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Amazonia. Siete claves para el Sínodo. Segunda parte

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7 CLAVES TEOLÓGICAS PARA EL SÍNODO DE LA AMAZONÍA (II)

Víctor Codina. [Esta publicación es la segunda parte del artículo “7 claves teológicas para el Sínodo de la Amazonía”. Para leer la primera, aquí].

5. Aportes de la Amazonía al mundo y a la Iglesia.

Es injusto considerar la Amazonía solamente como un conjunto de pueblos pobres que necesitan defensa y protección. Son pueblos diferentes, otros, con grandes riquezas humanas, culturales y espirituales, con una sabiduría milenaria y ancestral, anterior al cristianismo.

Como el indio Juan Diego que en pleno invierno ofrece rosas al obispo Juan de Zumárraga, la Amazonía ofrece a los obispos reunidos en sínodo y a la iglesia universal la riqueza de sus flores: la belleza de su naturaleza exuberante y de sus ríos, la propuesta del “buen vivir” y de la búsqueda de “la tierra sin males”, es decir, una vida en armonía con la naturaleza, con la comunidad y con Dios, una espiritualidad integral, el sentido de celebración y de fiesta, una tradicional sabiduría en el cuidado de la tierra, la salud y los remedios, un concepto de desarrollo y de progreso muy diferente del concepto moderno de progreso tecnocrático que acumula bienes en manos de pocos y destruye la naturaleza.

En un momento de crisis ecológica y humanitaria del planeta, la Amazonía nos ofrece alternativas, no para que reneguemos de los avances positivos del progreso moderno, sino para que aprendamos de ellos el sentirnos parte de la naturaleza, donde todo está conectado y merece respeto y así evitemos el caos de un posible desastre ecológico futuro planetario. No podemos hipotecar el futuro de las nuevas generaciones con nuestro desastroso concepto destructor del  llamado progreso moderno.

Esta valoración positiva de los pueblos amazónicos no debe conducirnos a la ingenuidad idealista del mito del “bon sauvage”, ni cerrar los ojos a las deficiencias y errores que afectan toda cultura humana, ni negar la necesidad de la gracia y la salvación de Cristo. Necesitamos siempre discernir, pero es indudable que antes de que llegasen los misioneros a la Amazonía, ya había llegado el Espíritu del Señor.

6. La eucaristía hace la Iglesia.

Solo después de haber hablado de la necesidad de defender la Amazonía de las amenazas que la destruyen, tiene lugar hablar de la eucaristía. Sin justicia no hay eucaristía, no es la cena del Señor (1 Cor 11.). Antes de ofrecer la ofrenda hay que reconciliarse con los hermanos (Mt 5,23-24). Por esto no deja de ser sospechoso que algunos sectores quieran reducir el sínodo de la Amazonía al tema de ministerios de hombres casados.

La afirmación de Henri de Lubac que resume la tradición patrística “la eucaristía hace la Iglesia, la Iglesia hace la eucaristía”, que Juan Pablo II recoge en Ecclesia de eucharistia, muestra la centralidad de la eucaristía en la vida cristiana, ya que, como dice el Vaticano II, la eucaristía es fuente y cumbre de toda vida cristiana (SC 10; PO 5).

Es necesario profundizar la importancia eclesial y vital de la eucaristía. Sin eucaristía la Iglesia languidece y muere.

La vida en abundancia que Jesús nos ofrece (Jn 10,10) no es solo el pan material con el que alimenta al pueblo hambriento que entusiasmado le quiere nombrar rey, sino el pan de vida de su cuerpo y sangre entregados por la vida del mundo (Jn 6).

La eucaristía posee una dimensión personal, comunitaria, eclesial y social, pero también cósmica, pues en ella la creación, pan y vino, se transfiguran y hacen presente al Señor resucitado y anticipan la escatología de los nuevos cielos y la nueva tierra del Reino.

Por todo ello no se puede privar durante años enteros a las comunidades sin eucaristía por falta de ministros y las grandes distancias, con el riesgo de que las comunidades devengan comunidades evangélicas de la Palabra o simplemente desparezcan.

De ahí la urgencia de dotar a las comunidades de ministros ordenados para la evangelización, el servicio y la celebración de los sacramentos, sobre todo la eucaristía.

La consulta a los pueblos amazónicos es clara: piden la ordenación de aquellas personas que la comunidad juzgue aptas para el ministerio, sean célibes o casadas, no solo ancianos. Son las comunidades las que deben elegir y proponer a sus ministros.

El celibato es un gran don y carisma que el Espíritu concede a algunos cristianos. Y es comprensible que la Iglesia latina lo exija a los candidatos al ministerio presbiteral por sus grandes beneficios. Pero no se puede anteponer una ley eclesiástica como es la del celibato obligatorio para el ministerio presbiteral en la Iglesia latina por encima del derecho divino a la eucaristía. Esto sería hacer de la ley del celibato una ideología, como lo pudo ser la circuncisión para los cristianos venidos de la gentilidad.

Hemos de recordar que el celibato no se exigía en la Iglesia primitiva y no fue obligatorio en la Iglesia latina hasta el siglo XIII. Tampoco es obligatorio en las Iglesias católicas orientales.

En todo caso siempre es posible la dispensa canónica de una ley eclesiástica en casos concretos, como aconteció cuando tanto Pío XII como Benedicto XVI ordenaron respectivamente a pastores luteranos y anglicanos casados que deseaban entrar en la Iglesia católica.

También habría que debatir el diaconado de las mujeres, como se pide en la consulta, que daría a la Iglesia un nuevo rostro femenino y reconocería litúrgicamente el servicio que ya ellas realizan en sus comunidades. Más allá de las diferentes opiniones teológicas sobre si hubo o no diaconado femenino sacramental en el pasado, el Papa tiene poder suficiente para poder instaurarlo por motivos pastorales.

También habría que discernir si no es posible adecuar la  materia y forma de los sacramentos, manteniendo se esencia (salva eorum substantia) al contexto amazónico, donde ni el pan de trigo ni el vino de uva son frutos de su tierra, donde seguramente la inmersión en el río es más expresiva que el bautismo por mera infusión de agua…

Finalmente, una sugerencia. En la liturgia eucarística hay dos epíclesis o invocaciones al Espíritu. En la primera se pide al Espíritu que el pan y el vino se conviertan sacramentalmente en el Cuerpo y la Sangre del Señor resucitado. En la segunda epíclesis se invoca al Espíritu para que la comunidad se convierta en el cuerpo eclesial del Señor.

¿No se podría pensar en una tercera epíclesis que, escuchando el clamor de los últimos, pidiese al Espíritu que en toda la creación, desde la eucaristía de la selva amazónica hasta el altar del mundo, se vaya realizando cada día más la plenitud del universo, la vida plena, los nuevos cielos y la nueva tierra, el foco desbordante del amor y vida de Dios al cosmos, el Cristo cósmico, la divinización de la humanidad y la bodas santas, la unificación de la creación con el Creador (LS 236)?

7. El Espíritu del Señor actúa desde los últimos.

Esta última clave seguramente es la más importante para comprender con profundidad las anteriores claves.

Hay que partir del hecho de que el Pueblo de Dios cree que quien lo conduce es el Espíritu del Señor que llena el universo (GS 11) y que toda la Iglesia, especialmente los pastores y teólogos, han de auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu, las múltiples voces de nuestro tiempo (GS 44), para comprender los planes de Dios y de este modo la Verdad revelada pueda ser mejor percibida (GS 44).

Se trata de la teología de los signos de los tiempos, formulada por Juan XXIII en Pacem in terris y que el Vaticano II profundizó en Gaudium et spes. El Señor está presente, actúa y se manifiesta en la historia y geografía humana a través de acontecimientos y deseos profundos de la humanidad. La historia humana no es homogénea sino que hay momentos estelares, tiempos de gracia, kairós, que llaman a una conversión y cambio profundo hacia el Reino de Dios. Son lugares teológicos privilegiados, es decir momentos especiales para captar, profundizar y actualizar la única revelación de Jesucristo.

Pero a lo anterior se añade que este Espíritu que dirige la historia ordinariamente actúa desde abajo, desde los últimos (eschatoi) para que aparezca con más claridad; que no es la sabiduría o el poder humano quienes dirigen la historia hacia el Reino, sino el Espíritu, el que aleteaba desde el comienzo en el caos originario de la creación (Gn 1,2), el que suscitaba jueces y profetas en momentos de crisis del Pueblo de Israel, iluminaba a la madre de los macabeos en pleno martirio de sus hijos la fe en la resurrección (2 Mc 7,22-23), el que hace que mujeres estériles conciban hijos (Gn 11,30; 25,21;29,31;Lc 1,7.27) y una virgen engendre a Jesús (Lc 1, 35), el que derrama sus dones sobre el Mesías (Is 11,1-9), guía la vida y obra de Jesús y le resucita de entre los muertos. El Espíritu Creador y vivificante actúa desde abajo, desde los últimos para el bien de todos. Los pobres ocupan un lugar privilegiado en el Pueblo de Dios (EG 197-201).

Este Espíritu presente en el de profundis de la historia, que se manifiesta a través de los últimos, pobres, marginados y descartados, es el que ahora clama a través de los pueblos amazónicos, pidiendo justicia en su tierra, libertad para vivir su identidad y su cultura, para que se respete su territorio, la Madre tierra. Al grito de los pobres se une el grito de la tierra, es el Espíritu del Señor el clama a través de ellos.

Ya a través de estos últimos, descartados y amenazados, el Señor quiere hacernos escuchar su voz para que abandonemos caminos de muerte y nos convirtamos a una ecología integral y para que la Iglesia inicie nuevos caminos, sea una Iglesia de rostro amazónico, abierta a una reforma de sus comunidades, ministerios, liturgia, teología india, evangelización y misión. Y a través de la Amazonía, la salvación y la reforma se extienda a toda la Iglesia y a todo el planeta.

Los recientes y trágicos incendios forestales de la Amazonía han puesto de manifiesto la fragilidad de la región, la tragedia de sus habitantes y el riesgo para todo el planeta. El sínodo de la Amazonía reviste hoy una providencial actualidad. Pidamos al Señor que su Espíritu transforme los corazones y renueve la faz de la tierra.

Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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