Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor

Domingo 21: homilía de J.A. Jáuregui S.J.

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iglesia1DOMINGO 21 T.O.C.

Evangelio: Lc 13,22-30

Recuerdo el fuerte impacto que me produjo la reacción de dos buenos amigos míos después de una misa en la que tocó leer este fragmento evangélico.  Su comentario unánime fue: “Ese no es mi Dios, ese que habla en este evangelio en esos términos no es el Jesús en quien yo creo”: Nos resultan mucho más atractivas otras frases de Jesús como aquella en que nos exhorta: “Venid a Mí todos los que estáis cargados y yo os aliviaré porque yo soy manso y humilde corazón”. Pero Klaus Berger en su obra reciente sobre Jesús atribuye este tipo de reacciones a una imagen de Jesús inventada en siglo XIX que todavía se comercializa con éxito hoy día. Lo describe como un muchacho suave y asexuado, un apóstol de la ecología de la naturaleza que vaga por los campos de cereales. En alguna obra reciente de gran éxito editorial en España se presenta a Jesús en una contraposición con Juan Bautista. La preocupación central de Juan Bautista – se lee en ella – fue el tema del pecado, mientras que la preocupación central de Jesús fue el problema del sufrimiento humano. No porque para Jesús el ser humano esté antes que Dios, sino porque Jesús se dio cuenta de que Dios y el ser humano están fundidos de tal forma que la única manera de creer en Dios y hacer su santa voluntad es hacer felices a los seres humanos. Pero una lectura atenta de los evangelios demuestra que el Jesús histórico se halla próximo a un agente provocador de Dios, a Juan Bautista. En los evangelios se habla de que Jesús causa escándalo. Con este término se designa una conducta con la que provoco al otro, lo perturbo, lo confundo, le suscito inseguridad en su ser cristiano. Quien es motivo de escándalo amarga la vida a otros hasta el punto de hacer que se marchen. Según los evangelios y la literatura del Nuevo Testamento “escandalizar”  es, más o menos, lo peor que un cristiano puede hacer a su prójimo. Quien se escandaliza se siente expulsado de la comunidad. Ahora bien Jesucristo vino a ser un escándalo, no sólo cuando fue clavado en la cruz y fue tenido por un maldito conforme a la sentencia del Deuteronomio 21 (“Maldito el que cuelga de un palo”), sino también por la forma en que tomó partido durante su vida terrena. Después de su acción en el templo expulsando a los cambistas y vendedores de palomas, los fariseos escandalizados le someten a interrogatorio: “Tú ¿con qué autoridad haces esto?”. Jesús  les da una respuesta evasiva. “Decidme: ¿el bautismo de Juan era del cielo o de los hombres?“. No quisieron contestarle. “Pues yo tampoco os digo con qué autoridad hago esto”. Los fariseos no le contestan  porque, en la mente del evangelista, Jesús los está enfrentando con las dos preguntas más importantes del cristianismo primitivo: ¿Quién fue Juan Bautista y quién es Jesús? La identidad de Jesús estaba en conexión con la de Juan Bautista, no en un sentido de contraposición sino de complementación e iluminación mutua. Lo confirma la parábola de los niños quisquillosos que riñen en sus juegos ilustrando así la actitud frívola de una generación que, incapaz de ver una crisis de primera magnitud en el movimiento iniciado por Juan el Bautista y llevado a su plenitud por Jesús de Nazaret gastaba su tiempo en criticar neciamente el ascetismo de Juan y la camaradería con la que Jesús trataba y aceptaba a todos los hombres y mujeres de su entorno social: “A quién compararé los hombres de esta generación?…Se parecen a unos chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros: Os tocamos la flauta y no bailasteis, entonamos endechas y no llorasteis. Porque vino Juan Bautista que ni comía ni bebía y decís: Está poseído del demonio. Ha venido el Hijo del Hombre que come y bebe, y decís: ¡Mira un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores!” No caían en la cuenta de que con el bautismo de Juan y la predicación de Jesús se había producido una auténtica erupción volcánica que daba comienzo a algo absolutamente nuevo que provocó un grave escándalo. El primer escandalizado fue, por cierto, el mismo Juan Bautista quien había enviado desde la prisión a unos discípulos suyos a preguntar a Jesús: ¿Eres tú el que tiene que venir o tenemos que esperar a otro? Jesús respondió: “Id a informar a Juan de lo que veis y oís: ciegos recobran la vista, cojos caminan, leprosos quedan limpios, sordos oyen, muertos resucitan, pobres reciben la buena noticia” y añade: “Y dichosos los que no se escandalizan por mí”. Lo interesante en esta fórmula de Jesús es que el culmen de todos los milagros es algo que a nosotros en absoluto se nos antoja como milagroso: que a los pobres se les anuncie el evangelio. Pero en el evangelio dista mucho de ser una fórmula vacía. Precisamente el evangelista san Lucas hace de todo su evangelio una buena noticia para los pobres. Así se presenta Jesús en su discurso programático de Nazaret y así en Hch 2-5 la comunidad primitiva lleva esto a la práctica  ya que en ella los cristianos poseen fundamentalmente todo en común.

En el siglo 19 cada investigador extraía de los evangelios un Jesús hecho a la medida de su ideal moral. La investigación actual sobre el Jesús histórico cree caer fuera de esa sospecha de ideología fácil porque extrae un Jesús revolucionario que explica la condena a muerte en cruz de Jesús por parte del representante del imperio romano. Pero Jesús no llamó a los pobres a la sublevación. Eso los habría puesto a merced de los romanos. Tampoco los consuela remitiéndolos a la esfera de lo puramente espiritual. Los levanta como personas, les dice que son amados por Dios con especial predilección. Y el mismo Jesús hace presente con su persona esa predilección de Dios riendo y llorando, festejando y estando de luto con  ellos. Todo esto provoca escándalo. Por eso añade esa frase enigmática: “Bienaventurados los que no se escandalizan de mí”.

Bilbao, 25 de agosto de 2019

Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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