Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor

Inmaculada Concepción. Homilía. Autor: J.A. Jáuregui S,J,

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INMACULADA CONCEPCION

 

“Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y acrecentamiento de la religión cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles”.

Así de solemne sonaba en labios del papa Pío IX el ocho de diciembre de 1854 la declaración pontificia del dogma de la Inmaculada Concepción de María.

Resulta siempre estimulante la posición estratégica que ocupa esta festividad en pleno tiempo de Adviento. Esta  fiesta viene a ser así una  realización anticipada de la meta propia del Adviento. La espiritualidad cristiana del tiempo de Adviento pretende cada año reavivar en nosotros un cuestionamiento radical de toda la existencia del hombre en este mundo desde la perspectiva de la venida del Señor al final de los tiempos.  Esta posición de María bajo su invocación de la Inmaculada, como germen de la nueva creación en Jesucristo, resulta significativa. Es una invitación a entender la Inmaculada Concepción de María no como un privilegio excepcional que la separa de todos los demás humanos, sino como la anticipación en María de la consumación de la obra divina de la salvación al final de los tiempos. A la luz de esta fiesta el artículo del Credo que confesamos sobre la vida eterna invita a una esperanza cierta, que no debe confundirse  con una utopía  que concibe a María como una reina coronada de estrellas y contrapuesta a sus súbditos o esclavos, sino como la primera redimida en la participación de la realeza de su Hijo Jesucristo.

Las tres preguntas fundamentales del hombre sabio cristiano: “¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos?” encuentran su respuesta en esta espiritualidad que evoca la crisis profunda e irrepetible que se produjo con el movimiento iniciado por Juan el Bautista y llegó a su plenitud con Jesús de Nazaret. Esta posición de María bajo su invocación de la Inmaculada Concepción en el  tiempo de adviento, está anticipando en este mundo esa realidad final a la que tiende  aquella erupción volcánica que supuso la presencia de Jesús en este mundo cuando dijo: “he venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto deseo que arda!”, un objetivo que, a primera vista, parece ignorar todos los valores importantes de esta vida. Hoy día no resulta fácil entender ni aceptar esta concepción de la vida. Tampoco resultó fácil a las primeras generaciones cristianas aceptar y transmitir aquella actitud cristiana primitiva, que san Pablo resumió  en su famosa consigna “Vivir como si no… porque se pasa la representación de este mundo”. La obra del evangelista san Lucas refleja mejor que ningún otro escrito del N.T. cómo el problema de aquella generación cristiana fue encajar la realidad de un tiempo que se prolongaba inesperadamente distorsionando todas las expectativas tradicionales. En su lugar se fueron abriendo camino en la conciencia del hombre histórico de la tercera generación cristiana las realidades y valores terrenos. Se impuso entonces con especial pujanza el dualismo característico del Cristianismo, un dualismo que contrapone al reino supra-histórico, sobrenatural, trascendente de Jesús el mundo actual con todos sus valores terrenos.

De un modo análogo se puede hablar del sentido actual que tiene la figura de la Inmaculada  en la espiritualidad mariana después del largo esfuerzo de reflexión mariológica postconciliar. El diccionario de espiritualidad cristiana recalca a este propósito que las formas del pasado que expresan valores marianos en términos de abandono, de imitación y dependencia, tienen escasas posibilidades de audiencia y acogida en el hombre, y menos aún, en la mujer de hoy día, que se resiste, con razón, a actuar por un acto de delegación y prefiere asumir la propia responsabilidad y salvar el propio proyecto original. La figura de María en la espiritualidad mariana actual queda así recuperada como modelo inspirador en un clima de comunión: ‘Honramos a los santos y a la bienaventurada Virgen María – decía san Ambrosio,  – no con un culto de servidumbre y sumisión sino con un honor de caridad y de sociedad fraterna, puesto que en realidad somos libres respecto a todos los demás y dependemos solo de Dios en el orden de la religión”.  En consecuencia, no es la imitación literal de cuanto realizó María, sino el aspecto central de su espiritualidad lo que debe ser asimilado. El culto mariano no debe distanciarla hasta una zona de omniperfección a medio camino entre Cristo y la Iglesia. Debe más bien considerarla – siguiendo las pautas del concilio Vaticano II – como la primera redimida que se auto-realiza en la adhesión a la Palabra de Dios, como modelo de la Iglesia peregrina de fe en un largo  y difícil proceso de maduración. Frente a la situación histórica actual de violencia institucionalizada, de miseria en tantos estratos sociales y de injustas desigualdades, la Iglesia ha tomado conciencia de que ya no es posible una actitud neutral o de alianza con los poderes opresivos. Debe, más bien, asumir un compromiso de liberación, de promoción humana y de realización de la utopía cristiana en este tiempo nuestro. La Inmaculada Concepción es símbolo anticipado de esta realización a la que debe tender la Iglesia hasta llegar a esa meta a la que nos empuja el tiempo de Adviento.

Bilbao, 8 de diciembre de 2018

Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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