con acciones de corrupción, y el Brasil que retrocede: los índices macroeconómicos aumentan y los sociales retroceden. El 80% de la pobreza se concentra en las zonas rurales, sobre todo en el noreste. Un cuarto de la población es pobre, 50 millones de personas viven con una renta familiar mensual de alrededor de 97 euros. Los servicios sociales, las infraestructuras, la seguridad y la salubridad no funcionan. Se advierten algunos resultados positivos en el campo escolar, pero sigue siendo una nación muy desigual, con un bajo nivel de escolaridad en la que el 40% de los obreros comienza a trabajar a los 14 años».

 

Operazione Lieta se ocupa, gracias a adopciones a distancia, de un Centro de formación profesional en Fortaleza en donde se ocupa de las primarias, las secundarias y las preparatorias: 564 alumnos en total y 150 de ellos viven en el Colegio. También cuenta, en Itaitinga (Pacoti), con una escuela residencia para 230 niños de 6 a 12 años y con una Casa Comunitaria para adolescentes. En el municipio de Limoeiro do Norte también funciona una primaria con 450 alumnos: «El trabajo en el campo de la educación mira hacia adelante. Comenzamos a recoger algunos frutos».

 

La organización también propone cursos profesionales en las zonas rurales, de formación agropecuaria, sigue a las familias pobres de los chicos, acompaña a los estudiantes que acaban el instituto y ha puesto en marcha también un centro para contrarrestar abusos. Son muchos los que en estos 35 años de actividad se han cruzado con el camino de Operazione Lieta. Hoy ya son adultos, pero mantienen vínculos con su pasado. Algunos se han convertido en educadores o en profesores, otros, como Michael, por ejemplo, tienen la posibilidad de estudiar en el Conservatorio de Bruselas. «Estoy y estaré siempre agradecido por el apoyo que recibo. Deseo poder ayudar a muchos jóvenes y niños, transmitiendo todo lo que he aprendido, principalmente mi pasión por la música».

 

Las palabras de Eliane están llenas de esperanza, y gracias a Operazione Lieta puede aspirar a algo diferente de lo que ofrece la calle. «Quiero estudiar, terminar la universidad y tener un trabajo para cambiar la vida de mi madre». La educación puede, verdaderamente, ser el motor del país.

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Teología de la desigualdad en la iglesia católica, por José M. Castillo.

Teología de la Desigualdad

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Una teología de la desigualdad, nunca definida pero claramente aplicada, se encuentra bien formulada en el vigente Código de Derecho Canónico de la Iglesia católica.

En el Código, como sabemos, las mujeres no son iguales en derechos a los hombres. Ni los laicos son iguales a los clérigos. Ni los presbíteros tienen los mismos derechos que los obispos. Ni los obispos se igualan con los cardenales. Y conste que no hablo de los poderes inherentes al gobernante, sino de los derechos que son propios de las personas. Ya sé que todo esto necesitaría una serie de precisiones jurídicas y teológicas, que aquí no tengo espacio para explicar. Para lo que en esta reflexión quiero indicar, valga lo dicho como mera introducción a la teología de la desigualdad en la Iglesia.

Como punto de partida, no olvidemos que la religión es generalmente aceptada como un sistema de rangos, que implican dependencia, sumisión y subordinación a superiores invisibles (W, Burkert). Superiores que se hacen visibles en jerarquías que hacen cumplir los rituales de sumisión, según las diversas religiones y sus estructuras correspondientes. En el caso de la Iglesia, durante los tres primeros siglos, las originales comunidades evangélicas fueron derivando hacia un “sistema de dominación”, con las consiguientes desigualdades, que todo sistema de dominación produce, y que quedó establecido en la Antigüedad Tardía (J. Fernández Ubiña, ed.). Este sistema, como es bien sabido, alcanzó la cumbre de su fortaleza en su expresión máxima, la “potestad plena” (ss. XI al XIII). Un poder que se ejercía conforme a la normativa del Derecho romano (Peter G. Stein), que no reconoció la igualdad “en dignidad y derechos” de mujeres, esclavos y extranjeros.

Como es lógico, este sistema, no ya basado en las “diferencias”, sino en las “desigualdades”, sufrió el golpe más duro, que podía soportar, en las ideas y las leyes que produjo la Ilustración, concretamente en la Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano, que aprobó la Asamblea Francesa, en 1789. Un documento que fue denunciado y rechazado por el papa Pío VI. Lo que fue el punto de partida del duro enfrentamiento entre la Iglesia y la cultura de la Modernidad. Un enfrentamiento que se prolongó durante más de siglo y medio, hasta después de la segunda guerra mundial.

Naturalmente, esta legislación y esta forma de entender la presencia de la Iglesia en la sociedad se tenía que justificar desde una determinada teología. La teología de la desigualdad, que el papa León XIII recogió de una tradición de siglos, para rechazar las enseñanzas de los socialistas, que, a juicio de aquel papa “no dejan de enseñar… que todos los hombres son entre sí iguales por naturaleza” (Enc. Quod Apostolici. ASS XI, 1878, 372). Cuando en realidad, para León XIII, “La desigualdad, en derechos y poderes, dimana del mismo Autor de la naturaleza”. Y tiene que ser así, “para que la razón de ser de la obediencia resulte fácil, firme y lo más noble” (ASS XI, 372).

Así, el papado de aquellos tiempos pretendió aplicar a la sociedad civil el principio determinante del sistema eclesiástico, que quedó formulado por el papa Pío X, en 1906: “En la sola jerarquía residen el derecho y la autoridad necesaria para promover y dirigir a todos los miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro derecho que el de dejarse conducir y, dócilmente, el de seguir a sus pastores” (Enc. Vehementer Nos, II-II. ASS 39 (1906) 8-9). La teología de la desigualdad quedó bien formulada, como una teoría y una práctica que, con otras palabras, ya había sido formulada desde Gregorio VII (s. XI) y afianzada por Inocencio III (ss. XII-XIII).

Uno de los componentes determinantes de la cultura es la religión. Por eso, una cultura como es el caso de lo que ha ocurrido en Occidente durante tantos siglos, la teología de la desigualdad ha marcado la mentalidad, el Derecho, la política, las costumbres y las convicciones, de la cultura occidental, mucho más de lo que seguramente imaginamos.

El contraste con esta teología está en el Evangelio. Jesús quiso, a toda costa, la igualdad en dignidad y derechos de todos los seres humanos. Por eso se puso de parte de los más débiles, de los más despreciados, de los más desamparados. Esto supuesto, yo me pregunto por qué hay tanta gente de la religión – o muy religiosa – que no disimula su rechazo y hasta su enfrentamiento con el Papa Francisco. Más aún, yo me pregunto también si el profundo malestar, y hasta la indignación, que se está viviendo ahora mismo en España, no tendrá algo (o mucho) que ver con la teología de la desigualdad y sus defensores, los clérigos de alto rango. Es más, yo me atrevo a preguntar si España está preparada, en este momento, para aguantar un cambio tan radical, en nuestras leyes, jueces y fiscales, que no fueran los “robagallinas”, sino los más altos dirigentes de la política y de la economía los que se echaran a temblar.

¿Es o no es importante la teología de la desigualdad? En todo caso, yo no tengo soluciones. Ni esa es mi tarea en la vida. Me limito a plantear preguntas, que nos obliguen a todos a pensar.    

José María Castillo  –  Teólogo