Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor

Fiesta de la Stma.Trinidad. Homilía de J.A.Jáuregui S.J.

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FIESTA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

 

La liturgia de hoy pone en íntima relación la fiesta de la Trinidad con la fiesta de Pentecostés que celebramos el domingo pasado. Se atrevería uno a decir que el ciclo pascual que culmina con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, fiesta solemnísima en la que la Iglesia conmemora su nacimiento, no acaba ahí sino que esa realidad viviente del Espíritu Santo en la Iglesia la conduce – como dice san Juan en su evangelio – hasta el conocimiento de la Verdad plena, es decir, a la participación íntima de la vida intratrinitaria de Dios. El Espíritu Santo nos revela por Jesucristo el misterio de la Trinidad de Dios. Esta idea tan claramente joánica hunde sus raíces en una tradición cristiana antiquísima. La recoge san Pablo en la carta a los Romanos cuando describe la obra que realiza el Espíritu, clamando con gemidos inefables en el interior de nosotros mismos: Abba, Padre y revelándonos así  lo que ninguna sabiduría humana es capaz de descubrir: que  Dios es nuestro Padre.

Pero el evangelio de hoy presenta una característica nueva y propia de san Mateo y es que esta penetración del cristiano en el mundo íntimo trinitario de Dios se realiza por medio del bautismo. En ningún otro pasaje de las apariciones del Resucitado se menciona el mandato de bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el contexto de la misión que Jesús confía a sus discípulos. Se ha discutido mucho la genuinidad de esta fórmula bautismal en el texto original del Evangelio. No es este el momento de abordar este tema, pero sí es importante tener presente que san Mateo recogió en este pasaje la fórmula bautismal que se usaba en su iglesia a fines del siglo I. Esta fórmula trinitaria no debe sorprendernos si tenemos en cuenta que esa misma fórmula aparece en la Didajé (7,1.3), obra compuesta poco después, lo cual demuestra que esta fórmula se utilizaba ya en Siria a finales del siglo I.

Esta relación íntima del bautismo con el Espíritu Santo es un rasgo tradicional ampliamente extendido en todo el N.T. Jesús mismo aparece en el c. 3,5 de Juan diciéndole a Nicodemo: “El que no nace por el agua y el Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”.  Vemos efectivamente en el N.T. una serie de enunciados en los que no sólo están asociados entre sí el Espíritu y el bautismo, sino en los que aparece también el Espíritu como el don del bautismo, de tal suerte que la recepción del Espíritu y el bautismo se hallan íntimamente relacionados. Esta asociación íntima entre el bautismo  y la recepción del  Espíritu deja, además, su impronta extensamente en la comprensión que la Iglesia antigua tiene del bautismo y halla su expresión litúrgica en el rito de la imposición de la manos en el bautismo, durante el cual el obispo ora para que al bautizando se le  conceda el don del Espíritu Santo.

Un texto clave en el que se ve esta asociación entre el bautismo cristiano y el Espíritu es Hch 1,5:”Porque si Juan bautizó en agua, vosotros seréis bautizados en Espíritu dentro de unos pocos días”.  Donde Jesús no está haciendo una distinción entre el bautismo de Juan -en agua -y el bautismo cristiano – en Espíritu. Que san Lucas  entendió el dicho de Jesús refiriendo el bautismo con el Espíritu al acto del bautismo cristiano  se ve más claro en Hch 11,16 donde aparece el mismo dicho  “Juan bautizó en agua, pero vosotros seréis bautizados en Espíritu Santo” en labios de Pedro, quien prueba con estas palabras que al centurión romano Cornelio y a su familia no se les puede negar el bautismo cristiano (con agua) toda vez que ellos han recibido ya el Espíritu Santo y han comenzado a hablar en lenguas (Hch 10,44ss.). El bautismo cristiano y el don del Espíritu se hallaban por tanto desde la tradición antigua íntimamente relacionados. Por eso no se puede negar el bautismo a quien ha recibido ya el Espíritu. Para entender lo que significa eso de que el bautismo y el Espíritu se hallan íntimamente relacionados, es preciso recordar otros textos del N.T.

En su sermón de Pentecostés (Hch 2,28) Pedro asocia ya su invitación a recibir el bautismo con la promesa del derramamiento del Espíritu: “Convertíos y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo”. La recepción del Espíritu se promete aquí como consecuencia de la conversión y del bautismo.

Esta asociación entre el bautismo y la recepción del Espíritu aparece todavía más clara en Hch 19,1-6. Una vez esclarecido el hecho de que habían recibido el bautismo de penitencia de Juan sin que supieran siquiera nada de la existencia de un Espíritu Santo, Pablo les impone las manos y desciende sobre ellos el Espíritu Santo con todos los signos que se manifestaron el día de Pentecostés.

San Lucas orienta hacia una concepción del Espíritu como fuerza que impulsa a la Iglesia hacia la misión.  San Mateo, en cambio, si bien pone este mandato en contexto de la misión cristiana encomendada por el Resucitado, se halla más bien dentro de la tradición sobre el Espíritu que recoge san Juan. El nos llevará hasta la Verdad plena que es el conocimiento y penetración en el secreto de la persona de Jesús, tan íntimamente unido con el Padre. En esa vida intratrinitaria nos introduce el bautismo hecho en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, una fórmula universalmente fija en el uso de la Iglesia desde comienzos del siglo II. Así se cumple por medio del bautismo, entendido como consagración del cristiano al nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la promesa de Jesús a sus discípulos  en la despedida de la última Cena del Señor:  “Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os llevará hasta la Verdad Plena” . Y lo explicita de otra forma en la oración sacerdotal: “Santifícalos en la Verdad: Tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo así también los envío yo al mundo. Y por ello me consagro yo, para que también se consagren ellos en verdad”.

Esta consagración en la palabra que es la verdad  viene a ser el objeto de la oración de Jesús al Padre: “que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti; que ellos también lo sean en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado. También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno, para que el mundo sepa que tú me has enviado y les has amado como me has amado a mí. Padre, los que me diste, quiero que también  estén ellos conmigo, donde estoy yo… Padre justo, el mundo tampoco te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han reconocido que tú me enviaste, y les he revelado tu nombre y se lo seguiré revelando, para que el amor con que me amaste esté en ellos, y yo también en ellos”. Amén.

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Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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