Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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El agradecimiento del Papa a los organizadores y responsables del año jubilar.

Papa: Un año denso de iniciativas en toda la Iglesia

(RV).- Con gran alegría, tras la conclusión del Año Santo de la Misericordia, el Papa Franciscoacogió en la Sala Clementina del Palacio Apostólico del Vaticano – el último lunes de noviembre – a los casi cuatrocientos organizadores y colaboradores de este Jubileo Extraordinario, para expresarles su agradecimiento personal por el gran trabajo que han desarrollado.

Comenzando por su saludo al arzobispo Rino Fisichella – Presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización – de quien el Papa destacó que durante estos meses ha trabajado incansablemente, el Santo Padre  recordó que se ha tratado de un año “denso de iniciativas en toda la Iglesia”, donde se han podido ver y tocar con las manos los frutos de la misericordia de Dios. Y añadió:

“La mía había sido una simple intuición cuando expresé el deseo de un Jubileo de la Misericordia; en cambio, jamás habría pensado que el Señor hiciera que se convirtiera en una realidad y que, sobre todo, se pudiera celebrar con tanta fe y alegría en las comunidades cristianas esparcidas por el mundo”.

Además, el Papa Bergoglio afirmó que “la Puerta de la Misericordia, abierta en todas las catedrales y en los santuarios, ha permitido que los fieles no encontraran ningún obstáculo para experimentar el amor de Dios. Ha sucedido algo verdaderamente extraordinario que ahora requiere que se inserte en la vida de cada día para hacer que la Misericordia se vuelva un compromiso y un estilo de vida permanente para los creyentes”.

Nombrando a las diversas autoridades, civiles y religiosas, el Obispo de Roma añadió que todos ellos, de diversas maneras, hicieron posible que este evento de gracia se celebrara de modo seguro, con gran afluencia de peregrinos, haciendo aflorar el profundo valor espiritual que representa el Jubileo.

Por último, el pensamiento del Pontífice, en su agradecimiento profundo al Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, que ha llevado el peso de la programación y de toda la organización jubilar; fue para los numerosos voluntarios procedentes de diversos países y para cuantos han colaborado con su trabajo cotidiano, con frecuencia silenciosos y alejados de las luces, para hacer que este Jubileo Extraordinario fuera un verdadero evento de gracia.

Y antes de despedirse, el Papa concluyó con las palabras de San Agustín que reza: “Si quieres obtener misericordia, tú mismo debes ser misericordioso”, recordándoles que han realizado un verdadero servicio de misericordia a los millones de peregrinos que han venido a Roma, con su deseo de que esta fatiga sea recompensada por la experiencia de misericordia que el Señor no les hará faltar.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

(from Vatican Radio)


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Prolongación del jubileo en el espíritu de la misericordia. Papa Francisco

El Papa: “Todos los sacerdotes podrán seguir absolviendo el aborto”

En la Carta Apostólica «Misericordia et misera» Francisco decreta que sean definitivas las facultades concedidas durante el Jubileo. Se extiende también la validez de las absoluciones impartidas por lefebvrianos. La institución de la Jornada mundial de los pobres
AP

Francisco firmando la Carta Apostólica “Misericordia et misera”, durante la clausura del Jubileo de la Misericordia en la Plaza San Pedro

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Pubblicato il 21/11/2016
Ultima modifica il 21/11/2016 alle ore 11:37
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO
«Quedarse solamente en la ley equivale a banalizar la fe y la misericordia divina», «incluso en los casos más complejos, en los que se siente la tentación de hacer prevalecer una justicia que deriva sólo de las normas, se debe creer en la fuerza que brota de la gracia divina». Lo escribió Papa Francisco en la Carta apostólica «Misericordia et misera», con la que cierra el Jubileo extraordinario, pero con la que también mantiene abiertas muchas «puertas»: entre las decisiones concretas están la de mantener en servicio a los «misioneros de la misericordia», la de seguir concediendo a todos los sacerdotes la facultad de absolver a las personas que hayan cometido el pecado del aborto (aunque ya haya terminado el Años Santo), la de seguir reconociendo válidas y lícitas las absoluciones impartidas por los sacerdotes lefebvrianos y la de instituir una Jornada mundial de los pobres.

La adúltera

El nuevo documento papal parte de las dos palabras, «misericordia et misera», que San Agustín utilizó para narrar el encuentro entre Jesús y la adúltera que habría debido ser lapidada según la ley y que es perdonada, una página del Evangelio que «puede ser asumida, con todo derecho, como imagen de lo que hemos celebrado en el Año Santo». Francisco recuerda que el centro de ese episodio evangélico no son «la ley y la justicia legal», «sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo». No se encuentran «el pecado y el juicio en abstracto», sino «una pecadora y el Salvador. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón». «Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado —comenta el Papa—, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera».

La misericordia suscita alegría

«Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios —escribe Bergoglio— queda sin el abrazo de su perdón. Por este motivo, ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia; ella será siempre un acto de gratuidad del Padre celeste, un amor incondicional e inmerecido. No podemos correr el riesgo de oponernos a la plena libertad del amor con el cual Dios entra en la vida de cada persona». El Papa recuerda que la misericordia suscita alegría, por lo que, en un mundo en el que «se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas», incluso los jóvenes, con su futuro «en manos de la incertidumbre que impide tener estabilidad», se necesitan «testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales».

Difundir y conocer la Escritura

La intención del Papa parece ser la de querer cerrar la Puerta Santa pero no el tiempo de la misericordia, seguir celebrándola, sobre todo en la misa y en la oración: «antes que el pecado, tenemos la revelación del amor con el que Dios ha creado el mundo y los seres humanos. El amor es el primer acto con el que Dios se da a conocer y viene a nuestro encuentro». Francisco propone se escuche con mayor intensidad la Palabra de Dios. Le recomienda a los sacerdotes que cultiven la predicación, que «será tanto más fructuosa, cuanto más haya experimentado el sacerdote en sí mismo la bondad misericordiosa del Señor». «Sería oportuno —añade— que cada comunidad, en un domingo del Año litúrgico, renovase su compromiso en favor de la difusión, conocimiento y profundización de la Sagrada Escritura».

Que los «misioneros de la misericordia» no se detengan

El Papa vuelve a impulsar el sacramento de la reconciliación. Agradece a los «misioneros de la misericordia», que han llegado a las diócesis del mundo, y anuncia que su servicio «no cesará con la clausura de la Puerta Santa. Deseo que se prolongue todavía, hasta nueva disposición, como signo concreto de que la gracia del Jubileo siga siendo viva y eficaz, a lo largo y ancho del mundo».

Sacerdotes, sean generosos en el confesionario

El Papa pide que los sacerdotes confesores sean «acogedores con todos; testigos de la ternura paterna, a pesar de la gravedad del pecado; solícitos en ayudar a reflexionar sobre el mal cometido; claros a la hora de presentar los principios morales; disponibles para acompañar a los fieles en el camino penitencial, siguiendo el paso de cada uno con paciencia; prudentes en el discernimiento de cada caso concreto; generosos en el momento de dispensar el perdón de Dios». El sacerdote en el confesionario debe ser «magnánimo de corazón». Francisco recuerda que «no existe ley ni precepto que pueda impedir a Dios volver a abrazar al hijo que regresa a él reconociendo que se ha equivocado, pero decidido a recomenzar desde el principio. Quedarse solamente en la ley equivale a banalizar la fe y la misericordia divina». E «incluso en los casos más complejos, en los que se siente la tentación de hacer prevalecer una justicia que deriva sólo de las normas, se debe creer en la fuerza que brota de la gracia divina». El Papa pide que los sacerdotes eviten «comportamientos que contradigan la experiencia de la misericordia» que buscan las personas. La confesión necesita «volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana; por esto se requieren sacerdotes que pongan su vida al servicio del «ministerio de la reconciliación».

Todos los sacerdotes podrán seguir absolviendo el aborto

Y para ello, el Papa concede «de ahora en adelante» a todos los sacerdotes, «en razón de su ministerio, la facultad de absolver a quienes hayan procurado el pecado de aborto», extendiendo en el tiempo, «no obstante cualquier cosa en contrario», lo concedido durante el tiempo jubilar. «Quiero enfatizar con todas mis fuerzas —añade— que el aborto es un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente. Con la misma fuerza, sin embargo, puedo y debo afirmar que no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido que pide reconciliarse con el Padre». También se establece otra extensión para las absoluciones impartidas por los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, fundada por Lefebvre: «confiando en la buena voluntad de sus sacerdotes, para que se pueda recuperar con la ayuda de Dios, la plena comunión con la Iglesia Católica, establezco por decisión personal que esta facultad se extienda más allá del período jubilar, hasta nueva disposición».

Cercanía y consolación

Después el Papa habla sobre el rostro de la consolación en la Carta apostólica. La «misericordia se expresa también en la cercanía, en el afecto y en el apoyo que muchos hermanos y hermanas nos ofrecen cuando sobrevienen los días de tristeza y aflicción». «Enjugar las lágrimas —explica— es una acción concreta que rompe el círculo de la soledad en el que con frecuencia terminamos encerrados». Y si no hay palabras adecuadas, también «el silencio es de gran ayuda; porque en algunos momentos no existen palabras para responder a los interrogantes del que sufre».

Familias que deben ser acogidas

En un párrafo dedicado a la familia, Francisco retoma la importancia del discernimiento sugerido en la exhortación «Amoris laetitia»: «No podemos olvidar que cada uno lleva consigo el peso de la propia historia que lo distingue de cualquier otra persona. Nuestra vida, con sus alegrías y dolores, es algo único e irrepetible, que se desenvuelve bajo la mirada misericordiosa de Dios. Esto exige, sobre todo de parte del sacerdote, un discernimiento espiritual atento, profundo y prudente para que cada uno, sin excluir a nadie, sin importar la situación que viva, pueda sentirse acogido concretamente por Dios».

Obras concretas para los que sufren

Al final, el Papa se refiere a los signos concretos: «Es el momento de dejar paso a la fantasía de la misericordia para dar vida a tantas iniciativas nuevas, fruto de la gracia». Recuerda que «todavía hay poblaciones enteras que sufren hoy el hambre y la sed», y «grandes masas de personas siguen emigrando de un país a otro en busca de alimento, trabajo, casa y paz». Se refiere a las cárceles, «lugares en los que, con frecuencia, las condiciones de vida inhumana causan sufrimientos, en ocasiones graves, que se añaden a las penas restrictivas». También habla sobre la «cultura del individualismo exasperado, sobre todo en Occidente, hace que se pierda el sentido de la solidaridad y la responsabilidad hacia los demás. Dios mismo sigue siendo hoy un desconocido para muchos; esto representa la más grande de las pobrezas y el mayor obstáculo para el reconocimiento de la dignidad inviolable de la vida humana».

Misericordia como valor social

En síntesis, «las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social. Ella nos impulsa a ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas». No tener trabajo «y no recibir un salario justo; no tener una casa o una tierra donde habitar; ser discriminados por la fe, la raza, la condición social» son «condiciones que atentan contra la dignidad de la persona». E insiste: «¡Cuántas son las situaciones en las que podemos restituir la dignidad a las personas para que tengan una vida más humana! Pensemos solamente en los niños y niñas que sufren violencias de todo tipo, violencias que les roban la alegría de la vida. Sus rostros tristes y desorientados están impresos en mi mente». Después de haberse referido al «carácter social» de la misericordia y a la necesidad de «hacer que crezca una cultura de la misericordia», «en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos».

La Jornada Mundial de los Pobres

Es tiempo de misericordia «para que los pobres sientan la mirada de respeto y atención de aquellos que, venciendo la indiferencia, han descubierto lo que es fundamental en la vida»; para que «cada pecador no deje de pedir perdón». A la luz del Jubileo de las personas socialmente excluidas, concluye Francisco, «intuí que, como otro signo concreto de este Año Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la Jornada mundial de los pobres. Será la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el cual se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir de las obras de misericordia. Será una Jornada que ayudará a las comunidades y a cada bautizado a reflexionar cómo la pobreza está en el corazón del Evangelio».


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En Colombia el jubileo continental de la misericordia.

año de la misericordia.

                                                                       Mensaje del Papa.

Celebro la iniciativa del CELAM y la CAL, en contacto con los episcopados de Estados Unidos y Canadá –me recuerda el Sínodo de América esto– de tener esta oportunidad de celebrar como Continente el Jubileo de la Misericordia. Me alegra saber que han podido participar todos los países de América. Frente a tantos intentos de fragmentación, de división y de enfrentar a nuestros pueblos, estas instancias nos ayudan a abrir horizontes y estrecharnos una y otra vez las manos; un gran signo que nos anima en la esperanza.

Para comenzar, me viene la palabra del apóstol Pablo a su discípulo predilecto: «Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores. Pero fui tratado con misericordia, porque cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia. Y sobreabundó en mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús. Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos. Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrará en mi toda su paciencia» (1 Tm, 1,12-16a).

Esto se lo dice a Timoteo en su Primera Carta, capítulo primero, versículos 12 al 16. Y al decírselo a él, lo quiere hacer con cada uno de nosotros. Palabras que son una invitación, yo diría una provocación. Palabras que quieren poner en movimiento a Timoteo y a todos los que a lo largo de la historia las irán escuchando. Son palabras ante las cuales no permanecemos indiferentes, por el contrario, ponen en marcha toda nuestra dinámica personal.

Y Pablo no anda con vueltas: Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y él se cree el peor de ellos. Tiene una conciencia clara de quién es, no oculta su pasado e inclusive su presente. Pero esta descripción de sí mismo no la hace ni para victimizarse ni para justificarse, ni tampoco para gloriarse de su condición. Es el comienzo de la carta, ya en los versículos anteriores le ha avisado a Timoteo sobre «fabulas y genealogías interminables», sobre «vanas palabrerías», y advirtiendo que todas ellas terminan en «disputas», en peleas. El acento ‒ podríamos pensar a primera vista ‒ es su ser pecador, pero para que Timoteo, y con él cada uno de nosotros pueda ponerse en esa misma sintonía. Si usáramos términos futbolísticos podríamos decir: levanta un centro para que otro cabecee. Nos «pasa la pelota» para que podamos compartir su misma experiencia: a pesar de todos mis pecados «fui tratado con misericordia».

Tenemos la oportunidad de estar aquí, porque con Pablo podemos decir: fuimos tratados con misericordia. En medio de nuestros pecados, nuestros límites, nuestras miserias; en medio de nuestras múltiples caídas, Jesucristo nos vio, se acercó, nos dio su mano y nos trató con misericordia. ¿A quién? A mí, a vos, a vos, a vos, a todos. Cada uno de nosotros podrá hacer memoria, repasando todas las veces que el Señor lo vio, lo miró, se acercó y lo trató con misericordia. Todas las veces que el Señor volvió a confiar, volvió a apostar (cf. Ez 16). Y a mí me vuelve a la memoria el capítulo 16 de Ezequiel, ese no cansarse de apostar por cada uno de nosotros que tiene el Señor.

Y eso es lo que Pablo llama doctrina segura ‒ ¡curioso! ‒, esto es doctrina segura: fuimos tratados con misericordia. Y es ese el centro de su carta a Timoteo. En este contexto jubilar, cuánto bien nos hace volver sobre esta verdad, repasar cómo el Señor a lo largo de nuestra vida se acercó y nos trató con misericordia, poner en el centro la memoria de nuestro pecado y no de nuestros supuestos aciertos, crecer en una conciencia humilde y no culposa de nuestra historia de distancias ‒ la nuestra, no la ajena, no la de aquel que está al lado, menos la de nuestro pueblo ‒ y volver a maravillarnos de la misericordia de Dios. Esa es palabra cierta, es doctrina segura y nunca palabrerío.

Hay una particularidad en el texto que quisiera compartir con ustedes. Pablo no dice «el Señor me habló o me dijo», «el Señor me hizo ver o aprender». Él dice: «Me trató con». Para Pablo, su relación con Jesús está sellada por la forma en que lo trató. Lejos de ser una idea, un deseo, una teoría ‒ e inclusive una ideología ‒, la misericordia es una forma concreta de «tocar» la fragilidad, de vincularnos con los otros, de acercarnos entre nosotros.

Es una forma concreta de encarar a las personas cuando están en la «mala». Es una acción que nos lleva a poner lo mejor de cada uno para que los demás se sientan tratados de tal forma que puedan sentir que en su vida todavía no se dijo la última palabra. Tratados de tal manera que el que se sentía aplastado por el peso de sus pecados, sienta el alivio de una nueva posibilidad.

Lejos de ser una bella frase, es la acción concreta con la que Dios quiere relacionarse con sus hijos. Pablo utiliza aquí la voz pasiva –perdonen la pedantería de esta referencia un poco exquisita– y el tiempo aoristo –discúlpenme la traducción un poco referencial– pero bien podría decirse «fui misericordiado». La pasiva lo deja a Pablo en situación de receptor de la acción de otro, él no hace nada más que dejarse misericordiar. El aoristo del original nos recuerda que en él esa experiencia aconteció en un momento puntual que recuerda, agradece, festeja.

El Dios de Pablo genera el movimiento que va del corazón a las manos, el movimiento de quien no tiene miedo a acercarse, que no tiene miedo a tocar, a acariciar; y esto sin escandalizarse ni condenar, sin descartar a nadie. Una acción que se hace carne en la vida de las personas.

Comprender y aceptar lo que Dios hace por nosotros ‒ un Dios que no piensa, ama ni actúa movido por el miedo sino porque confía y espera nuestra transformación ‒ quizás deba ser nuestro criterio hermenéutico, nuestro modo de operar: «Ve tú y actúa de la misma manera» (Lc 10,39). Nuestro modo de actuar con los demás nunca será, entonces, una acción basada en el miedo sino en la esperanza que él tiene en nuestra transformación.

Y pregunto: ¿Esperanza de transformación o miedo? Una acción basada en el miedo lo único que consigue es separar, dividir, querer distinguir con precisión quirúrgica un lado del otro, construir falsas seguridades, por lo tanto, construir encierros. Una acción basada en la esperanza de transformación, en la conversión, impulsa, estimula, apunta al mañana, genera espacios de oportunidad, empuja. Una acción basada en el miedo, es una acción que pone el acento en la culpa, en el castigo, en el «te equivocaste».

Una acción basada en la esperanza de transformación pone el acento en la confianza, en el aprender, en levantarse; en buscar siempre generar nuevas oportunidades. ¿Cuántas veces? 70 veces 7. Por eso, el trato de misericordia despierta siempre la creatividad. Pone el acento en el rostro de la persona, en su vida, en su historia, en su cotidianidad. No se casa con un modelo o con una receta, sino que posee la sana libertad de espíritu de buscar lo mejor para el otro, en la manera que esta persona pueda comprenderlo. Y esto pone en marcha todas nuestras capacidades, todos nuestros ingenios, esto nos hace salir de nuestros encierros. Nunca es vana palabrería ‒ al decir de Pablo ‒ que nos enreda en disputas interminables, la acción basada en la esperanza de transformación es una inteligencia inquieta que hace palpitar el corazón y le pone urgencia a nuestras manos. Palpitar el corazón y urgencia a nuestras manos. El camino que va del corazón a las manos.

Al ver actuar a Dios así, nos puede pasar lo mismo que al hijo mayor de la parábola del Padre Misericordioso: escandalizarnos por el trato que tiene el padre al ver a su hijo menor que vuelve. Escandalizarnos porque le abrió los brazos, porque lo trató con ternura, porque lo hizo vestirse con los mejores vestidos estando tan sucio. Escandalizarnos porque al verlo volver, lo besó e hizo fiesta. Escandalizarnos porque no lo castigó sino que lo trató como lo que era: hijo.

Nos empezamos a escandalizar ‒ esto nos pasa a todos, es como el proceso, ¿no? ‒ nos empezamos a escandalizar cuando aparece el alzheimer espiritual; cuando nos olvidamos cómo el Señor nos ha tratado, cuando comenzamos a juzgar y a dividir la sociedad. Nos invade una lógica separatista que sin darnos cuenta nos lleva a fracturar más nuestra realidad social y comunitaria. Fracturamos el presente construyendo «bandos».

Está el bando de los buenos y el de los malos, el de los santos y el de los pecadores. Esta pérdida de memoria, nos va haciendo olvidar la realidad más rica que tenemos y la doctrina más clara a ser defendida. La realidad más rica y la doctrina más clara. Siendo nosotros pecadores, el Señor no dejó de tratarnos con misericordia. Pablo nunca dejó de recordar que él estuvo del otro lado, que fue elegido al último, como el fruto de un aborto. La misericordia no es una «teoría que esgrimir»: «¡ah!, ahora está de moda hablar de misericordia por este jubileo, y qué se yo, pues sigamos la moda». No, no es una teoría que esgrimir para que aplaudan nuestra condescendencia, sino que es una historia de pecado que recordar. ¿Cuál? La nuestra, la mía y la tuya. Y un amor que alabar. ¿Cuál? El de Dios, que me trató con misericordia.

Estamos insertos en una cultura fracturada, en una cultura que respira descarte. Una cultura viciada por la exclusión de todo lo que puede atentar contra los intereses de unos pocos. Una cultura que va dejando por el camino rostros de ancianos, de niños, de minorías étnicas que son vistas como amenaza. Una cultura que poco a poco promueve la comodidad de unos pocos en aumento del sufrimiento de muchos. Una cultura que no sabe acompañar a los jóvenes en sus sueños narcotizándolos con promesas de felicidades etéreas y esconde la memoria viva de sus mayores. Una cultura que ha desperdiciado la sabiduría de los pueblos indígenas y que no ha sabido cuidar la riqueza de sus tierras.

Todos nos damos cuenta, lo sabemos que vivimos en una sociedad herida, eso nadie lo duda. Vivimos en una sociedad que sangra y el costo de sus heridas normalmente lo terminan pagando los más indefensos. Pero es precisamente a esta sociedad, a esta cultura adonde el Señor nos envía. Nos envía e impulsa a llevar el bálsamo de «su» presencia. Nos envía con un solo programa: tratarnos con misericordia. Hacernos prójimos de esos miles de indefensos que caminan en nuestra amada tierra americana proponiendo un trato diferente. Un trato renovado, buscando que nuestra forma de vincularnos se inspire en la que Dios soñó, en la que él hizo. Un trato basado en el recuerdo de que todos provenimos de lugares errantes, como Abraham, y todos fuimos sacado de lugares de esclavitud, como el pueblo de Israel.

Sigue resonando en nosotros toda la experiencia vivida en Aparecida y en la invitación a renovar nuestro ser discípulos misioneros. Mucho hemos hablado sobre el discipulado, mucho nos hemos preguntado sobre cómo impulsar una catequesis del discipulado y misionera. Pablo nos da una clave interesante: el trato de misericordia. Nos recuerda que lo que lo convirtió a él en apóstol fue ese trato, esa forma cómo Dios se acercó a su vida: «Fui tratado con misericordia». Lo que lo hizo discípulo fue la confianza que Dios le dio a pesar de sus muchos pecados. Y eso nos recuerda que podemos tener los mejores planes, los mejores proyectos y teorías pensando nuestra realidad, pero si nos falta ese «trato de misericordia», nuestra pastoral quedará truncada a medio camino.

En esto se juega nuestra catequesis, nuestros seminarios ‒ ¿enseñamos a nuestros seminaristas este camino de tratar con misericordia? ‒, nuestra organización parroquial y nuestra pastoral. En esto se juega nuestra acción misionera, nuestros planes pastorales. En esto se juegan nuestras reuniones de presbiterios e inclusive nuestra forma de hacer teología: en aprender a tener un trato de misericordia, una forma de vincularnos que día a día tenemos que pedir ‒ porque es una gracia ‒, que día a día somos invitados a aprender. Un trato de misericordia entre nosotros obispos, presbíteros, laicos.

Somos en teoría «misioneros de la misericordia» y muchas veces sabemos más de «maltratos» que de un buen trato. Cuantas veces nos hemos olvidado en nuestros seminarios de impulsar, acompañar, estimular, una pedagogía de la misericordia, y que el corazón de la pastoral es el trato de misericordia. Pastores que sepan tratar y no maltratar. Por favor, se lo pido: Pastores que sepan tratar y no maltratar.

Hoy somos invitados especialmente a un trato de misericordia con el santo Pueblo fiel de Dios ‒ que mucho sabe de ser misericordioso porque es memorioso ‒, con las personas que se acercan a nuestras comunidades, con sus heridas, dolores, llagas. A su vez, con la gente que no se acerca a nuestras comunidades y que anda herida por los caminos de la historia esperando recibir ese trato de misericordia.

La misericordia se aprende en base a la experiencia ‒ en nosotros primero ‒, como en Pablo: él ha mostrado toda su misericordia, él ha mostrado toda su misericordiosa paciencia. En base a sentir que Dios sigue confiando y nos sigue invitando a ser sus misioneros, que nos sigue enviando para que tratemos a nuestros hermanos de la misma forma con la que él nos trata, con la que él nos trató, y cada uno de nosotros conoce su historia, puede ir allí y hacer memoria. La misericordia se aprende, porque nuestro Padre nos sigue perdonando.

Existe ya mucho sufrimiento en la vida de nuestros pueblos para que todavía le sumemos uno más o algunos más. Aprender a tratar con misericordia es aprender del Maestro a hacernos prójimos, sin miedo de aquellos que han sido descartados y que están «manchados» y marcados por el pecado. Aprender a dar la mano a aquel que está caído sin miedo a los comentarios. Todo trato que no sea misericordioso, por más justo que parezca, termina por convertirse en maltrato. El ingenio estará en potenciar los caminos de la esperanza, los que privilegian el buen trato y hacen brillar la misericordia.

Queridos hermanos, este encuentro no es un congreso, un meeting, un seminario o una conferencia. Este encuentro de todos es una celebración: fuimos invitados a celebrar el trato de Dios con cada uno de nosotros y con su Pueblo. Por eso, creo que es un buen momento para que digamos juntos: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy, estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos, esos brazos redentores» (Evangelii gaudium, 3).

Y agradezcamos, como Pablo a Timoteo, que Dios nos confíe repetir con su pueblo, los enormes gestos de misericordia que ha tenido y tiene con nosotros, y que este encuentro nos ayude a salir fortalecidos en la convicción de transmitir la dulce y confortadora alegría del Evangelio de la misericordia.


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Catequesis del Papa en el año jubilar

Audiencia Jubilar del Papa: “Misericordia y compromiso de vida son testimonio de nuestra fe en Cristo”

2016-02-20 Radio Vaticana

(RV).- “En Jesús, Dios se ha comprometido completamente para restituir esperanza a los pobres, a cuantos estaban privados de dignidad, a los extranjeros, a los enfermos, a los prisioneros, y a los pecadores que acogía con bondad. En todo esto, Jesús era expresión viviente de la misericordia del Padre”, lo dijo el Papa Francisco en su catequesis de la Audiencia Jubilar de la Misericordia.

En el marco del Año Santo, el Obispo de Roma recordó que “en este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a conocer siempre más al Señor Jesús, y a vivir de manera coherente la fe con estilo de vida que exprese la misericordia del Padre. Es un compromiso que estamos llamados a asumir para ofrecer a cuantos encontramos el signo concreto de la cercanía de Dios”.

Reflexionando sobre el tema del compromiso, el Pontífice explicó que comprometerse “quiere decir que asumo una responsabilidad, una tarea con alguno; y significa también el estilo, la actitud de fidelidad y entrega, de particular atención con el cual llevo adelante esta tarea”. Por ello, cada día nos piden poner empeño en las cosas que hacemos: en la oración, en el trabajo, en el estudio, pero también en el deporte, el las actividades libres. Comprometerse, agregó el Papa, “quiere decir poner nuestra buena voluntad y nuestras fuerzas para mejorar la vida”.

Antes de concluir su catequesis, el Papa Francisco recordó que “Dios, también se ha comprometido con nosotros. Su primer compromiso ha sido aquel de crear el mundo, y no obstante nuestros atentados para destruirlo, Él se compromete por mantenerlo vivo. Pero su compromiso más grande ha sido aquel de donarnos a Jesús. En Jesús, Dios se ha comprometido completamente para restituir esperanza a los pobres, a cuantos estaban privados de dignidad, a los extranjeros, a los enfermos, a los prisioneros, y a los pecadores que acogía con bondad. En todo esto, Jesús era expresión viviente de la misericordia del Padre”.

Texto y audio completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Jubileo de la Misericordia es una verdadera oportunidad para entrar en profundidad dentro del misterio de la bondad y el amor de Dios. En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a conocer siempre más al Señor Jesús, y a vivir de manera coherente la fe con un estilo de vida que exprese la misericordia del Padre. Es un compromiso que estamos llamados a asumir para ofrecer a cuantos encontramos el signo concreto de la cercanía de Dios. Es decir, mi vida, mi actitud, el modo de ir por la vida debe ser un signo concreto de que Dios está cerca de nosotros. Pequeños gestos de amor, de ternura, de cuidado, que hacen pensar que el Señor está con nosotros, está cerca de nosotros. Y así se abre la puerta de la misericordia.

Hoy quisiera detenerme brevemente a reflexionar con ustedes sobre el tema de esta palabra que he dicho: el tema del compromiso. ¿Qué cosa es un compromiso? Y ¿qué cosa significa comprometerse? Cuando me comprometo, quiere decir que asumo una responsabilidad, una tarea con alguno; y significa también el estilo, la actitud de fidelidad y entrega, de particular atención con el cual llevo adelante esta tarea. Cada día nos piden poner empeño en las cosas que hacemos: en la oración, en el trabajo, en el estudio, pero también en el deporte, en las actividades libres … Comprometerse, quiere decir poner nuestra buena voluntad y nuestras fuerzas para mejorar la vida.

Y también Dios se ha comprometido con nosotros. Su primer compromiso ha sido aquel de crear el mundo, y no obstante nuestros atentados para destruirlo – y son tantos –, Él se compromete por mantenerlo vivo. Pero su compromiso más grande ha sido aquel de donarnos a Jesús. ¡Este es el gran compromiso de Dios! Sí, Jesús es justamente el compromiso extremo que Dios ha asumido en favor nuestro. Lo recuerda también San Pablo cuando escribe que Dios «no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Rom 8,32). Y, en virtud de esto, junto a Jesús el Padre nos donará cada cosa de la cual tenemos necesidad.

Y ¿cómo se ha manifestado este compromiso de Dios por nosotros? Es muy fácil verificarlo en el Evangelio. En Jesús, Dios se ha comprometido completamente para restituir esperanza a los pobres, a cuantos estaban privados de dignidad, a los extranjeros, a los enfermos, a los prisioneros, y a los pecadores que acogía con bondad. En todo esto, Jesús era expresión viviente de la misericordia del Padre. Y quisiera referirme a esto: Jesús acogía con bondad a los pecadores. Si nosotros pensamos en modo humano, el pecador sería un enemigo de Jesús, un enemigo de Dios, pero Él se acerca a ellos con bondad, los amaba y cambiaba a ellos el corazón. Todos nosotros somos pecadores: ¡todos! Todos tenesmo delante de Dios alguna culpa. Pero debemos tener confianza: Él se acerca para darnos conforto, la misericordia, el perdón. Es este el compromiso de Dios y para esto ha enviado a Jesús: para acercarnos a nosotros, a todos nosotros y abrir la puerta de su amor, de su corazón, de su misericordia. Y esto es muy bello. ¡Muy bello!

A partir del amor misericordioso con el que Jesús ha expresado el compromiso de Dios, también nosotros podemos y debemos corresponder a su amor con nuestro compromiso. Y esto sobre todo en las situaciones de mayor necesidad, donde hay más sed de esperanza. Pienso – por ejemplo – en nuestro compromiso con las personas abandonadas, con aquellos que cargan pesadas minusvalías, con los enfermos graves, con los moribundos, con los que no son capaces de manifestar reconocimiento…  En todas estas realidades nosotros llevamos la misericordia de Dios a través de un compromiso de vida, que es testimonio de nuestra fe en Cristo. Debemos siempre llevar aquella caricia de Dios – porque Dios nos ha acariciado con su misericordia – llevarla a los demás, a aquellos que tienen necesidad, a aquellos que tienen un sufrimiento en el corazón o están tristes: acercarnos con aquella caricia de Dios, que es la misma que Él ha dado a nosotros.

Que este Jubileo pueda ayudar a nuestra mente y a nuestro corazón a tocar con la mano el compromiso de Dios por cada uno de nosotros, y gracias a esto transformar nuestra vida en un compromiso de misericordia para todos.

(Traducción del italiano: Raúl Cabrera / Renato M


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El jubileo: cómo hay que vivirlo. Papa Francisco

No es Jubileo si no llega a los bolsillos para ayudar a los pobres

Durante la Audiencia en este Miércoles de ceniza, el Pontífice recordó cuál es el significado bíblico del Jubileo, «indulto general», y condenó la usura, «pecado grave». Pidió también oraciones para el encuentro con Kiril en Cuba
AFP

Papa Francisco durante la Audiencia

10/02/2016
IACOPO SCARAMUZZI
CIUDAD DEL VATICANO
«Si el Jubileo no llega a los bolsillos no es verdadero Jubileo». En este miércoles de ceniza, y comienzo de la Cuaresma, Papa Francisco reflexionó sobre el origen del Jubileo en curso, durante la Audiencia general en la Plaza San Pedro. Recordó el significado de «indulto general» indicado por la Biblia y subrayó que en un mundo en el que el ochenta por ciento de las riquezas está en manos del veinte por ciento de la humanidad, los que tienen más deben compartir los propios bienes con los pobres y con los extranjeros. Además, Francisco condenó el «pecado grave de la usura».El libro bíblico del Levítico, recordó el Papa, presenta la antigua institución del Jubileo, cada cincuenta años, como momento culminante de la vida religiosa y social del pueblo de Israel. En aquella época « si alguno había sido obligado a vender su tierra o su casa, en el jubileo podía retomar la posesión; y si alguno había contraído deudas y, no podía pagarlas, hubiese sido obligado a ponerse al servicio del acreedor, podía regresar libre a su familia y recuperar todas sus propiedades. Era una especie de “indulto general”, con el cual se permitía a todos de regresar a la situación originaria, con la cancelación de todas las deudas, la restitución de la tierra, y la posibilidad de gozar de nuevo de la libertad propia de los miembros del pueblo de Dios. Un pueblo “santo”, donde las prescripciones como aquella del jubileo servían para combatir la pobreza y la desigualdad, garantizando una vida digna para todos y una justa distribución de la tierra sobre la cual habitar y de la cual tomar el nutrimiento. La idea central es que la tierra pertenece originalmente a Dios y ha sido confiada a los hombres, y por eso ninguno puede atribuirse la posesión exclusiva, creando situaciones de desigualdad. Esto, hoy, podemos pensarlo y repensarlo; cada uno en su corazón piense si tiene demasiadas cosas. Pero, ¿Por qué no dejar a aquellos que no tienen nada? El diez por ciento, el cincuenta por ciento…».

Con el jubileo bíblico, «quien se había convertido en pobre regresaba a tener lo necesario para vivir, y quien se había hecho rico restituía al pobre lo que le había quitado. El fin era una sociedad basada en la igualdad y la solidaridad, donde la libertad, la tierra y el dinero se convirtieran en un bien para todos y no solo para algunos como sucede ahora, si no me equivoco. Pero más o menos, ¡eh! Esto es una cosa, las cifras no son seguras, pero el ochenta por ciento de las riquezas de la humanidad están en las manos de menos del veinte por ciento de la gente. Es un jubileo – y esto lo digo recordando nuestra historia de la salvación – para convertirse para que nuestro corazón se haga más grande, más generoso, más hijo de Dios, con más amor. Pero, les digo una cosa: si este deseo, si el jubileo no llega a los bolsillos no es un verdadero jubileo. ¿Lo han entendido? Y esto es en la Biblia. ¡eh! No lo inventa este Papa: está en la Biblia. El fin – como he dicho – era una sociedad basada en la igualdad y en la solidaridad, donde la libertad, la tierra y el dinero se convirtieran en un bien para todos y no para algunos. De hecho, el jubileo tenía la función de ayudar al pueblo a vivir una fraternidad concreta, hecha de ayuda recíproca. Podemos decir que el jubileo bíblico era un “jubileo de misericordia”, porque era vivido en la búsqueda sincera del bien del hermano necesitado».

La ley de la Biblia, continuó el Papa, también prescribía el pago del «diezmo», es decir la décima parte, de las cosechas «a los Levitas, encargados del culto, los cuales no tenían tierra, y a los pobres, a los huérfanos, a las viudas». «¡Cuántas primicias! Primicias —recordó— no solo de los frutos de los campos, sino de todo otro producto del trabajo, de los sueldos, de los ahorros, de tantas cosas que se poseen y que a veces se desperdician. Esto sucede también hoy, ¡eh! En la Limosnería Apostólica llegan tantas cartas con un poco de dinero, pocas cosas con esta inscripción: “esto es parte de mi sueldo para ayudar a otros”. Y esto es bello; ayudar a los demás, las instituciones de beneficencia, los hospitales, los asilos y los diezmos; dar también al forastero, a aquellos que son extranjeros y están de paso. Jesús estuvo de paso en Egipto».

Además la Biblia relaciona este tema con la exhortación insistente a «responder generosamente a los pedidos de préstamos, sin hacer cálculos mezquinos y sin pretender intereses imposibles», prohibiendo la usura explícitamente: «Esta enseñanza es siempre actual. ¡Cuántas familias están en la calle, víctimas de la usura! Por favor recemos, para que en este jubileo el Señor quite del corazón de todos nosotros este deseo de tener más de usura. Que se regrese a ser generosos, grandes. ¡Cuántas situaciones de usura estamos obligados a ver y cuánto sufrimiento y angustia llevan a las familias! Y tantas veces, en la desesperación cuantos hombres terminan en el suicidio porque no pueden más y no tienen esperanza, no tienen una mano extendida que los ayude; solamente la mano que viene a hacerles pagar los intereses. Es un grave pecado la usura, es un pecado que grita en la presencia de Dios».

El Papa concluyó su catequesis diciendo: «Queridos hermanos y hermanas, el mensaje bíblico es muy claro: abrirse con valentía al compartir, y ¡esto es misericordia! Y si no queremos misericordia de Dios comencemos a hacerla nosotros. Es esto: comencemos a hacerlo nosotros entre conciudadanos, entre familias, entre pueblos, entre continentes. Contribuir en realizar una tierra sin pobres quiere decir construir una sociedad sin discriminación, basada en la solidaridad que lleva a compartir cuanto se posee, en una distribución de los recursos fundada en la fraternidad y en la justicia».

Hoy por la tarde el Pontífice presidirá la Ceremonia de las Cenizas en San Pedro, con el envío de los «misioneros de la Misericordia». Recordó al final de la audiencia que mañana se festeja la Jornada Mundial del Enfermo y que el viernes que viene «iniciaré el viaje apostólico en México, pero antes me dirigiré a La Habana para encontrar a mi querido hermano Kiril. Encomiendo a las oraciones de todos ustedes tanto el encuentro con el Patriarca como el viaje a México».


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Año de la vida consagrada. Clausura en el Vaticano.

“Llamados a ser hombres y mujeres del encuentro”, el Papa clausura el Año de la Vida Consagrada

(RV).- “Gratitud: esta es una palabra que puede sintetizar todo aquello que hemos vivido en este Año de la Vida Consagrada, gratitud por el don del Espíritu Santo, que anima siempre a la Iglesia a través de los diversos carismas”, con estas palabras el Papa Francisco clausuró el Año de la  Vida Consagrada.

En fiesta de la Presentación del Señor al Templo y en una emotiva celebración Eucarística presidida por el santo Padre en la Basílica de San Pedro, el Pontífice recordó en su homilía que “Jesús es el rostro de la Misericordia del Padre. Es éste el ícono que el Evangelio nos ofrece al final del Año de la Vida Consagrada, un año vivido, resaltó el Papa, con mucho entusiasmo”.

“La fiesta de hoy, sobre todo en Oriente, dijo el Papa, es llamada fiesta del encuentro. Contemplamos el encuentro con el viejo Simeón, que representa la espera fiel de Israel y el regocijo del corazón por el cumplimiento de las antiguas promesas. Admiramos también el encuentro con la anciana profetisa Ana, que, al ver al Niño, exulta de alegría y alaba a Dios. y el futuro, lleno de esperanza”. En ello se puede ver el inicio de la vida consagrada.

“Los consagrados y las consagradas están llamados ante todo a ser hombres y mujeres del encuentro, afirmó el Obispo de Roma. La vocación, de hecho, no toma las mociones de un proyecto nuestro pensado ‘con cálculo’, sino de una gracia del Señor que nos  alcanza, a través de un encuentro que cambia la vida. Quien verdaderamente encuentra a Jesús no puede permanecer igual que antes. Él es la novedad que hace nuevas todas las cosas. Quien vive este encuentro se convierte  en testimonio y hace posible el encuentro para los otros; y también se hace promotor de la cultura del encuentro, evitando la autoreferencialidad que nos hace encerrarnos en nosotros mismos”.

Antes de concluir su homilía, el Papa hizo notar también a los consagrados que “en la fiesta de hoy aprendemos a vivir la gratitud por el encuentro con Jesús y por el don de la vocación a la vida consagrada”. “Cúan hermoso es cuando encontramos el rostro feliz de personas consagradas,  quizás ya con tantos años como Simeón o Ana,  felices y llenas de gratitud por la propia vocación”. (RC – Radio Vaticana)

Texto completo de la homilía pronunciada por el Santo Padre Francisco en el Jubileo de la Consagrada el 2 de febrero de 2016

(Radio Vaticana).- Hoy  ante nuestra mirada se presenta un hecho simple, humilde y grande: Jesús es llevado por María y José al templo de Jerusalén.  Es un niño como tantos, como todos, pero es único: es el Unigénito venido para todos. Este Niño nos ha traído la misericordia y la ternura de Dios: Jesús es el rostro de la Misericordia del Padre. Es éste el ícono que el Evangelio nos ofrece al final del Año de la Vida Consagrada, un año vivido con mucho entusiasmo.  Él, como un rÍo, confluye ahora en el mar de la misericordia, en este inmenso misterio de amor que estamos experimentando con el Jubileo extraordinario.

La fiesta de hoy, sobre todo en Oriente, es llamada fiesta del encuentro. En efecto, en el Evangelio que ha sido proclamado, vemos diversos encuentros  (cfr Lc 2,22-40).  En el templo Jesús viene a nuestro encuentro y nosotros vamos a su encuentro. Contemplamos el encuentro con el viejo Simeón, que representa la espera fiel de Israel y el regocijo del corazón por el cumplimiento de las antiguas promesas. Admiramos también el encuentro con la anciana profetisa Ana, que, al ver al Niño, exulta de alegría y alaba a Dios.  Simeón y Ana son la espera y la profecía, Jesús es la novedad y el cumplimiento: Él se nos presenta como la perenne sorpresa de Dios; en este Niño nacido para todos se encuentran el pasado, hecho de memoria y de promesa, y el futuro, lleno de esperanza.

En esto podemos ver el inicio de la vida consagrada.  Los consagrados y las consagradas están llamados ante todo a ser hombres y mujeres del encuentro.  La vocación, de hecho, no toma las mociones de un proyecto nuestro pensado “con cálculo”, sino de una gracia del Señor que nos  alcanza, a través de un encuentro que cambia la vida. Quien verdaderamente  encuentra a Jesús no puede permanecer igual que antes.  Él es la novedad que hace nuevas todas las cosas. Quien vive este encuentro se convierte  en testimonio y hace posible el encuentro para los otros; y también se hace promotor de la cultura del encuentro, evitando la autoreferencialidad que nos hace encerrarnos en nosotros mismos.

El pasaje de la Carta a los Hebreos, que hemos escuchado, nos recuerda que el mismo Jesús, para salir a nuestro encuentro, no dudó en compartir nuestra condición humana: «Ya que los hijos tienen una misma sangre y una misma carne, él también debía participar de esa condición» (v. 14). Jesús no nos ha salvado “desde el exterior”, no se ha quedado fuera de nuestro drama, sino que ha querido compartir nuestra vida. Los  consagrados y las consagradas están llamados a ser signo concreto y profético de esta cercanía de Dios, de éste compartir la condición de fragilidad, de pecado y de heridas del hombre de nuestro tiempo. Todas las formas de vida consagrada, cada una según sus características, están llamadas a estar en permanente estado de misión, compartiendo «las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres  y de todos aquellos que sufren» (Gaudium et spes, 1).

El Evangelio también nos dice que «Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él» (v. 33). José y María custodian  el estupor por este encuentro lleno de luz y de esperanza para todos los pueblos. Y también nosotros, como cristianos y como personas consagradas, somos custodios del estupor. Un estupor que pide ser renovado siempre; ay de la costumbre en la vida espiritual; ay de cristalizar nuestros carismas en una doctrina abstracta:  los carismas de los fundadores – como he dicho otras veces – no son para sellar en una botella, no son piezas de museo.  Nuestros fundadores han sido movidos por el  Espíritu y no han tenido miedo de ensuciarse las manos con la vida cotidiana, con los problemas de la gente, recorriendo con coraje las periferias geográficas y existenciales. No se detuvieron ante los  obstáculos y las incomprensiones de los otros, porque mantuvieron en el corazón el estupor por el encuentro con Cristo. No han domesticado la gracia del Evangelio; han tenido siempre en el corazón una sana inquietud por el Señor, un deseo vehemente de llevarlo a los demás, como han hecho María y José en el templo. También hoy nosotros estamos llamados a cumplir elecciones proféticas y valientes.

Finalmente, de la fiesta de hoy aprendemos a vivir la gratitud por el encuentro con Jesús y por el don de la vocación a la vida consagrada. Agradecer, acción de gracias: Eucaristía. Cúan hermoso es cuando encontramos el rostro feliz de personas consagradas,  quizás ya con tantos años como Simeón o Ana,  felices y llenas de gratitud por la propia vocación. Esta es una palabra que puede sintetizar todo aquello que hemos vivido en este Año de la Vida Consagrada: gratitud por el don del Espíritu Santo, que anima siempre a la Iglesia a través de los diversos carismas.

El Evangelio concluye con esta expresión: «El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él» (v. 40). Que el Señor Jesús pueda, por la maternal intercesión de Maria, crecer en nosotros, y aumentar en cada uno el deseo  del encuentro, la custodia del estupor y la alegría de la gratitud. Entonces otros serán atraídos por su luz, y podrán encontrar la misericordia del Padre. (Traducción del italiano: Raúl Cabrera, Radio Vaticano)


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El Papa Francisco y la Virgen de Guadalupe.

Con misa a Guadalupe Francisco emprende camino a México

Este sábado 12 de diciembre el Papa celebrará una misa en honor a la Virgen mexicana en la Basílica de San Pedro durante la cual anunciará oficialmente su próximo viaje apostólico a ese país
LAPRESSE

Fieles mexicanos

  11/12/2015
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ (NEXTA)
CIUDAD DEL VATICANO
 Una misa para Guadalupe. Por segundo año consecutivo el Papa honrará al ayate del Tepeyac en la Basílica de San Pedro. Una celebración para todo el Continente Americano, la tarde de este sábado 12 de diciembre. Con un condimento especial: durante la misma anunciará su próxima visita apostólica a México, exactamente dos meses antes de su realización.
Las misas papales dedicadas a la imagen guadalupana son ya una tradición. El primero en presidir una fue Benedicto XVI en diciembre de 2011. En aquella ocasión el pontífice anunció justamente su viaje a México y Cuba, que realizó en marzo del siguiente año. Francisco, el primer Papa latinoamericano, repitió la iniciativa en 2014.

“Esta misa es muy significativa porque es el segundo año consecutivo que el Papa tiene el interés de presidir una celebración en el Vaticano en la festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, recordando la anterior del Papa Benedicto y en esta ocasión se realizará cuatro días después de la apertura del Jubileo de la Misericordia, es decir de una gran celebración en la Plaza de San Pedro”, destacó en entrevista Guzmán Carriquiry, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina.

Aseguró que, con esa celebración eucarística, Bergoglio quiere retomar los ecos de la apertura del Jubileo extraordinario para el Continente Americano. Y apuntó: “Es también un paso importante en el camino que lo va a llevar a México, porque ya lo dijo que el punto central de su viaje es la visita a Nuestra Señora de Guadalupe. Ciertamente al pueblo mexicano, a los obispos, a las autoridades pero el punto que el Papa más lleva en su corazón es el encuentro con la sagrada imagen en su santuario”.

No obstante Carriquiry instó a la prudencia. Adelantó que en su sermón Francisco no va a adelantar el programa de su visita a México, pero sostuvo que sí encomendará a Guadalupe “el camino que lo va a llevar allá”.

No será una misa criolla, como en 2014. Los acordes del compositor argentino Ariel Ramírez no resonarán esta vez en San Pedro. No habrán banderas de los pueblos indígenas latinoamericanos junto al altar de la basílica, gesto tan criticado –en su momento- por algunos sectores tradicionalistas. Tampoco cantará Patricia Sosa, la artista connacional del Papa.

Al contrario, sí se escucharán las suaves notas los himnos guadalupanos más famosos. Será la misa del tercer domingo de aviento, el tiempo litúrgico previo a la Navidad. Con el líder católico concelebrarán más de 500 sacerdotes y cuatro cardenales. Las lecturas e intenciones se leerán en español, inglés, portugués, francés e incluso quechua, la lengua indígena.

“Estoy seguro que el Papa ha estado gustando en el corazón durante todo este tiempo de su pontificado su futuro encuentro con Nuestra Señora de Guadalupe en su santuario. Pienso que el Papa no sólo le va a confiar a la Virgen a toda la nación mexicana, le va a pedir que le abra el corazón de sus gentes y le va a confiar a todos los pueblos latinoamericanos, porque es patrona de la región y el continente. Su intercesión es tan potente que creo le va a confiar, de modo muy especial, su propio pontificado”, añadió Carriquiry.

Después del anuncio del Papa, el Vaticano difundirá la agenda definitiva de su viaje a México. que comenzará el viernes 12 de febrero de 2016 con el vuelo de Roma a la capital mexicana. Allí, al pie de la escalerilla del avión papal, Francisco será recibido por el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, acompañado por el nuncio apostólico Christophe Pierre y el arzobispo Norberto Rivera Carrera.

Ese encuentro será breve. No están previstos discursos oficiales, porque la verdadera ceremonia de bienvenida tendrá lugar la mañana del sábado 13 en el Palacio Nacional, donde el obispo de Roma y el mandatario se reunirán en privado. De allí Francisco se trasladará a la catedral metropolitana donde sostendrá un encuentro con obispos del país.

Por la tarde se verificará el encuentro con la Virgen en la Basílica de Guadalupe. La mañana del domingo 14 está prevista una misa para más de 500 mil personas en una gran explanada de Ecatepec, Estado de México. Seguirá la visita a un hospital pediátrico y encuentro con el mundo de la cultura en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México.

Un día después viajará al Estado de Chiapas. Aterrizará por la mañana en Tuxtla Gutiérrez y de allí se trasladará a San Cristóbal de las Casas para encontrarse con indígenas. Por la tarde volverá a Tuxtla para un encuentro con familias antes de volver a la Ciudad de México.

El martes 16 tocará el turno de la visita a Morelia (Michoacán), donde el obispo de Roma presidirá un acto con clérigos, religiosos y religiosas; también visitará la catedral, almorzará con el arzobispo Alberto Suárez Inda y encabezará una vigilia de oración con jóvenes en el Estado de fútbol de los Monarcas.

El 17 será su último día. De la capital viajará a Ciudad Juárez (Chihuahua) donde presidirá un acto con migrantes en la explanada fronteriza del Chamizal y sostendrá una reunión con el mundo del trabajo, antes de la ceremonia de despedida en la cual estará el presidente Peña Nieto. Por la tarde de emprenderá su viaje de regreso a Roma.