Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor

Homilía para el domingo 11 de febrero. Autor: J.A. Jáuregui S.J.

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José Antonio Jáuregui S.J.

DOMINGO 6 T.O.B.

 

Lev 13,1.2.44-46; Mc 1,40-45

La primera lectura está sacada del libro del Levítico. Este libro dedica cinco largos capítulos, del 11 al 15, a describir las distintas impurezas y los ritos de purificación. Según las leyes de impureza del Levítico era impuro todo lo relacionado con la muerte, con el sexo; se consideraban impuras las personas afectadas por enfermedades de la piel. Había también animales impuros, como los cerdos, las serpientes. Las personas que contraían impureza legal no podían participar en las celebraciones religiosas. Se daba el nombre de lepra a todas las enfermedades relacionadas con la piel. Pero no sólo era impuro el que padecía una enfermedad de la piel. Lo era también cualquiera que entrara en contacto con él de cualquier manera.

En el caso de los leprosos estaba prescrito que tenían que vivir fuera de los pueblos y ciudades. Si se acercaban a un lugar habitado o se  iban a cruzar con alguien por el camino estaban obligados a gritar su impureza desde lejos. Si tal vez en el comienzo de estas normas estuvo una precaución higiénica o médica, la práctica legal había pasado a ser una marginación social justificada con argumentos religiosos.

El leproso del evangelio, por el mero hecho de acercarse a Jesús, estaba ya violando la ley, que le impedía relacionarse con los demás aun para  buscar su salud. Más aún, Jesús, permitiéndole acercarse a él y tocándolo, también violó la ley, según la cual, en ese mismo instante quedaba contaminado de impureza. Lo que sucedió, sin embargo, fue exactamente lo contrario de lo que prescribía la ley: el leproso quedó limpio, quedó curado de la lepra. El amor infinito de Jesús hacia aquel pobre infeliz marginado de la sociedad y, por consiguiente, del pueblo de Dios, libró de la enfermedad y de la marginación social al leproso, reintegrándolo en el pueblo de los elegidos del Señor. El amor de Jesús superó a la ley y Jesús quitó a la enfermedad el estigma de castigo divino. El gesto simbólico de Jesús viene a ser así una denuncia ejemplar de una religión que apartaba de su propio pueblo a los hijos de Dios   más necesitados de solidaridad y de ternura. Y encima atribuían a Dios, autor de la ley, la causa justificante de tal marginación.

El leproso de este evangelio forma pareja con el endemoniado de la sinagoga; su impureza con el influjo del mal espíritu. Tal emparejamiento responde a la mentalidad antigua, según la cual las enfermedades se atribuían al influjo de fuerzas demoníacas. Pero el evangelista va más allá. Según el A.T. cualquier impureza y la unión con Dios se oponen diametralmente. La impureza separa de Dios. La impureza se debe a faltas de orden moral (Lev 18) o a idolatría (Jer 2,7s.). El leproso es impuro lo mismo que un muerto. Ambos quedaban excluidos de la sociedad de los vivientes y de la comunidad cúltica de Dios.

Sobre este trasfondo del A.T. se ve claro que el hombre impuro, tocado por la lepra en esta historia evangélica posee un alto valor simbólico: representa al hombre pecador separado de Dios. Cuando pide a Jesús que le limpie le está pidiendo la reconciliación con Dios, le está pidiendo que le admita en la comunidad cúltica de Dios. El leproso es, por tanto,  una muestra ejemplar de los enfermos, de los endemoniados, de los perdidos que Jesús ha venido a curar, a liberar, a salvar. Este ejemplo del evangelio está describiendo la impureza general del hombre. Esta impureza no consiste en faltas morales, si bien la perdición del hombre puede ir acompañada de tales faltas. Consiste más bien en que el hombre está separado de Dios. Esta separación, cualquiera que sea su causa, sitúa al hombre, por vivo que esté, en la región de los muertos.

Este hombre se dirige a Jesús esperando de él la purificación. Aunque no menciona la palabra fe, el evangelista describe la conducta del leproso como la de un creyente que se dirige suplicante, humilde y confiado a Jesús. Jesús le toca con su mano. Este gesto, habitual en todas las curaciones de Jesús, reviste un sentido especial en este caso particular porque el leproso forma parte de los intocables. La mano extendida de Jesús tocando al leproso significa que su ruego ha sido escuchado y su impureza ha sido limpiada. El resultado es la reconciliación con Dios.  Dios le concede la comunión con El. Dios, el puro y santo, toca al impuro sin contaminarse de su impureza  y santificándolo.

Finalmente, Jesús confirma la confianza del creyente asumiendo en sus palabras el ruego del leproso: “Quiero, sé limpio”. Las palabras de Jesús son un eco de la petición del leproso:“Si quieres, puedes limpiarme”. Esto responde a la concepción de salvación del evangelista como aparece expresamente en otros pasajes del segundo evangelio: “Tu fe te ha salvado”. Lo cual quiere decir que la fe no es una mera condición para la salvación sino que es la salvación misma.

Jesús manda al leproso que se presente ante el sacerdote “para que conste”, dice el evangelio. Es muy discutido el sentido de esta expresión. No lo manda para que conste la realidad del milagro. Debe constar más bien que la economía basada en la fe en Jesús suplanta a la ley antigua que esclaviza y aparta de la comunidad salvífica a los que Jesús ha venido a salvar. Esto quiere Jesús que conste de una vez por todas. Y sin embargo en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia existen aún casos clamorosos de marginación. Y lo que es peor, muchos de estos casos se siguen justificando en nombre de Dios No es el momento de explicitar casos que están en el ánimo de todos y proclaman que la rígida aplicación de la ley se pone por encima de la única ley válida que es el mandamiento del amor.

Bilbao 11 de febrero de 2018

Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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