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La tercera carta de Viganó. Análisis de Vatican Insider

V

El caso Viganò y las justificaciones “religiosas” con las que se divide a la Iglesia

Un análisis sobre los puntos débiles de la tercera entrega de la operación político-mediática organizada por el ex nuncio y los que lo apoyan

La Basílica de San Pedro (foto: Vatican Insider)

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Pubblicato il 22/10/2018
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

La tercera entrega del “dossier” Viganò, la operación político-mediática con la que el ex nuncio en Estados Unidos y quienes lo apoyan han tratado (desde el pasado 25 de agosto) de poner en jaque al Pontífice, llegando incluso a pedir su renuncia, presenta una síntesis cronológica eficaz de las afirmaciones del acusador de Francisco. Como ya varios han revelado, el tono (no la sustancia) de este tercer documento parece ligeramente diferente de los dos anteriores. El arzobispo Carlo Maria Viganò insiste en los motivos que lo llevaron a su clamoroso gesto, presentando auto-justificaciones religiosas.

 

Escribe el ex nuncio en Estados Unidos que ha tratado de obligar al Sucesor de Pedro a abandonar su puesto: «He hablado con la absoluta conciencia de que mi testimonio habría provocado alarmas y desconcierto en muchas personas eminentes: eclesiásticos, hermanos obispos, colegas con los que he trabajado y rezado. Sabía que muchos se habrían sentido heridos y traicionados. Preví que algunos, a su vez, me habrían acusado y habrían puesto en discusión mis intenciones. Y, cosa más dolorosa de todas, sabía que muchos fieles inocentes se habrían confundido y desconcertado ante el espectáculo de un obispo que acusa a sus hermanos y superiores de fechorías, pecados sexuales y grave negligencia».

 

Es exactamente lo que ha sucedido. La operación Viganò, la intención de descargar cualquier responsabilidad sobre el actual Pontífice por la mala gestión del caso del cardenal Theodore McCrrick, ha aumentado las tensiones en una Iglesia ya cansada por la reiteración de escándalos que, en su mayor parte, pertenecen al pasado, que han puesto a muchos obispos en el banquillo de los acusados por no haber actuado correctamente ante los abusos perpetrados contra menores por parte de sus sacerdotes. Si el Papa Francisco consideró oportuno invitar a todos los fieles a que rezaran el Rosario en el mes mariano de octubre, con una especial intención porla Iglesia bajo ataque del demonio que pretende dividir, desempolvando la vieja oración a San Miguel Arcángel, significa que lo que está sucediendo tiene una particular gravedad.

 

Por ello hay que subrayar estos pasajes del tercer “comunicado” de Viganò: «Sin embargo, creo que mi continuo silencio —escribió el ex nuncio— habría puesto en peligro muchas almas, y habría condenado la mía. A pesar de haber indicado en varias ocasiones a mis superiores, e incluso al Papa, las aberrantes acciones de McCarrick, habría podido denunciar públicamente antes las verdades de las que tenía conocimiento. Si hay alguna responsabilidad mía en este retraso, me arrepiento. Se debe a la gravedad de la decisión que estaba por tomar y al largo trabajo de mi conciencia. He sido acusado de haber creado con mi testimonio confusión y división en la Iglesia. Esta afirmación solo puede ser creíble para aquellos que consideran que tal confusión y división eran irrelevantes antes de agosto de 2018. Sin embargo, cualquier observador objetivo habría podido advertir bien la prolongada y significativa de ambas, cosa inevitable cuando el Sucesor de Pedro renuncia a ejercer su misión principal, que es la de confirmar a los hermanos en la fe y en la sana doctrina moral. Luego, cuando con mensajes contradictorios o declaraciones ambiguas exaspera la crisis, la confusión empeora».

 

Entonces, Viganò revela por primera vez lo que lo llevó a poner en marcha su organización político-mediática, con todo y la petición de la renuncia del Papa, no solo fue la gestión del caso McCarrick. El ex nuncio, efectivamente, no se preocupó por provocar escándalo, crear confusión y división en la Iglesia (nos lo explica él mismo), porque, en su opinión, desde antes de su clamorosa operación y de la acusación contra el Papa reinante, el Papa emérito y su santo predecesor, junto con los respectivos colaboradores, la confusión y la división reinaban soberanas. ¿A qué se refiere Viganò al afirmar que Francisco habría faltado a su misión de confirmar a los hermanos en la fe? ¿Se refiere al debate que nació tras la publicación de la exhortación post-sinodal “Amoris laetitia”? ¿O se refiere al constante e incesante lugar común que repiten ciertos púlpitos mediáticos que atacan sin descanso al Papa y al 99 por ciento de los obispos, creando confusión y denunciando después que hay confusión en la Iglesia?

 

Esta es la justificación: Viganò escribió lo que ha escrito, publicó la primera entrega mientras el Papa celebraba la Misa en el Encuentro con las Familias de Dublín, pidió la renuncia del Obispo de Roma, pero sin temer crear ni escándalo ni división. Sin preocuparse por lo que su gesto habría significado para la gran mayoría de los fieles, es decir un ataque al corazón de la Iglesia. El ex nuncio se auto-absuelve porque está convencido de que la confusión reinaba desde antes.

 

«Entonces —escribe en su tercer “comunicado”— hablé. Porque es la conspiración del silencio la que ha provocado y sigue provocando enormes daños a la Iglesia, a muchas almas inocentes, a jóvenes vocaciones sacerdotales, a los fieles en general». Viganò dice haber hecho lo que hizo por el bien de la Iglesia y está convencido de que la operación político-mediática que ha organizado, gracias a una red compacta de personas que lo apoyan y entrenadas en acusar al Pontífice desde sus púlpitos en la red y en las redes sociales, es justificable. Es más, dice que habría temido el juicio divino de no haber hablado, en lugar de temerlo por haber hecho lo que ha hecho. Esta insistente auto-justificación místico-religiosa representa el elemento más novedoso en los documentos del arzobispo, que no retrocede ni un milímetro. ¿En qué consistiría, entonces, la “conspiración del silencio”? ¿En que los nombramientos episcopal, arzobispal y la creación cardenalicia de McCarrick fuero un error?

 

En cuanto al pormenorizado resumen cronológico, es importante tratar de distinguir los hechos de las interpretaciones forzadas y de las evidentes falsedades. Se revela en toda su evidente naturaleza instrumental la intención de culpar de todo al Papa Francisco en relación con el caso McCarrick. Para obtener este objetivo, el único verdadero objetivo desde el comienzo de toda la operación, Viganò se ve obligado a insistir en presuntos datos y hechos que en realidad no lo son, sino más bien falsas noticias.La primera de ellas se relaciona con la leyenda metropolitana según la cual el ex cardenal McCarrick fue obligado a no viajar y a vivir retirado durante el Pontificado de Benedicto XVI, mientras durante el Pontificado de Francisco habría obtenido «responsabilidad y misiones».

 

El ex nuncio en Estados Unidos y todos los que lo apoyan repiten sin cesar esta mentira, fingiendo no ver la enorme cantidad de documentación (que quienquiera puede encontrar) que demuestra lo contrario: McCarrick nunca dejó de viajar, de desempeñar misiones (nunca por cuenta de la Santa Sede) reuniéndose con jefes de Estado y líderes religiosos en África, Medio Oriente, Asia. Y esto durante tres Pontificados, e incluso después de haber recibido instrucciones o recomendaciones (que nunca se transformaron en verdaderas sanciones) que lo invitaban a dejar de viajar y a vivir retirado. Viganò da a entender que Francisco cambió las instrucciones (nunca obedecidas) de Benedicto, y también esto es falso. En cambio, es cierto que, al contrario de su predecesor Pietro Sambi, precisamente Viganò, amo nuncio apostólico en Estados Unidos, nunca se demostró particularmente insistente con McCarrick. Han dado la vuelta al mundo varias imágenes de Viganò felicitando al cardenal estadounidense en 2012 (Pontificado de Benedicto XVI) y saludándolo afectuosamente con un beso en la mejilla.

 

La naturaleza instrumental de la operación radica precisamente en la acusación, pidiendo su renuncia, contra el único Pontífice que verdaderamente ha sancionado (y de manera durísima) a McCarrick, cuando llegó una acusación fundada (con el proceso canónico todavía en curso) de haber abusado de un menor, misma que surgió por primera vez en septiembre de 2017. Pensar que, incluso considerando creíbles los recuerdos del ex nuncio, haber comunicado al Papa una sola frase sobre el pasado del ya octogenario (y jubilado siete años antes) cardenal McCarrick, sin haber producido o enviado ningún apunte por escrito y sin haber comunicado ningún elemento de denuncia o señalización nueva, es suficiente para pedir la renuncia de un Pontífice indica hasta qué punto se ha llegado a perder la conciencia de lo que es la iglesia.

 

Otro de los puntos que son presentados como verdaderos, sin serlo, es el papel de “kingmaker” que McCarrick habría tenido en algunos nombramientos episcopales en Estados Unidos. Viganò lo repite, como ya habían hecho antes que él algunos sitios y blogs que hoy apoyan su operación, sin ofrecer elementos de prueba o que confirmen esta tesis. Además, el ex nuncio en Estados Unidos da por cierto que algunos nombramientos en importantes sedes norteamericanas han representado un cambio en la doctrina de la Iglesia sobre el tema de la homosexualidad y la pederastia. Pero también esto es claramente falso. Viganò olvida dos datos: el primero es que cada Pontífice, una vez elegido, ha decidido, en relación con determinados nombramientos y sedes episcopales no seguir siempre las indicaciones del nuncio o de las Conferencias Episcopales. Y que los dos cardenales estadounidenses promovidos por Francisco, en la misa de Viganò, Blase Cupich de Chicago y Joseph Tobin de Newark, no fueron nombrados ni obispos ni arzobispos durante el actual Pontificado, sino en los dos Pontificados precedentes.

 

También es discutible la insistencia con la que los que apoyan a Viganò presentan, como él, la homosexualidad como el problema que origina los abusos sexuales de menores. Teoría no verdadera, puesto que cada abuso sexual de menores o adultos vulnerables por parte de sacerdotes es, antes que nada, un abuso de poder clerical y un abuso de conciencia.

 

En el tercer “comunicado”, Carlo Maria Viganò pone el dedo en la llaga de los errores que llevaron a la creación cardenalicia de McCarrick y luego a no sancionarlo con mayor determinación. Se trata de un problema del pasado y relacionado con elprocso de selección de los obispos. Juan Pablo II en 27 años de Pontificado nombró a miles de obispos, y entre ellos también había alguna “manzana podrida”. Basta citar los nombres de los cardenales Hans Hermann Gröer, Patrick O’Brien y el McCarrick; o bien, los casos de los arzobispos Juliusz Paetz y Jozef Wesolowski, por citar los más destacados. Los Papas no son infalibles cuando designan a un nuevo obispo o a un cardenal con base en las informaciones que disponen en ese momento. La santidad de Karol Wojtyla no queda en entredicho debido a algunas de sus decisiones, discutibles y discutidas como las del cada Obispo de Roma, y la canonización del Papa no debería significar la aureola para sus colaboradores y sus decisiones.

 

También sería erróneo acusar al Papa Benedicto (gran promotor de una lucha sin cuartel contra el fenómeno de la pederastia clerical, con decisiones difíciles y valientes) por no haber sancionado duramente a McCarrick después de haber aceptado su renuncia a la diócesis en 2006. Como en ese momento no existían indicaciones sobre casos de pederastia (la denuncia contra el cardenal llegó, como se ha dicho más arriba, en 2017) y, como se trata de un cardenal emérito, la decisión de los colaboradores del Papa Ratzinger fue la de tratar de convencerlo de que viviera retirado y sin viajar. Sin actuar con más dureza frente a la evidente desobediencia del interesado. También se revela evidente la enorme instrumentalización de la acusación conta el Papa Francisco, que llegó a la Cátedra de Pedro cuando la cuestión de McCarrick se consideraba cerrada. La sucesiva denuncia por el abuso de un menor volvió a abrir el caso y el papa actuó, con una dureza que no se registraba en la Iglesia desde hace 91 años, pues llegó a quitarle el birrete cardenalicio al arzobispo emérito de Washington.

 

¿Esto significa que todo, en la gestión del caso, se hizo de la mejor manera? Evidentemente no. El Papa, que en el caso de Chile reconoció una parte de su responsabilidad por no haber dado crédito a las acusaciones de las víctimas del padre Karadima sobre la participación del obispo Barros, anunció una investigación profunda sobre McCarrick. Pero la solución no es, evidentemente, considerar creíbles a todos los que se erigen en grandes acusadores, a quienes se auto-adjudican la misión de juez supremo, a los que se ensañan buscando la pajilla en el ojo ajeno olvidando el propio. La Iglesia no puede transformarse en un gran tribunal, desgarrado por poderosos grupos político-mediáticos que quisieran dictarle la agenda. Se necesitan, no hay duda, mejores procedimientos para nombrar a los obispos y una selección más cuidadosa en los seminarios, para lograr ordenar solamente a hombres que sean capaces de vivir el celibato, aunque los escándalos sigan existiendo, porque el pecado, hasta que dure el mundo, nunca será extirpado. Pero se necesita, principalmente, volver a descubrir lo esencial del mensaje cristiano, es decir que la Iglesia no se basa en las capacidades de sus pastores o miembros (desde el Papa hasta el último de los fieles), ni se salva por las “best practices” de quienes la confunden con una transnacional. Se salva y anuncia el Evangelio si los que forman parte de ella miran a una Persona, reconociéndose frágiles y pecadores necesitados de misericordia infinita. Todos, desde el Papa hasta el último de los fieles.

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Tercer escrito de Mons Vigano. Comentario de Vatican Insider

Viganò admite que no había sanciones contra McCarrick

Nuevo comunicado del ex nuncio que responde a Ouellet: ya no pide la renuncia del Papa Francisco, pero sigue acusándolo de haber encubierto al cardenal estadounidense

El ex nuncio Carlo Maria Viganò

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Pubblicato il 19/10/2018
Ultima modifica il 19/10/2018 alle ore 18:08
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

 

Es un comunicado de tonos parcialmente diferentes con respecto a las invectivas anteriores, signo de que la dura respuesta del cardenal Marc Ouellet, a quien el ex nuncio Carlo Maria Viganò responde ahora a casi tres semanas de distancia, dio en el clavo. Viganò, que con su “dossier” del 26 de agosto pasado (publicado por una red mediática anti-papal mientras Francisco celebraba la misa final del Encuentro Mundial de las Familias en Irlanda) pedía la renuncia del Pontífice, parece cambiar el tono ligeramente.

 

En el nuevo documento, divulgado en Italia por el periodista Marco Tosatti (estrecho colaborador del ex nuncio para la edición del primer “comunicado”), refiriéndose a la evidente acusación de deslealtad hacia el Papa que hizo Ouellet, Viganò responde: «No me sorprende que al llamar la atención sobre estas plagas, yo haya sido acusado de deslealtad hacia el Santo padre y de fomentar una rebelión abierta y escandalosa. Pero la rebelión implicaría impulsar a los demás a hacer caer el Papado. Yo no estoy exhortando a nada de eso». Viganò y quien lo ayudó en la edición, así como toda la red mediática anti-papal que lo ha apoyado, no recuerdan que ese “dossier” del 26 de agosto concluía precisamente con la petición de la renuncia de Francisco.

 

Ahora, en cambio, el ex nuncio indica: «Rezo cada día por el Papa Francisco, más de lo que hubiera hecho por los otros Papas. Pido, es más deseo ardientemente que el Santo Padre afronte los empeños que ha asumido. Al aceptar ser el Sucesor de Pedro, ha tomado sobre sí la misión de confirmar a us hermanos y la responsabilidad de guiar a todas las almas siguiendo a Cristo, en el combate espiritual, por la vía de la Cruz. Que admita sus errores, se arrepienta, demuestre querer seguir el mandato dado a Pedro y que confirme a sus hermanos».

 

Viganò repite la acusación contra Bergoglio, pues, en su opinión, habría encomendado al cardenal Theodore McCarrick «nuevas e importantes responsabilidades y misiones». Pero no indica cuáles son, puesto que McCarrick, con ya más de ochenta años cuando fue elegido Francisco, viajaba libremente alrededor del mundo tanto durante el Pontificado de Benedicto XVI como durante el de su sucesor, hasta que, frente a una nueva denuncia que por primera vez se refería a un caso de pederastia, precisamente Bergoglio sancionó duramente por primera vez al purpurado anciano.

 

Es interesante que el ex nuncio admita que las que estableció Benedicto XVI contra McCarrick no eran y nunca fueron «sanciones». En su primer “dossier”, Viganò escribió que el Papa Benedicto había impuesto al cardenal McCarrick «sanciones semejantes a las que ahora le inflige el Papa Francisco». Circunstancia absolutamente falsa, puesto que Francisco ordenó públicamente que el cardenal llevara una vida recluido y después le quitó la púrpura. Las del Papa Ratzinger, en cambio, eran, usando las palabras de Ouellet, «fuertes recomendaciones». Ahora Viganò reconoce que se trataba de «instrucciones» y, como ya habían hecho sus secuaces para tratar de disminuir la importancia de la carta de Ouellet, afirma que «sanciones» o «instrucciones» son parecidas, por lo que se trataría de detalles y nimiedades: «Disquisir si eran sanciones o medidas u otra cosa es puro legalismo. Bajo el perfil pastoral es exactamente lo mismo». Pero no es del todo cierto. Lo demuestra que McCarrick durante el Pontificado de Benedicto XVI continuara haciendo lo que hacía antes sin tener en cuenta las «instrucciones» recibidas. Y no le pasaba nada. Ni siquiera el mismo Viganò se esforzaba para que las respetara, mostrándose a su lado en varias ocasiones públicas como si no sucediera nada, según demuestran diferentes videos.

 

En la respuesta, Viganò sostiene que la carta de Ouellet confirma todo lo que él había afirmado antes. Pero no dice nada sobre la operación político-mediática ni sobre la intención de hacer que renuncie el único Papa que ha sancionado duramente a McCarrick. Además, el ex nuncio afirma en su nuevo documento que: «hay un punto sobre el que debo desmentir lo que el cardenal Ouellet escribe. El cardenal afirma que la Santa Sede estaba enterada solamente de simples “rumores”, no suficientes para poder tomar medidas disciplinarias en contra de McCarrick».

 

«Por el contrario —continúa Viganò—, yo afirmo que la Santa Sede estaba enterada de múltiples hechos concretos y estaba en posesión de documentos probatorios, y que, a pesar de ello, las personas responsables prefirieron no intervenir o se les impidió que lo hicieran. Las indemnizaciones a las víctimas de los abusos sexuales de McCarrick en la arquidiócesis de Newark y de la diócesis de Metuchen, las cartas del P. Ramsey, de los nuncios Montalvo en 2000 y Sambi en 2006, del Dr. Sipe en 2008, mis dos Apuntes al respecto para los superiores de la Secretaría de Estado que describían detalladamente las acusaciones concretas contra McCarrick, ¿son solamente rumores? Son correspondencia oficial, no chismes de sacristía. Los delitos denunciados eran muy graves, también estaban los de la absolución de cómplices en actos turbios, con sucesiva celebración sacrílega de la Misa. Estos documentos especifican la identidad de los perpetradores, la de sus protectores y la secuencia cronológica de los hechos. Se encuentran en los archivos apropiados; no se necesita ninguna investigación extraordinaria para recuperarlos».


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Fractura entre las iglesias ortodoxas de Constantinopla y Moscú

iglesia ortodoxa rusa santo sínodo comunión eucaristicaReunión en Minsk del Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa  (ANSA)

Iglesia ortodoxa rusa rompe con Patriarcado de Constantinopla

Los miembros del Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa han decidido romper la “comunión eucarística” con el Patriarcado ecuménico de Constantinopla

Roberto Piermarini – Ciudad del Vaticano

La decisión está contenida en una Declaración de ayer, 15 de octubre, de parte del Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa reunida en Minsk, Bielorrusia, bajo la guía del Patriarca Kirill, para discutir de la toma de posición, anunciada el 11 de octubre pasado por el Patriarcado ecuménico de Constantinopla, de conceder la autocefalía a la Iglesia ortodoxa ucraniana.

La declaración

“Con gran dolor nuestro”- se lee en la Declaración publicada en el sitio web del Patriarcado de Moscú, “los miembros del Santo Sínodo han considerado imposible seguir estando en comunión eucarística con el Patriarcado de Constantinopla”. La Declaración especifica toda la serie de motivos que han llevado a Moscú a romper la comunión: admitir en comunión a los “cismáticos” y “una persona excomulgada de otra Iglesia local”, “la invasión en las partes canónicas de alguno”, “el propósito de rechazar decisiones y compromisos históricos tomados”.

“Todo esto – afirma la Iglesia ortodoxa rusa – pone al Patriarcado de Constantinopla fuera del espacio canónico y, con gran dolor nuestro, vuelve imposible para nosotros continuar la comunión eucarística con su jerarquía, clero y laicos”. “De ahora en adelante, y hasta cuando el Patriarcado de Constantinopla no habrá abandonado sus decisiones anti-canónicas, es imposible para todo el clero de la Iglesia ortodoxa rusa concelebrar con el clero de la Iglesia de Constantinopla y para los laicos participar en los sacramentos administrados en sus iglesias”.

El metropolita Hilarión de Volokolamsk, jefe del Departamento para las relaciones externas del Patriarcado de Moscú, ha manifestado su deseo de que “el sentido común venza y que el Patriarcado de Constantinopla cambie su actitud, reconociendo la realidad eclesiástica existente”. “Hasta que estarán en vigor todas las decisiones ‘ilegítimas’ de Constantinopla, no podremos estar en comunión con aquella Iglesia”.

Una decisión ya tomada

El 11 de octubre pasado, el Sacro Sínodo del Patriarcado ecuménico de Constantinopla, había establecido que se renovara “la decisión ya tomada” de proceder a la concesión de la autocefalía de la Iglesia de Ucrania”.

Después de haber “discutido ampliamente”, el Sacro Sínodo, presidido por el Patriarca Bartolomé I – refiere un comunicado – ha decidido “revocar el vínculo jurídico de la Carta Sinodal del año 1686, emitida para las circunstancias de la época”, que concedía “el derecho al Patriarca de Moscú de ordenar al Metropolita de Kiev”, “proclamando y afirmando su dependencia canónica de la Iglesia Madre de Constantinopla”.

El Sacro Sínodo había lanzado un llamamiento “a todas las partes involucradas, para que se evite la apropiación de Iglesias, monasterios y otras propiedades, además de que se evite cualquier otro acto de violencia o represalia, para que la paz y el amor de Cristo puedan prevalecer”.


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Declaraciones del nuevo superior general de los Lefebvrianos.

El nuevo superior de los lefebvrianos: rechazamos aceptar el Concilio

Davide Pagliarani en su primera entrevista: detesto irremediablemente todos los medios electrónicos, sin excepción y sin posibilidad de cambiar de opinión

El nuevo superior de la Fraternidad San Pío X, Davide Pagliarani (centro)

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Pubblicato il 12/10/2018
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO

 

El Concilio Vaticano II «nosotros nos negamos a aceptarlo como un concilio semejante a los demás», «por ello discutimos su autoridad», desgraciadamente «no ha sido nunca rectificado ni corregido por la autoridad competente», y «vehicula un espíritu, una doctrina, una forma de concebir la Iglesia que son un obstáculo a la santificación de las almas, y cuyos resultados dramáticos están a la vista de todos los hombres intelectualmente honrados, de toda la gente de buena voluntad». Lo afirma en la primera entrevista que concede después de su elección, en julio de este año, el nuevo superior de los lefebvrianos, el italiano Davide Pagliarini. Y afirma sobre su predecesor: «detesto irremediablemente todos los medios electrónicos sin excepción y sin posibilidad de cambiar de opinión, mientras que Mons. Fellay es un experto en la materia…».

 

«Desde las discusiones doctrinales con los teólogos romanos», explica el Superior general de la Fraternidad San Pío X en la entrevista, publicada por el sitio oficial de los lefebvrianos en vísperas de la canonización de Pablo VI, «se puede decir que tenemos ante nosotros dos fuentes de comunicación, dos tipos de relaciones que se establecen sobre dos planos que hay que distinguir bien: una fuente pública, oficial, clara, que sigue siempre imponiéndonos declaraciones con – sustancialmente – los mismos contenidos doctrinales; otra que emana de tal o cual miembro de la Curia, con intercambios privados interesantes que contienen elementos nuevos sobre el valor relativo del Concilio, sobre uno u otro punto de doctrina… Son discusiones inéditas e interesantes que ciertamente deben proseguirse, pero que no por ello dejan de ser discusiones informales, oficiosas, mientras que en el plano oficial – a pesar de cierta evolución del lenguaje – se reiteran siempre las mismas exigencias. Ciertamente tomamos nota de lo que se dice en privado de forma positiva, pero ahí no es verdaderamente Roma la que habla, son Nicodemos benevolentes y tímidos, no son la jerarquía oficial. Hay pues que atenerse estrictamente a los documentos oficiales, y explicar por qué no podemos aceptarlos. Los últimos documentos oficiales –por ejemplo, la carta del cardenal Müller de junio de 2017- manifiestan siempre la misma exigencia: el Concilio debe aceptarse previamente, y después será posible continuar discutiendo sobre lo que no está claro para la Fraternidad; al hacerlo así, se reducen nuestras objeciones a una dificultad subjetiva de lectura y de comprensión, y se nos promete ayuda para comprender bien lo que el Concilio quería verdaderamente decir. Las autoridades romanas hacen de esta aceptación preliminar una cuestión de fe y de principio; lo dicen explícitamente. Sus exigencias hoy son las mismas que hace treinta años. El concilio Vaticano II debe aceptarse en continuidad con la tradición eclesiástica, como una parte que ha de integrarse en esta tradición. Se nos concede que puede haber reservas por parte de la Fraternidad que merecen explicaciones, pero en ningún caso un rechazo de las enseñanzas del Concilio en tanto que tales: ¡es Magisterio, pura y simplemente! Ahora bien, el problema está ahí, siempre en el mismo sitio, y no podemos desplazarlo a otro lugar: ¿cuál es la autoridad dogmática de un Concilio que se quiso pastoral? ¿Cuál es el valor de esos principios nuevos enseñados por el Concilio, que se han aplicado de manera sistemática, coherente y en perfecta continuidad con lo que se había enseñado por la jerarquía que fue responsable a la vez del Concilio y del post-Concilio? Este Concilio real, es el Concilio de la libertad religiosa, de la colegialidad, del ecumenismo, de la “tradición viva”…, y desgraciadamente no es el resultado de una mala interpretación. Prueba de ello es que este Concilio real no ha sido nunca rectificado ni corregido por la autoridad competente. Vehicula un espíritu, una doctrina, una forma de concebir la Iglesia que son un obstáculo a la santificación de las almas, y cuyos resultados dramáticos están a la vista de todos los hombres intelectualmente honrados, de toda la gente de buena voluntad. Este Concilio real, que corresponde a la vez a una doctrina enseñada y a una práctica vivida, impuesta al “Pueblo de Dios”, nosotros nos negamos a aceptarlo como un concilio semejante a los demás. Por ello discutimos su autoridad, pero siempre en un espíritu de caridad, pues no queremos otra cosa sino el bien de la Iglesia y la salvación de las almas. Nuestra discusión no es una simple justa teológica y, de hecho, tiene por objeto asuntos que no son “discutibles”: es la vida de la Iglesia la que está aquí en juego, indiscutiblemente. Y es sobre esto sobre lo que Dios nos juzgará. He aquí, pues, en qué perspectiva nos atenemos a los textos oficiales de Roma, con respeto pero también con realismo; no se trata de ser de derechas o de izquierdas, duro o laxista: se trata simplemente de ser realista».

 

El sacerdote que guiará a los lefebvrianos durante los próximos doce años subraya que su predecesor, monseñor Bernard Fellay, «es una personalidad importante en la historia de la Fraternidad, puesto que la ha dirigido durante un tiempo que corresponde a la mitad de su existencia». Fueron 24 de 48 años, y en este largo periodo de tiempo, añade Pagliarani, «esta fidelidad de la Fraternidad a su misión es de cierta manera el reflejo de la fidelidad de mi predecesor a la suya. Por ello me importa mucho darle las gracias en nombre de todos». Sin embargo, en relación con las diferencias entre sus personalidades, «debo confesar – “cum grano salis” – que detesto irremediablemente todos los medios electrónicos sin excepción y sin posibilidad de cambiar de opinión, mientras que Mons. Fellay es un experto en la materia…».

 

Un tema que vuelve a aparecer cuando se refiere a la relación con Roma: «Más especialmente hoy, debemos evitar la precipitación en nuestros juicios, a menudo favorecidos por los medios modernos de comunicación; no lanzarnos al comentario “definitivo” de un documento romano o de un asunto sensible: siete minutos para improvisarlo y un minuto para ponerlo en la red… Tener una primicia, estar en boca de todos son nuevas exigencias de los medios, pero de este modo proponen una información muy superficial y – lo que es peor – a largo plazo convierten en imposible toda reflexión seria y profunda. Los lectores, los oyentes, los espectadores se inquietan, se angustian… Esta ansiedad condiciona la recepción de la información. La Fraternidad ha sufrido demasiado por esta tendencia malsana y – en último término – mundana, que debemos todos intentar corregir con urgencia. Cuanto menos estemos conectados a Internet, mejor reencontraremos la serenidad de espíritu y de juicio. Cuantas menos pantallas tengamos, mejor estaremos en condiciones de efectuar una apreciación objetiva de los hechos reales y de su alcance exacto. En nuestras relaciones con roma, no se trata de ser duros o laxistas, sino simplemente realistas».

 

La situación actual de la Iglesia, según el sacerdote lefebvriano, «es la de un declive trágico: caída de las vocaciones, del número de sacerdotes, de la práctica religiosa, desaparición de las costumbres cristianas, del sentido más elemental de Dios, que hoy se manifiestan – ¡por desgracia! – en la destrucción de la moral natural…». La Fraternidad sacerdotal Pío X «posee todos los medios para guiar el movimiento de regreso a la Tradición», así como para preservar «nuestra identidad recordando la verdad y denunciando el error», como para atraer a la Tradición «a quienes caminan en esta dirección, animarles, introducirles poco a poco en el combate y en una actitud cada vez más valiente. Hay todavía almas auténticamente católicas que tienen sed de la verdad, y nosotros no tenemos derecho a negarles el vaso de agua fresca del Evangelio por una actitud indiferente o altiva». Vivir de la Tradición, explica Pagliarani, «significa defenderla, luchar por ella, combatir a fin de que triunfe primero en nosotros mismos y nuestras familias, para que después pueda triunfar en la Iglesia entera. Nuestro deseo más firme es que la Iglesia oficial no la considere ya como un pesado fardo o un conjunto de antiguallas, sino más bien como la única vía posible para regenerarse ella misma. Sin embargo las grandes discusiones doctrinales no serán suficientes para realizar esta obra: nos hacen falta primero almas dispuestas a toda suerte de sacrificios. Ello vale tanto para los consagrados como para los fieles».

 

Entre los proyectos más inmediatos, el superior de los lefebvrianos recuerda que «con ocasión de su jubileo de 1979, Mons. Lefebvre nos había invitado a una cruzada de la misa, porque Dios quiere restaurar el sacerdocio y, por él, la familia, atacada hoy por todas partes. Su visión era entonces profética; en nuestros días, se ha convertido en una constatación que cada cual puede hacer. Lo que él preveía, nosotros lo tenemos hoy delante de nuestros ojos» y «cuarenta años después no podemos eludir esta cruzada; ella nos reclama un ardor todavía más exigente y un entusiasmo aún más ardiente en el servicio de la Iglesia y de las almas. Como decía al comienzo de esta entrevista, la Tradición es nuestra, plenamente, pero este honor crea una grave responsabilidad: seremos juzgados sobre nuestra fidelidad en transmitir lo que hemos recibido».


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El caso Viganó y la necesidad de una adecuada respuesta por parte del Vaticano. Thomas Reese..

Columns • Opinion • Thomas Reese: Signs of the Times

Doubts about Viganò’s accusations aside, Pope Francis needs a better response

Archbishop Carlo Maria Viganò listens to remarks at the United States Conference of Catholic Bishops’ annual fall meeting on Nov. 16, 2015, in Baltimore. (AP Photo/Patrick Semansky)

(RNS) — It is hard to know what to think of the bombshell dropped by Archbishop Carlo Maria Viganò, who released a scalding letter on Sunday (Aug. 26) calling on Pope Francis to resign. Viganò, the former Vatican ambassador to the United States, claims in the letter that Pope Francis knew that recently resigned Cardinal Theodore McCarrick abused seminarians when he was a bishop in New Jersey but nonetheless didn’t punish the cardinal.

The 7,000-word document also accuses about a dozen Vatican cardinals who served in the papacies of John Paul, Benedict and Francis of being part of the coverup.

It might be easy to write Viganò off as a disgruntled employee. He was denied the job he sought under Pope Benedict XVI — president of the governorate of the Vatican City State — and was sent to the United States as papal nuncio, or representative to the U.S. government and the American church. In a 2012 memo to Pope Benedict, which was leaked to the media, Viganò complained that he was being exiled because he had made enemies trying to reform Vatican finances.

Nuncio to the United States is no minor job, but the head of the Vatican government normally becomes a cardinal.

Viganò became even more unhappy with his job as nuncio after the election of Pope Francis, who ignored his recommendations in the appointment of bishops. And although most nuncios to the U.S. later become cardinals, it became clear that he was never going to get a red hat.

It is worth noting that many of the people Viganò accuses are the same people with whom he had conflicts in the Vatican.

Nor is this the first time Viganò has criticized the pope. He joined Cardinal Raymond Burke and others in criticizing the pope’s document on the family, “Amoris Laetitia,” because they thought it diverged from orthodoxy.

Disgruntled employee? Yes. But many whistleblowers are disgruntled employees.

What is more damning are questions about Viganò’s own record regarding the American sex abuse scandal. During legal proceedings against the Archdiocese of St. Paul and Minneapolis, a 2014 letter from Viganò was uncovered in which he told an auxiliary bishop to limit an investigation against the local archbishop and to destroy evidence.

Viganò was certainly not known for transparency and accountability while he was nuncio from 2011 to 2016, but now he presents himself as a born-again defender of the abused.

In the letter, Viganò goes after many former and current officials in the Vatican, including the three most recent secretaries of state: cardinals Angelo Sodano, Tarcisio Bertone and Pietro Parolin. Other Vatican cardinals he alleges knew about McCarrick’s abuse include William Levada, Giovanni Battista Re, Marc Ouellet, Leonardo Sandri, Fernando Filoni, Angelo Becciu, Giovanni Lajolo and Dominique Mamberti.

Given how the crimes of Rev. Marcial Maciel Degollado, founder of the Legionairies of Christ, were ignored during the papacy of Pope John Paul II, some of what Viganò says sounds possible. But no evidence is presented.

Interestingly, John Paul escapes Viganò’s criticism. Viganò implies that McCarrick’s appointment to Washington and as a cardinal was the work of Sodano “when John Paul II was already very ill.” Yet McCarrick was appointed archbishop of Washington in 2000, five years before John Paul died. Was John Paul a puppet during his last five years in office? And if McCarrick’s abuse of seminarians was so widely known in John Paul’s curia, it is hard to believe that Cardinal Joseph Ratzinger did not know. Did he tell John Paul?

Viganò claims that Re told him that, sometime between 2009 and 2010, Pope Benedict told McCarrick to stop living at a seminary, saying Mass in public, traveling and lecturing.

But there is no evidence to support the claim that McCarrick was sanctioned by Pope Benedict. McCarrick continued to celebrate Mass, travel and lecture throughout the papacy of Benedict. And on his many visits to Rome, he stayed at the North American College, the residence for U.S. seminarians. Anyone who thinks Benedict would tolerate such disobedience doesn’t know Benedict.

Pope Francis, flanked by Vatican spokesperson Greg Burke, listens to a journalist’s question Aug. 26, 2018, during a news conference aboard the flight to Rome at the end of his two-day visit to Ireland. (AP Photo/Gregorio Borgia, Pool)

Viganò claims that he told Pope Francis on June 23, 2013: “Holy Father, I don’t know if you know Cardinal McCarrick, but if you ask the Congregation for Bishops there is a dossier this thick about him. He corrupted generations of seminarians and priests, and Pope Benedict ordered him to withdraw to a life of prayer and penance.” Since Pope Francis allegedly did not listen to him then, Viganò thinks he should resign.

Viganò released his letter as Pope Francis was wrapping up his visit to Ireland. Journalists asked the pope about it during the press conference on the plane headed back to Rome.

“I will not say one word on this,” the pope said, according to a New York Times video. “I think this statement speaks for itself, and you have sufficient journalistic capacity to reach your own conclusions.”

“When time will pass and you’ll draw the conclusions, maybe I will speak,” said Francis. “But I’d like that you do this job in a professional way.”

Of course, many headlines read: “Pope refuses to respond to accusations of coverup.”

The pope was correct to encourage journalists to examine the Viganò document to see what is true and what is not. The press conference was not the place to do a line-by-line critique of the document. Many reporters have in fact examined the document and found its claims wanting.

But what about Viganò’s claim that he told the pope about McCarrick?

Since the pope is the only other witness to this encounter, only he can verify or deny what Viganò said, and refusing to answer that question does not enhance his credibility. The pope’s media advisers should have told him so immediately after the press conference and responded to the reporters with a clarification before they filed their stories.

The answer could have been, “No, he did not say that to the pope.” Or, it could have been: “Yes, he did say that to the pope, but there is no record of the alleged sanctions by Benedict. The pope disregarded the accusations because Viganò had a history of unsubstantiated accusations. And remember, it was Francis who told McCarrick to spend the rest of his life in prayer and penance and took away his red hat.”

Reporters, like most people, like the pope, but they also have a job to do. The Vatican should not make it difficult.

Just as every diocese in the United States needs to do a full and transparent account of clerical sex abuse and each diocese’s response, so too the Vatican must disclose what it knew, when it knew and what it did or did not do. Nothing less will begin the restoration of credibility to the Catholic Church.

(The views expressed in this commentary do not necessarily represent those of Religion News Service.)


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Comentario de la revista America a la carta del Card. Ouellet a Viganó.

Pope Francis greets then-Cardinal Theodore E. McCarrick during his general audience in St. Peter’s Square at the Vatican June 19, 2013. (CNS photo/Paul Haring)

Cardinal Marc Ouellet, prefect of the Congregation for bishops, in an open letter to Archbishop Carlo Maria Viganò, has released a detailed and devastating response to former nuncio’s accusations against Pope Francis regarding the case of Archbishop Theodore McCarrick, charging him with “blasphemy” for calling into question the faith of the pope and calling on him to repent.

The Vatican released the letter in the original French, accompanied by an Italian translation, around 10:30 on Sunday morning (Rome time), Oct. 7.

The Canadian cardinal begins the letter by recalling that Archbishop Viganò, in his second letter released a week ago “denounced Pope Francis and the Roman Curia” and appealed to him “to speak the truth” about “the facts that you interpret as an endemic corruption that invaded the hierarchy of the church up to the highest level.”

He said that, with the “necessary permission” of Pope Francis, he now gives “my personal testimony as prefect of the congregation of bishops, about the matters regarding the emeritus archbishop of Washington, Theodore McCarrick, and his presumed links with Pope Francis, that constitute the object of your clamorous public denunciation as well as your demand that the Holy Father resign.”

“Your present position appears to me as incomprehensible and extremely reprehensible, not only because of the confusion that it sows in the People of God but also because of the accusations that seriously damage the good name of the Successors of the Apostles.”

He said that he writes “on the basis of my personal contacts and of the documents in the archives” of the congregation of bishops “that are currently the object of a study to throw light on this sad case.”

Addressing him “in full sincerity, by reason of the good relation of collaboration that existed between us when you were nuncio in Washington,” the cardinal tells Archbishop Viganò, “your present position appears to me an incomprehensible and extremely reprehensible, not only because of the confusion that it sows in the People of God, but also because of the accusations that seriously damage the good name of the Successors of the Apostles.” It is noteworthy that the cardinal uses the word “successors” because the former nuncio’s letter has not only called Francis into question, but also Benedict XVI, John Paul II and also many bishops.

Then addressing the specific accusations, the cardinal recalled that Archbishop Viganò claims he told Pope Francis, in a private audience, on June 23 about the case of Archbishop McCarrick, and said “I imagine that because of the enormous quantity of verbal and written information that he had received on many persons and situations” when he met all the nuncios from the different countries in the Vatican two days earlier, “I strongly doubt that [Archbishop] McCarrick would have interested him to the point that you wish to make [people] believe.” He recalls that Archbishop McCarrick was then 82 years old and an emeritus archbishop for seven years.

Cardinal Ouellet then says that “the written instructions prepared for you by the congregation for bishops at the beginning of your service [as nuncio] in 2011, say nothing about [Archbishop] McCarrick.” But, he acknowledges that in a private conversation with Archbishop Viganò, “I told you about the situation of the emeritus bishop who had to obey to certain conditions and restrictions because of the rumors about his behavior in the past.”

Significantly, the cardinal adds that since he took over as prefect of the congregation for bishops on June 30, 2010, “I never brought the [Archbishop] McCarrick case to an audience with Pope Benedict XVI or Pope Francis, except in these last days after his leaving the college of cardinals.”

“I never brought the McCarrick case to an audience with Pope Benedict XVI or Pope Francis, except in these last days after his leaving the college of cardinals.”

He said that the former cardinal, who went into retirement in May 2006, “was strongly exhorted not to travel and not to appear in public, so as not to provoke rumors in his regard. It is false to present the measures taken against him as ‘sanctions’ that were decreed by Pope Benedict XVI and annulled by Pope Francis.”

Moreover, he said, that an “examination of the archives” shows “that there are no documents in this regard signed by one or other pope, nor notes of an audience with my predecessor, Cardinal Giovanni-Battista Re, that gave the emeritus-archbishop McCarrick an order obliging him to silence and to the private life, with the rigor of penal sanctions.”

He explained that “the reason was they there was not then, unlike today, sufficient proof of his presumed guilt.”

He said this explains “the position inspired by prudence” of the congregation and “the letters of my predecessor and me that reaffirmed, through the apostolic nuncio Pietro Sambi, and then also through you, the exhortation to a discreet style of life of prayer and penance for his own good and that of the church.”

Cardinal Ouellet said that “his case would have been the object of new disciplinary measures if the nunciature in Washington or any other source had provided us with recent and decisive information regarding his behavior.”

He said he hopes, “as do many others, out of respect for the victims and for the demands of justice, that the investigation underway in the United States and in the Roman Curia will finally offer us a comprehensive critical vision of the procedures and of the circumstances of this painful case, so that such fact may never be repeated in the future.”

The cardinal expresses his own astonishment that “a man of the church, whose incoherence is known today, could be promoted at various times, even to being given the highest functions of the archbishop of Washington and cardinal.” He admits “the defects of the system” in the selection of Archbishop McCarrick and adds that “without going into those details, it should be understood that the Supreme Pontiff depends on the information at his disposal in that precise moment and this information constitutes the object of a prudential judgment that is not infallible.”

“The investigation underway in the United States and in the Roman Curia will finally offer us a comprehensive critical vision of the procedures and of the circumstances of this painful case.”

Cardinal Ouellet tells Archbishop Viganò that he considers it “unjust to conclude that the persons charged with making the advance discernment are corrupt, also if, some indications, provided by testimonies, should have been further examined.”

He says that Archbishop McCarrick “knew how to defend himself with great skill from the doubts raised in his regard.” On the other hand, he says, “the fact that there can be persons in the Vatican that practice and sustain behavior contrary to the values of the Gospel in matters of sexual morality does not authorize us to generalize and to declare as unworthy and accomplice of this one or that or even of the Holy Father.” He said “it should not happen above all that the ministers of truth should have to protect themselves from calumny and defamation.”

He then told Archbishop Viganò frankly that “to accuse Pope Francis of having covered up with full knowledge of the case of this presumed sexual predator and to be therefore an accomplice of the corruption that is spread in the church, to the point of holding him unworthy to continue his reform as first pastor of the church, is for me incredible and unbelievable from all points of view.”

The cardinal said “I cannot understand how you could have allowed yourself to be convinced of this monstrous accusation that does not stand up.” He recalls that Pope Francis “had nothing to do with the promotions of Archbishop McCarrick to New York, Metuchen, Newark and Washington.” But it was he “who removed him from the dignity of cardinal when credible evidence that he had abused a minor was presented [to him].”

Archbishop Viganò had accused the pope of taking Archbishop McCarrick as his “great advisor,” but the cardinal said Francis had never alluded to this, “even though he does not hide the trust he gives to some prelates.”

He said he understood that these prelates are “not those of your preference, nor of the friends that sustain you in your interpretation of facts.”

“I cannot understand how you could have allowed yourself to be convinced of this monstrous accusation that does not stand up.”

Cardinal Ouellet told Archbishop Viganò, “I find it totally aberrant that you take profit from this clamorous scandal of the sexual abuses in the United States to hit at the moral authority of your superior, the Supreme Pontiff, with an unheard of an unmerited blow.”

Cardinal Ouellet said that he meets Pope Francis every week regarding the nomination of bishops and problems governing the church worldwide, and added, “I know well how he treats people and problems: with great charity, mercy, attention and seriousness, as you yourself have experienced.”

Then in an extraordinary indictment, the cardinal told the former nuncio, “reading how you conclude your last message, apparently very spiritual, making fun of him and casting doubt on his faith, seems to me to be truly too sarcastic, even blasphemous. This cannot come from the Holy Spirit!”

The cardinal then, implying that Archbishop Viganò had put himself outside the church, said he wished “to help you to find again communion with him who is the visible guarantor of the communion of the Catholic Church.”

He said he understood the “bitternesses and disappointments” that have marked his path in service of the Holy See, but said “you cannot conclude your priestly life in open and scandalous rebellion that inflicts a very serious wound” on the church “which you pretend to serve better by aggravating division and distress in the people of God.”

Cardinal Ouellet calls on Archbishop Viganò: “Come out of your clandestinity, repent of your revolt and return to better sentiments to the Holy Father, instead of aggravating hostility against him.”

He asked the archbishop: “how can you celebrate the Holy Eucharist and pronounce his name in the canon of the Mass? How can you pray the holy Rosary, and to St. Michael the Archangel and the Mother of God, when you condemn him whom She protects and accompanies every day in his heavy and courageous ministry?”

Cardinal Ouellet concludes his letter with these words: “In response your unjust and unjustifiable attack, dear [Archbishop] Viganò, I conclude that the accusation is a political setup devoid of real foundation that could incriminate the pope, and I repeat that it has profoundly wounded the communion of the church.”

He added, “May it please God that this injustice is rapidly repaired and that Pope Francis continues to be recognized for what he is: a distinguished pastor, a compassionate and firm father, a prophetic charismatic for the church and the world. May he continue with joy and full trust his missionary reform, comforted by the prayer of the people of God and the renewed solidarity of the whole church together with Mary, the Queen of the holy rosary.”


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Comentario de Vatican Insider a la carta del Card. Ouellet a Mons.Vigano

Ouellet a Viganò: “Tus acusaciones contra el Papa son un montaje político”

Carta abierta del Prefecto de los Obispos al ex nuncio que, en su último comunicado, trataba de involucrarlo directamente en su operación: «Una rebelión monstruosa, sal de la clandestinidad y arrepiéntete»; «es falso presentar las medidas contra McCarrick como “sanciones” decretadas por Benedicto y anuladas por Francisco»

El cardenal Marc Ouellet

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Pubblicato il 07/10/2018
Ultima modifica il 07/10/2018 alle ore 16:10
SALVATORE CERNUZIO
CIUDAD DEL VATICANO

 

«Un montaje político» sin fundamento. «Un golpe inaudito e inmerecido», además de una «acusación monstruosa», «increíble» e «inverosímil» contra el Papa. Una «rebelión abierta y escandalosa, que inflige una herida muy dolorosa a la Esposa de Cristo, que tú pretendes servir mejor, empeorando la división y el desconcierto en el pueblo de Dios». El cardenal Marc Ouellet cierra de tajo el “caso Viganò”, el ex nuncio en Estados Unidos que pidió la renuncia del Papa Francisco por haber encubierto, en su opinión, los crímenes del cardenal Theodore McCarrick, que abusaba sistemáticamente de jóvenes seminaristas y sacerdotes.

 

En una carta abierta firmada y publicada hoy, 7 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Santo Rosario, un día después de las aclaraciones de la Santa Sede sobre el caso McCarrick, el prefecto de la Congregación para los Obispos responde detalladamente al «querido hermano Carlo Maria Viganò», que en su último mensaje a los medios de comunicación, del 27 de septiembre y divulgado desde un lugar secreto en el que parece haberse refugiado después de la publicación del primer “comunicado” del 26 de agosto, incluyó precisamente al cardenal canadiense en su operación dirigiéndole un «llamado especial».

 

«Con él como nuncio siempre trabajé con gran sintonía y siempre he tenido gran estima y afecto por él», escribió Viganò recordando una larga conversación en el apartamento romano del purpurado, cuando ya había terminado su misión en Washington. «Al principio del Pontificado del papa Francisco mantuvo su dignidad, como demostró con valentía cuando fue arzobispo de Québec. Después, en cambio, cuando su trabajo como prefecto de la Congregación para los Obispos fue virtualmente comprometido porque la presentación para los nombramientos episcopales de dos “amigos” homosexuales de su Dicasterio pasaba directamente al Papa, saltando al cardenal, cedió». Esa fue la acusación de Viganò, quien reprochó a Ouellet por haber defendido los «aspectos más controvertidos de la “Amoris Laetitia”». Una “demostración” de su rendición.

 

Pero el ex nuncio, dirigiéndose al cardenal directamente, llegó a escribir: «Antes de que yo partiera hacia Washinton, usted me habló sobre las sanciones del Papa Benedicto contra McCarrick. Usted tiene a completa disposición los documentos más importantes que incriminan a McCarrick y a muchos en la Curia que lo encubrieron. Eminencia, ¡le pido calurosamente que ofrezca testimonio a la verdad!».

 

Y la verdad no tardó en llegar. «En tu último mensaje a los medios, en el que denuncias al Papa Francisco y a la Curia romana, me exhortas a decir la verdad sobre los hechos que tú interpretas como una endémica corrupción que ha invadido la jerarquía de la Iglesia hasta su nivel más alto», comienza el texto del prefecto de los Obispos, en el que ofrece su personal testimonio sobre el caso McCarrick con base en los «contactos personales» y en los «documentos de los archivos» de la Congregación de los obispos, «actualmente objeto de un estudio para arrojar luz sobre este triste caso»

 

«Tu actual posición me parece incomprensible y extremadamente reprobable, no solo debido a la confusión que siembra en el pueblo de Dios, sino porque tus acusaciones públicas dañan gravemente la fama de los Sucesores de los Apóstoles», escribe el cardenal. «Recuerdo que gocé un tiempo de tu aprecio y de tu confianza, pero constato que habría perdido a tus ojos la dignidad que me reconocías, por el simple hecho de haber permanecido fiel a las orientaciones del Santo Padre en el servicio que me ha encomendado en la Iglesia».

 

Refiriéndose a los hechos, Ouellet afronta inmediatamente la cuestión más delicada, es decir la afirmación que hizo Viganò de haber informado al Papa Francisco el 23 de junio de 2013 sobre el caso McCarrick durante una audiencia privada el día en el que el Papa encontraba por primera vez a muchos otros representantes pontificios. «Imagino —dice Ouellet— la enorme cantidad de informaciones verbales y escritas que él tuvo que reunir en esa ocasión sobre muchas personas y situaciones. Dudo fuertemente que McCarrick lo haya interesado tanto como tú quisieras hacer creer, puesto que era un arzobispo emérito de 82 años y ya no tenía ningún cargo desde hacía 7 años». Además, y esta es una aclaración fundamental que demuestra la inconsistencia de la operación, «las instrucciones escritas, preparadas para ti por la Congregación para los Obispos al inicio de tu servicio en 20111, no decían nada sobre McCarrick, salvo lo que te dije de palabra sobre su situación de Obispo emérito que tenía que obedecer ciertas condiciones y restricciones debido a los rumores sobre su comportamiento en el pasado».

 

Subrayando que desde el 30 de junio de 2010, día en el que comenzó su encargo como prefecto, nunca llevó a ninguna audiencia con Benedicto XVI o Francisco el caso McCarrick, «salvo en estos últimos días», después de que el Papa aceptara su renuncia al Colegio cardenalicio, Ouellet desmonta otro de los puntos fundamentales del “comunicado” de Viganò: el de las “sanciones” que Ratzinger habría impuesto a McCarrick y que Bergoglio habría “eliminado” al llegar a la cátedra de Pedro.

 

El cardenal Ouellet tiene conocimiento directo de los hechos y, después de haber consultado los archivos de la Congregación, afirma: «el ex cardenal, que se jubiló en mayo de 2006» recibió una fuete exhortación a no viajar y a no aparecer en público, para no provocar más rumores. «Es falso presentar las medidas que se tomaron en su contra como “sanciones” decretadas por el Papa Benedicto XVI y anuladas por el Papa Francisco. Después de volver a examinar los archivos, constato que no hay documentos al respecto firmados por uno u otro Pontífice, ni notas de audiencias de mi predecesor, el cardenal Giovanni Battista Re, que dispusieran la obligación del arzobispo emérito McCarrick al silencio y a la vida privada, con el rigor de penas canónicas».

 

«El motivo —explica el purpurado— es que no se disponía entonces, a diferencia de hoy, de pruebas suficientes sobre su presunta culpabilidad. De aquí la posición de la Congregación inspirada en la prudencia y en las cartas de mi predecesor y mías que insistían, mediante el nuncio apostólico Pietro Sambi y después también a través de ti, la exhortación a un estilo de vida discreto de oración y penitencia por su mismo bien y por el de la Iglesia. Su caso habría sido objeto de nuevas medidas disciplinarias si la Nunciatura en Washington o cualquier otra fuente nos hubiera enviado informaciones recientes y decisivas sobre su comportamiento».

 

Ouellet también expresa su deseo, como muchos otros han hecho, de que, «por respeto a las víctimas y la exigencia de justicia, la investigación en curso en los Estados Unidos y en la Curia romana nos ofrezca finalmente una visión crítica de conjunto sobre los procedimientos y las circunstancias de este caso doloroso, para que hechos de este tipo no se repitan en el futuro». Ouellet también admite su sorpresa por la carrera de un personaje como McCarrick y su llegada a la cúpula de la jerarquía eclesiástica estadounidense: «¿Cómo puede ser que este hombre de Iglesia, cuya incoherencia se conoce hoy, haya sido promovido en varias ocasiones, hasta cubrir las altas funciones de arzobispo de Washington y de cardenal? Yo mismo estoy bastante sorprendido de ello y reconozco defectos en el procedimiento de selección que se condujo en su caso».

 

Sin embargo, sin entrar en detalles, prosigue el prefecto, «se debe comprender que las decisiones tomadas por el Sumo Pontífice se apoyan en la información que dispone en ese preciso momento y que constituye el objeto de un juicio prudencial que no es infalible. Pero me parece injusto —subraya— concluir que las personas encargadas del discernimiento previo sean corruptas aunque, en el caso concreto, algunos indicios ofrecidos por testimonios habrían debido ser examinados ulteriormente». McCarrick mismo, por lo demás, «supo defenderse con gran habilidad de las dudas planteadas» sobre él.

 

Y afirma con decisión: «que pueda haber en el Vaticano personas que practican y sostienen comportamientos contrarios a los valores del Evangelio en materia de sexualidad, no nos autoriza a generalizar y a declarar indigno y cómplice a este o a aquel e incluso al mismo Santo Padre. ¿No es necesario sobre todo que los ministros de la verdad se cuiden de la calumnia y de la difamación?».

 

Entonces, «querido Representante Pontificio emérito —escribe Marc Ouellet— te digo francamente que acusar al Papa Francisco de haber encubierto con pleno conocimiento de causa a este presunto depredador sexual y de haber sido cómplice de la corrupción que se extiende en la Iglesia, hasta el punto de considerarlo indigno de continuar con su reforma como primer pastor de la Iglesia, me resulta increíble e inverosímil desde todos los puntos de vista. No llego a comprender cómo pudiste dejarte convencer de esta acusación monstruosa que no se sostiene en pie».

 

El cardenal lo afirma claramente: «Francisco no tuvo nada que ver con las promociones de McCarrick a Nueva York, Metuchen, Newark y Washington. Lo destituyó de su dignidad de cardenal cuando fue evidente una acusación creíble de abuso de un menor. Nunca he escuchado que el Papa Francisco aluda a este autoproclamado gran consejero de su pontificado para sus nombramientos en Estados Unidos, pues él no oculta la confianza que da a algunos prelados. Intuyo que estos no están entre tus preferencias, ni en la de los amigos que apoyan tu interpretación de los hechos. Sin embargo, me parece aberrante que te aproveches del escándalo clamoroso de los abusos sexuales en Estados Unidos para infligir a la autoridad moral de tu Superior, el Sumo Pontífice, un golpe inaudito e inmerecido».

 

Ouellet también se refiere al Papa reinante, a quien conoce personalmente y con quien se encuentra cada semana por motivos de trabajo: «Sé muy bien cómo trata a las personas y los problemas: con mucha caridad, misericordia, atención y seriedad, como tú mismo has experimentado. Leer cómo concluyes tu último mensaje, aparentemente muy espiritual, burlándote y arrojando una duda sobre la fe, me pareció verdaderamente demasiado sarcástico, ¡incluso blasfemo! Esto no puede provenir del Espíritu de Dios».

 

«Querido hermano —se lee en la carta—, quisiera de verdad ayudarte a que vuelvas a encontrar la comunión con aquel que es el garante de la comunión de la Iglesia católica; comprendo que tus amarguras y desilusiones hayan marcado tu camino en el servicio a la Santa Sede, pero tú no puedes concluir así tu vida sacerdotal, en una rebelión abierta y escandalosa, que inflige una herida muy dolorosa a la Esposa de Cristo, que tú pretendes servir mejor, empeorando la división y el desconcierto en el pueblo de Dios».

 

Por ello un llamado definitivo: «Sal de tu clandestinidad, arrepiéntete de tu revuelta y vuelve a mejores sentimientos para con el Santo Padre, en lugar de empeorar las hostilidades contra él. ¿Cómo puedes celebrar la Santa Eucaristía y pronunciar su nombre en el canon de la Misa? ¿Cómo puedes rezar el santo Rosario, a San Miguel Arcángel y a la Madre de Dios, condenando a aquel que Ella protege y acompaña todos los días en su pesado y valiente ministerio?».

 

«En respuesta a tu ataque injusto e injustificado en los hechos —acaba la carta del cardenal— concluyo, pues, que la acusación es un montaje político sin un fundamento real que pueda incriminar al Papa, e insisto en que hiere profundamente la comunión de la Iglesia. Que Dios quiera que esta injusticia sea reparada rápidamente y que el Papa Francisco siga siendo reconocido por lo que es: un pastor insigne, un padre compasivo y firme, un carisma profético para la Iglesia y para el mundo».