Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor

Domingo de Pascua. Homilía de J.A. Jáuregui S.J.

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iglesia1DOMINGO DE PASCUA 

 

Misa del dia

Jn 20,1-10

 

En esta celebración solemne de la resurrección gloriosa de Jesús cabría esperar una descripción detallada de este acontecimiento triunfal. Pero ni los evangelios ni los demás textos del N.T. que nos hablan de la resurrección de Jesús describen el modo como sucedió este acontecimiento. La misma iconografía cristiana fue sumamente reacia a representar de un modo visible a Jesús en el momento de su resurrección. Esto no es nada casual. Y es que en realidad la acción sobrenatural por la que Dios resucitó a Jesús es absolutamente indescriptible por ser un objeto de fe y no de visión humana. La primera profesión de fe cristiana confiesa que Jesús ha resucitado verdaderamente y se ha aparecido a Simón (Pedro). San Pablo nos dice que ha visto al Señor. Los evangelios abundan en escenas de apariciones del Resucitado a sus discípulos. Pero la resurrección en sí misma sucede en lo oculto de la acción de Dios, como para el mundo de Dios ante el que no cabe más respuesta que la fe del hombre. Por eso quizás curiosamente el evangelio de este domingo describe la primera confesión de fe en la resurrección, no en ambiente de apariciones, sino dentro de la tumba vacía. María Magdalena fue, según san Juan, la primera que vio la tumba vacía, pero no supo leer el signo encerrado en ella. Sólo se le ocurrió que alguien había robado el cuerpo de Jesús. Confusa y perpleja corre al encuentro de los discípulos, ocultos después de la crucifixión por miedo a los judíos, y les comunica su noticia, una noticia por cierto ajena por completo a la noticia alegre del evangelio: “Se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Desde este momento saltan  Pedro y el Discípulo amado (D.A.), sobre todo este último, al primer plano de la presentación del misterio de la resurrección en la concepción teológica de san Juan. Dentro de la matizada rivalidad con que el evangelista presenta a esos dos personajes, el D.A. corre más que Pedro y llega primero a la tumba, pero no entró. Cede el paso a Pedro. Este entra el primero en la tumba. “Se inclinó para observar y vio las envolturas de tela en el suelo; el sudario en que le habían envuelto la cabeza no en el suelo con los otros lienzos, sino enrollado aparte”. Pedro no alcanza a ver el sentido de lo que ve. Entonces entra el D.A. y ve en esos detalles el signo de la tumba vacía. El evangelista escribe escuetamente: “Vio y creyó”. ¿Qué es lo que vio? Materialmente, diríamos nosotros, vio lo mismo que había visto Pedro: la tumba vacía, los lienzos, el sudario. El D.A. no fue el primer testigo de las apariciones de Jesús resucitado. No llegó a la fe desde la visión del Resucitado. Pero fue el primero en creer. San Juan presenta así al D.A. como un personaje simbólico, modelo de nuestra fe. Se cumple en él, como primer creyente, la bienaventuranza con la que Jesús termina la última aparición. Jesús le dice a Tomás: “Porque me viste, Tomás, has creído. Dichosos los que sin haber visto, creen”. Ahí entramos todos nosotros junto con los primeros lectores del evangelio de san Juan.  Lo mismo que ellos, tampoco nosotros tenemos la oportunidad de ver a Jesús resucitado en esta solemne celebración de la pascua del Señor. Pero sí tenemos la oportunidad de adherirnos a la fe de aquellos primeros testigos con la misma inexplicable identidad con que se adhería a la fe primordial de la Iglesia el autor de la primera carta de Juan en nombre de su comunidad muchos años después de la muerte de los primeros testigos de la resurrección: “Lo que hemos visto, lo que hemos oído os lo anunciamos para que vosotros estéis también en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo”. Este es el misterio de nuestra fe expresado simbólicamente en el protagonista de nuestro evangelio de hoy: el D.A. por su fe se coloca en el mismo plano de los primeros creyentes, testigos de la resurrección de Jesús. Más aún, el D.A. viene a ser en el evangelio de Juan el modelo de creyente porque acompaña a Jesús en los tres momentos estelares del anuncio cristiano primitivo: Primero: en la Cena del Señor donde reclina su cabeza  en el pecho del Señor como para escuchar el secreto íntimo de Jesús en clara réplica de la Palabra de Dios vuelta hacia el seno del Padre para escuchar y comunicar después el secreto de la revelación de Dios a los hombres. Segundo: al pie de la cruz para recibir de Jesús el legado de la Iglesia representado en María (“He ahí a tu Madre”) y dar testimonio verdadero de la sangre y el agua brotadas del costado de Cristo, símbolos de los sacramentos primordiales de la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía. “Un soldado le traspasó el costado con una lanza, y brotó en seguida sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio y sabe que su testimonio es verdadero, para que también vosotros creáis”. Y tercero, finalmente: en la tumba vacía para ser por la fe el primer testigo de la resurrección y hacernos partícipes de la última bienaventuranza de Jesús: “Bienaventurados los que sin haber visto, creen”.

 

 

Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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