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Comentario a las palabras del Papa en la canonización. Vatican Insider

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El Papa declara santos a Montini y Romero: “dejemos riquezas y poder”

Francisco celebra siete nuevas canonizaciones llevando el palio de Pablo VI y el cinturón manchado de sangre del obispo mártir de El Salvador. «Tomaron la valiente decisión de arriesgarse por seguir a Jesús»
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Pubblicato il 14/10/2018
Ultima modifica il 14/10/2018 alle ore 14:22
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

«Pidamos la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar las riquezas, la nostalgia de los puestos y el poder». Esto es lo que hacen quienes dan sus vidas siguiendo a Cristo y pasan por los «preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total». Fueron ejemplo de todo esto los nuevos siete santos canonizandos por el Papa Francisco. Entre ellos están el Papa Pablo VI, que es el Pontífice en el que más se inspira el Papa Bergoglio, y arzobispo Óscar Arnulfo Romero, asesinado mientras celebraba la misa y cuya figura fue vista durante muchos años con sospechas incluso por parte de las autoridades vaticanas por su valiente predicación a favor de los pobres y de los perseguidos en la época en la que tanto en El Salvador como en otros países latinoamericanos estaban en el poder regímenes militares de derechas.

 

Francisco usó para la celebración el Cáliz, el palio (la franja de lana adornada con cruces negras que simboliza la oveja que llevó sobre los hombros el Buen Pastor) y el pastoral de Pablo VI. Y también la cinturón de cuerda que todavía tiene manchas de la sangre del arzobispo mártir Óscar Romero.

 

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Fue una gran fiesta en la Plaza San Pedro. Esta canonización ha sido celebrada en medio del Sínodo de los jóvenes que se está llevando a cabo en el Vaticano. Además del Papa Montini (1897-1978) y Romero (1917-1980), Francisco proclamó santos a Francesco Spinelli (1853-1913), fundador del Instituto de las Adoradoras del Santísimo Sacramento, a Vincenzo Romano (1751-1831), a María Catalina Kasper (1820-1898), fundadora del Instituto de las Pobres Doncellas de Jesucristo, a Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús (1889-1943), fundadora de la Congregación de las Monjas Misioneras Cruzadas de la Iglesia, y al laico Nunzio Sulprizio (1817-1836), que murió a os 19 años.

 

«La tristeza —dijo el Papa en la homilía— es la prueba del amor inacabado. Es el signo de un corazón tibio. En cambio, un corazón desprendido de los bienes, que ama libremente al Señor, difunde siempre la alegría, esa alegría tan necesaria hoy. El santo Papa Pablo VI escribió: “Es precisamente en medio de sus dificultades cuando nuestros contemporáneos tienen necesidad de conocer la alegría, de escuchar su canto”. Jesús nos invita hoy a regresar a las fuentes de la alegría, que son el encuentro con él, la valiente decisión de arriesgarnos a seguirlo, el placer de dejar algo para abrazar su camino. Los santos han recorrido este camino».

 

 

Un testimonio que han ofrecido con sus vidas todos los santos proclamados hoy. «Pablo VI —dijo el Papa— lo hizo, siguiendo el ejemplo del apóstol del que tomó su nombre. Al igual que él, gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres»; el Papa Montini, «aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús».

 

«Hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel —añadió Francisco—, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad. No a medias, sino a la santidad. Es hermoso que junto a él y a los demás santos y santas de hoy, se encuentre Monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos».

 

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«Lo mismo puede decirse de Francisco Spinelli, de Vicente Romano, de María Catalina Kasper, de Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús y de Nuncio Sulprizio. Todos estos santos», explicó el Pontífice argentino, «en diferentes contextos, han traducido con la vida la Palabra de hoy, sin tibieza, sin cálculos, con el ardor de arriesgar y de dejar. Que el Señor nos ayude a imitar su ejemplo».

 

Al comentar el Evangelio del día, el encuentro entre Jesús y el joven rico, el Papa pidió que cada uno de los presentes reflexionaran en la figura de ese joven, y dijo: «Jesús también te dice a ti: “Ven, sígueme”. Ven: no estés quieto, porque para ser de Jesús no es suficiente con no hacer nada malo. Sígueme: no vayas detrás de Jesús solo cuando te apetezca, sino búscalo cada día; no te conformes con observar los preceptos, con dar un poco de limosna y decir algunas oraciones: encuentra en él al Dios que siempre te ama, el sentido de tu vida, la fuerza para entregarte».

 

«Jesús sigue diciendo: “Vende lo que tienes y dáselo a los pobres”. El Señor no hace teorías sobre la pobreza y la riqueza —explicó Bergoglio—, sino que va directo a la vida. Él te pide que dejes lo que paraliza el corazón, que te vacíes de bienes para dejarle espacio a él, único bien. Verdaderamente, no se puede seguir a Jesús cuando se está lastrado por las cosas. Porque, si el corazón está lleno de bienes, no habrá espacio para el Señor, que se convertirá en una cosa más. Por eso la riqueza es peligrosa y, dice Jesús, dificulta incluso la salvación. No porque Dios sea severo, ¡no! El problema está en nosotros: el tener demasiado, el querer demasiado sofoca nuestro corazón y nos hace incapaces de amar».

 

Bergoglio citó las palabras de san Pablo: «el amor al dinero es la raíz de todos los males». Y afirmó: «Lo vemos: donde el dinero se pone en el centro, no hay lugar para Dios y tampoco para el hombre. Jesús es radical. Él lo da todo y lo pide todo: da un amor total y pide un corazón indiviso. También hoy se nos da como pan vivo; ¿podemos darle a cambio las migajas? A él, que se hizo siervo nuestro hasta el punto de ir a la cruz por nosotros, no podemos responderle solo con la observancia de algún precepto. A él, que nos ofrece la vida eterna, no podemos darle un poco de tiempo sobrante. Jesús no se conforma con un «porcentaje de amor»: no podemos amarlo al veinte, al cincuenta o al sesenta por ciento. O todo o nada».

 

Al joven rico, el Nazareno pide que «pase de la observancia de las leyes al don de sí mismo, de hacer por sí mismo a estar con él. Y le hace una propuesta de vida “tajante”». El joven debe elegir: «entre amar a Dios o amar las riquezas del mundo; vivir para amar o vivir para sí mismo. Preguntémonos de qué lado estamos. Preguntémonos cómo va nuestra historia de amor con Dios. ¿Nos conformamos con cumplir algunos preceptos o seguimos a Jesús como enamorados, realmente dispuestos a dejar algo para él? Jesús nos pregunta a cada uno personalmente, y a todos como Iglesia en camino: ¿somos una Iglesia que solo predica buenos preceptos o una Iglesia-esposa, que por su Señor se lanza a amar? ¿Lo seguimos de verdad o volvemos sobre los pasos del mundo, como aquel personaje del Evangelio? En resumen, ¿nos basta Jesús o buscamos las seguridades del mundo?».

 

«Pidamos la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar las riquezas, la nostalgia de los puestos y el poder, las estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo. Sin un salto hacia adelante en el amor —sentenció Bergoglio—, nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman de “autocomplacencia egocéntrica”: se busca la alegría en cualquier placer pasajero, se recluye en la murmuración estéril, se acomoda a la monotonía de una vida cristiana sin ímpetu, en la que un poco de narcisismo cubre la tristeza de sentirse imperfecto».

 

Estaban presentes en la ceremonia los presidentes de la República italiana, de Chile, El Salvador, Panamá y la reina Sofía de España.

 

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Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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