Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor

Homilía del quinto domingo de Pascua. Autor: J.A. Jáuregui S.J.

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iglesia1DOMINGO QUINTO DE PASCUA  

Ev.: Jn 13,31-38

Fragmentos evangélicos tan breves como este de hoy corren el peligro de ser como árboles que impiden ver el bosque. Para entenderlos hay que realizar una especie de “traveling”  que recorra el contexto evangélico. Entonces podemos observar que este breve fragmento nos introduce en el discurso final de la Última Cena del Señor con sus discípulos antes de padecer.  Un discurso, por cierto, que muestra huellas de una larga composición y ha sido calificado como una de las piezas maestras más profundas de toda la historia de la religiosidad humana. El Jesús que pronuncia este discurso ya ha pasado de este mundo al Padre y ha recibido el sello de su autoridad divina. Escuchamos, pues, al Señor de la Iglesia. Cuanto leemos en este discurso son las sugerencias del Señor vivo, el fruto de su Espíritu, a través de las meditaciones y de la pluma de Juan, el evangelista teólogo, aunque siempre en conexión con aquel Jesús de Nazaret, el hombre histórico que caminó por Judea y Galilea.

Dos rasgos quiero destacar en el evangelio de hoy: primero, ese “Ahora” con el que comienza a ser glorificado el Hijo del Hombre. Segundo, el mandamiento nuevo del amor, principio fundador de la Iglesia y rasgo de identidad de los cristianos.

La importancia de ese “ahora” nos lo anticipa la emotiva escena del discípulo predilecto apoyando la cabeza en el pecho de Jesús para sonsacarle el secreto más íntimo de su persona y de su drama: el nombre del traidor que le va a entregar para que muera crucificado. En el momento en que sale Judas del cenáculo para perpetrar su felonía asesina ve el evangelista la gloria de Dios manifestada en Jesús. Esta interpretación joánica de la glorificación de Jesús recuerda aquel momento estremecedor en que el centurión  que dirige el pelotón de ejecución ordena levantar la cruz con el cuerpo crucificado de Jesús. En ese acto de levantar la cruz contempla el evangelista, con visión mística certera, la glorificación de Cristo y pone su interpretación teológica en boca de Jesús con aquellas memorables palabras: “En el momento en que sea levantado de la tierra atraeré a todos  hacia mí”. Así también en nuestra escena evangélica de hoy, la traición de Judas, aceptada por Jesús, daba comienzo realmente al proceso por el que Jesús  pasa de este mundo al Padre para que se cumpla lo que el mismo Jesús explicitará en la oración sacerdotal: “Yo te glorifiqué sobre la tierra llevando a cabo la obra que me has encargado hacer; pues bien, ahora glorifícame tú, Padre, junto a ti, con la gloria que tenía junto a ti antes que existiera el mundo” (17,5).

Pasemos al segundo rasgo. ¿Qué se podrá añadir a todo lo que hemos oído y leído acerca del mandamiento del amor? El término empleado significa mucho más que un simple precepto. En Jn designa el mandato que Jesús ha recibido del Padre; y ese mandato abarca la obra entera de su vida cuyo punto culminante es la pasión. Observa el P. Brown que  al hablar del amor como mandamiento nuevo y señal de identidad que habrá de distinguir a sus discípulos, el evangelista está enfocando implícitamente su presentación de la Cena en perspectiva de la alianza, como lo explicitan san Pablo y los Sinópticos ( 1 Cor 11,23ss.; Mc 14,24; Lc 22,20). Pero esta sugerencia implícita del evangelista – un autor siempre sutil y complejo de pensamiento – si apunta a un sentido sacrificial de la alianza por la sangre de Cristo, lo hace de un forma altamente sublimada. Juan menciona explícitamente en primer término el mandamiento nuevo del amor como la estipulación básica de la nueva alianza. La nueva comunidad de Jesús, la Iglesia del Espíritu, nació del amor de Cristo, que hizo de la entrega pura e ilimitada de sí mismo un ejemplo de vida. Ahora bien ¿qué significa para nosotros este amor fundante de Iglesia y constitutivo de nuestra identidad como cristianos? La definición de este amor  – escribe William Davies – se ha hecho en términos de un anonadamiento del propio yo que implica una vida de activo servicio social, de entrega de sí mismo, de respuesta constante a cualquier demanda del prójimo. Significa una firmeza absoluta en el olvido de sí mismo, en una aceptación sin reservas ni vacilaciones de todo cuanto trae consigo la vida. Esto presupone que la norma para entender el amor será el olvido de sí mismo que demostró Jesús, el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas, Y por cuya muerte son preservadas las ovejas para que se mantengan unidas en un solo rebaño. Permanecer en este amor es posible únicamente en la comunión de los Santos donde es compartido el Espíritu. Esto quiere decir que no es en virtud de un desbordamiento de energías propias como puede el hombre ejercer este amor postulado por Jesús en el testamento a sus discípulos, sino sólo en la medida en que es movido por el Espíritu en una comunidad del Espíritu”. 

         Bilbao,   19 de mayo de 2019

Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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