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De nuevo en el Vaticano el caso Orlandi.

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El caso Orlandi y la investigación del padre Lombardi

En febrero de 2012 “Chi l’ha visto?” dio a conocer algunos pasajes de un apunte interno del director de la Sala de prensa vaticana. En las semanas que siguieron llevó a cabo una pequeña “pesquisa” sobre el caso y su resultado fue publicado el 14 de abril de ese año

San Pedro (foto: Chris Helgren – Reuters)

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Pubblicato il 27/09/2017
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

El 22 de febrero de 2012, con la presencia de Pietro Orlandi (hermano de Emanuela) en el estudio, el programa televisivo italiano “Chi l’ha visto?” resumía en un reportaje el contenido de uno de los apuntes que el padre Federico Lombardi, entonces director de la Sala de Prensa vaticana, envió a uno de sus superiores o, como sea, a alguien de peso. Se trata de una nota reservada, en la que el jesuita responsable de los medios de comunicación vaticanos sintetiza datos ciertos y cuestiones abiertas sobre el caso del secuestro de la joven Emanuela. Ese texto fue escrito pocas semanas antes, el 9 de enero. Estaban comenzando los “Vatileaks”, la primera gran fuga de documentos reservados (del escritorio del Papa) fotocopiados por el mayordomo y ayudante de cámara Paolo Gabriele que, después de la publicación del libro “Su Santidad” de Gianluigi Nuzzi, fue arrestado.

Ese 22 de febrero el libro de Nuzzi todavía no había sido publicado y entre los documentos que comenzaban a filtrarse a algunos periódicos, la nota de Lombardi no estaba. No es difícil pensar que ese documento, un texto enviado por correo electrónico por el vocero vaticano a Georg Gänswein, el secretario particular de Benedicto XVI, haya sido entregado a Pietro Orlandi por el mismo Paolo Gabriele, puesto que se conocían y frecuentaban. El texto completo del documento nunca ha sido publicado.

 

Al leerlo íntegramente se comprende que no era un informe sobre el secuestro, sino la reseña de un libro, la lectura guiada y aderezada con varias consideraciones de un texto que acababa de ser publicado (firmado por Pietro Orlandi y un periodista italiano del diario “Il Corriere della Sera”). De hecho, era suficiente ver el título del documento para comprender su naturaleza: «Sobre el libro de Fabrizio Peronaci y Pietro Orlandi: “Mi hermana Emanuela” (Apunte P.Lombardi, 27.12.2011, actualizado el 9.1.2012)».

 

Lombardi informó a su interlocutor, el secretario del Pontífice, sobre el contenido del volumen, que le parece «bastante confiable en las informaciones que da sobre hechos y documentos». Recuerda también las diferentes pistas citadas e el libro y observa: «Efectivamente se percibe que la tragedia de la familia no es solo la de una hija desaparecida, sino también la de la tortura prolungada de mensajes, reivindicaciones, informaciones contradictorias, que siempre mantienen las dudas y vuelven a despertar la cuestión hasta nuestros días con presuntos nuevos elementos (como las declaraciones bastante recientes de Sabrina Minardi, amante del “boss” de la Banda della Magliana, Renatino De Pedis)». Se refiere a la última investigación basada en las declaraciones de la «arrepentida» Minardi, que después concluyó sin ninguna novedad.

 

«Pietro Orlandi –escribe Lombardi– parece una persona que efectivamente busca la verdad, manifiesta la capacidad de rechazar algunas hipótesis que le parecen completamente infundadas. Positivos, en este sentido, son su no dar crédito a las acusaciones infamantes contra Marcinkus (bello también el testimonio de su mamá a favor de Marcinkus), o la presentación cordial que hace de Luigi Mennini».

El vocero vaticano también considera que es «excesiva la seguridad con la que se identifica la sigla “Phoenix” con los servicios secretos italianos», uno de los elementos de novedad del libro que analiza los diferentes despistes en el todavía oscuro y misterioso caso. Se definen como «infundadas y fantásticas» las afirmaciones sobre «el coronel Esterman, sus contactos con la Stasi y los demás servicios de inteligencia, y su intención de huir de Roma». Después se concentra en la actitud de Pietro Orlandi, quien «considera como verdadero que la hermana haya sido secuestrada porque era ciudadana vaticana, en conexión con el atentado a JPII (Juan Pablo II, ndr.), y a quien le gustaría que este hecho fuera reconocido y declarado públicamente. Sobre esta conexión parecería que se habrían expresado –acreditándola– también JPII y el card. Casaroli (esto es posible, pero esto lo dice P.Orlandi y yo no tengo la certeza absoluta, al no tratarse de declaraciones públicas documentadas)… Efectivamente, los mensajes que pedían un intercambio Agca – Emanuela fueron muchos e insistentes».

 

Lombardi habla del «interés» y del «compromiso», «muy grandes», del Papa Wojtyla, y después se refiere a algunas de las afirmaciones de Pietro Orlandi con respecto a que su familia no hubiera recibido avisos sobre el riesgo de los secuestros por parte de las autoridades vaticanas (después de una indicación de los servicios franceses, el Vaticano advirtió a las familias del ayudante de cámara Angelo Gugele y del jefe de los gendarmes Camilo Cibin, que también tenían hijas). El hermano de Emanuela, recuerda Lombardi en su apunte, «también considera que el Vaticano no informó lo suficiente a su familia (por ejemplo de los contactos que tuvo con los secuestradores, mediante una línea telefónica reservada) y que no colaboró lo necesario con los investigadores italianos (así como sostienen los investigadores italianos, como Malerba y, sobre todo, el juez Priore: porque algunos prelados se rechazaron a testificar)».

 

De esta «falta de colaboración y transparencia» citada en el libro, nace la idea de una «pista interna» que «habría sido encubierta por el Vaticano mismo y que podría llevar a los verdaderos (o a algunos verdaderos) mandantes del plan del atentado en contra del Papa y del consecuente secuestro de Emanuela. Los hechos de informaciones y circunstancias inquietantes, “inexplicables” sin “topos” y espías internos, confirmarían esta pista y su encubrimiento. (Nota: de algunas de estas circunstancias me parece efectivamente que circularon rumores que, por lo que me resulta, nunca fueron verdaderamente desmentidos)».

 

«De cualquier manera –escribe el padre Lombardi en su nota dirigida al secretario del Pontífice–, en el libro de Orlandi –Peronaci se pueden reconocer algunos claros indicios sobre el compromiso vaticano para tratar de colaborar en la solución del secuestro (la línea telefónica directa para los contactos con los secuestradores: la cita con el juez Sica para el contacto con los secuestradores, aunque haya fracasado, el contacto de monseñor Stanislao con los carabineros para desenmascarar el fraude del turco Sufurler…). En cambio, no se ven verdaderas pruebas de querer ocultar algo. Por ejemplo, la interceptación de una llamada telefónica de Bonarelli (gendarme vaticano que debía ser escuchado por los magistrados en relación con el caso de Mirella Gregori, otra chica que desapareció algunas semanas antes que Emanuela, ndr.), no me parece que demuestra demasiado, cuando no una bastante y normal invitación a la prudencia (por parte de Cibin, creo) en la deposición que deberá hacer. O bien, el comportamiento de monseñor Stanislao» con quienes querían aprovecharse de la situación y crear un fraude, gracias al cual «se llegó rápidamente» a desenmascararlos, «y sería exagerado hablar de una “negociación”» a espaldas de la familia Orlandi.

 

«Sin embargo, hay –reconoce Lombardi– algunos aspectos de comportamiento humano y cristiano probablemente criticables o imprudentes, que han contribuido a la actitud negativa de Pietro». El portavoz cita tres ejemplos: la «reacción irritada de Castillo Lara (cardenal, ndr.) a la primera entrevista de Pietro Orlandi». La «entrevista de Oddi (otro cardenal, ndr.) sobre hipótesis nada honrosas para Emanuela» (se refiere a que el purpurado afirmó haber escuchado que Emanuela había vuelto al Vaticano en coche, acreditando la pista de un escándalo de naturaleza sexual o de trata de blancas). Y también «la ausencia de autoridades vaticanas en el funeral de Ercole Orlandi (por lo menos es lo que se afirma en el libro)».

 

En su conjunto, escribe el padre Lombardi, «me parece evidente que la hipótesis de una “pista interna” vaticana de autores intelectuales eclesiásticos de alto nivel del atentado del Papa o del secuestro es una infamia increíble, a la que no hay que dar la más mínima credibilidad». Sin embargo, el portavoz añade una lista de «puntos sobre los que no es fácil dar hoy una respuesta definitiva ni documentable».

 

«Por ejemplo:

– El hecho que hubiera habido una advertencia sobre el peligro de secuestros (por parte de los servicios franceses) y que se hubieran tomado medidas de prevención (Gugel, Cibin…).

– Si la no colaboración con las autoridades italianas (por lo menos en algunas de las formas requeridas – rogatorias, desposición de Bonarelli) es una normal y justificada afirmación de soberanía vaticana o si efectivamente se mantuvieron reservadas algunas circunstancias que habrían podido ayudar a aclarar algo.

– La cuestión de la ayuda económica a Solidarnosc. No creo que haya sido aclarado nunca verdaderamente (para el público exterior no), y vuelve a complicar también esta cuestión (por lo menos según la hipótesis del juez Priore sobre la responsabilidad de la Banda della Magliana en el secuestro).

– Las circunstancias “inexplicables” que hacen pensar en informantes dentro del Vaticano».

 

Lombardi cita al final las «presuntas interrogantes relacionadas con la tumba del “boss” de la Banda della Magliana, “Renatino”, en Sant’Apollinare, y, como me parece que por parte de la Iglesia el cardenal Vicario haya declarado la disponibilidad a dejar abrir tal tumba, no comprendo por qué esto no se ha dado todavía» (también esta verificación no habría producido ning’un resultado poco tiempo después).

 

El mensaje de Lombardi a monseñor Gänswein termina con una pregunta: «¿Tiene sentido profundizar todavía la cuestión con algún testigo autorizado que ocupaba en esa época algún cargo de responsabilidad y que sea capaz de dar una información o una opinión informada para un juicio más seguro y adecuado sobre el caso?». No contamos con una respuesta, escrita o verbal. Pero, teniendo en cuenta lo que sucedió posteriormente, podría ser que el secretario de Benedicto XVI, después de haber presumiblemente informado al Papa, hubiera respondido afirmativamente, autorizando nuevas investigaciones por parte del vocero vaticano. No hay que olvidar que casi todos los que en 1983 ocupaban cargos de responsabilidad en el Vaticano ya no están vivos y se percibe que ni el padre Lombardi ni sus interlocutores conocen informaciones decisivas.

 

El resultado de esta personal “investigación” fue el comunicado que firmó el padre Federico Lombardi, y que sigue siendo en la actualidad el documento oficial más largo, articulado, puntual, confiable y actualizado sobre el caso Orlandi. La estatura moral y la preparación del entonces vocero vaticano están fuera de discusión: lo que escribió en la nota difundida el 14 de abril de 2012 fue fruto de su investigación personal y de los diálogos que tuvo con quienes pudieran tener algún conocimiento sobre los hechos.

 

«Puesto que ha pasado un tiempo considerable desde los hechos en cuestión (el secuestro fue el 22 de junio de 1983, hace casi 30 años) y puesto que buena parte de las personas entonces en cargos de responsabilidad han desaparecido, no es naturalmente posible pensar en un nuevo análisis detallado de los eventos. A pesar de ello, es posible, gracias a algunos testimonios particularmente confiables y a una relectura de la documentación disponible, verificar en sustancia con cuáles criterios y actitudes procedieron los responsables vaticanos para afrontar esa situación». Se comprende que entre los testimonios «particularmente confiables» esta el del cardenal Giovanni Battista Re.

 

Para responder a las preguntas sobre el compromiso de las autoridades vaticanas de la época para «afrontar verdaderamente la situación», sobre su colaboración con las autoridades italianas y si existen «elementos nuevos, no revelados pero conocidos por alguien en el Vaticano, que pudieran ser útiles para conocer la verdad», Lombardi recuerda principalmente el compromiso personal de Juan Pablo II y sus ocho llamados por la liberación de Emanuela, su visita a la familia de la chica y el puesto de trabajo garantizado a su hermano en el IOR. «A este compromiso personal del Papa es natural que correspondiera el compromiso de sus colaboradores».

 

«El cardenal Agostino Casaroli, Secretario de Estado y, por lo tanto primer colaborador del Papa –escribe Lombardi– siguió personalmente el caso, tanto que, como se sabe, se puso a disposición para los contactos con los secuestradores mediante una línea telefónica particular. Como demostró en el pasado y sigue haciéndolo el cardenal Giovanni Battista Re (entonces asesor de la Secretaría de Estado y hoy principal y más confiable testimonio de esa época), no solo la Secretaría de Estado misma, sino también el Gobernatorado estuvieron comprometidos haciendo lo posible para afrontar la dolorosa situación con la necesaria colaboración con las autoridades italianas investigadoras, a las que tocaban la competencia y la responsabilidad de las investigaciones, puesto que el secuestro se verificó en Italia».

 

Para demostrar esta «plena disponibilidad a la colaboración», la nota cita, por ejemplo, la posibilidad que tuvieron los investigadores, «y sobre todo el SISDE (Servicio para la Información y la Seguridad Democrática)», para acceder «a la central telefónica del Vaticano para escuchar posibles llamadas de los secuestradores, y también después en algunas ocasiones autoridades vaticanas recurrieron a la colaboración con autoridades italianas para desenmascarar formas de fraudes por parte de presuntos informantes».

 

«Corresponde, entonces,a la pura verdad –continúa la nota—cuanto se afirmó con nota verbal de la Secretaría de Estado N. 187.168, del 4 de marzo de 1987, en respuesta a una llamada vaticana a la primera petición formal de información presentada por la magistratura italiana investigadora en la fecha del 13 de noviembre de 1986, cuando se dice que “las noticias relacionadas con el caso […] fueron transmitidas en su momento al PM doctor Sica”. Como todas las cartas e indicaciones que llegaron al Vaticano fueron enviadas rápidamente al Doctor Domenico Sica y al Inspectorado de P.S. en el Vaticano, se presume que se encuentren custodiadas en las competentes oficinas judiciales italianas».

 

El padre Federico Lombardi añadió: «También en la segunda fase de la investigación (años después) las tres rogatorias enviadas a las autoridades vaticanas por los investigadores italianos (una en 1994 y dos en 1995) encontraron respuesta (notas verbales de la Secretaría de Estado N. 346.491, del 3 de mayo 1994; N. 369.354, del 27 de abril de 1995; N. 372.117, del 21 de junio de 1995). Como pidieron los investigadores, el Sr. Ercole Orlandi (papá de Emanuela), el Com. Camillo Cibin (entonces Comandante de la vigilancia vaticana), el Card. Agostino Casaroli (que fue Secretario de Estado), S.E. Mons. Eduardo Martínez Somalo (que fue Sustituto de la Secretaría de Estado), Mons. Giovanni Battista Re (entonces asesor de la Secretaría de Estado), S.E. Mons. Dino Monduzzi (entonces Prefecto de la Casa Pontificia), Mons. Claudio Maria Celli (que fue Subsecretario de la Sección para las relaciones con los Estados de la secretaría de Estado), entregaron a los jueces del Tribunal Vaticano sus deposiciones sobre las preguntas hechas por los investigadores y la documentación fue enviada, mediante la embajada de Italia ante la Santa Sede, a las autoridades que la pedían. Los fascículos relativos existen todavía y siguen estando a disposición de los investigadores».

 

Lombardi revela que «en la época del secuestro de Emanuela, las autoridades vaticanas, en espíritu de verdadera colaboración, concedieron a los investigadores italianos y al SISDE la autorización para tener bajo vigilancia el teléfono vaticano de la familia Orlandi y para acceder libremente al Vaticano para ir a la vivienda de los mismos Orlandi, sin ninguna intermediación de funcionarios vaticanos». El vocero concluye: «No es, pues, fundado acusar al Vaticano de haber rechazado colaborar con las autoridades italianas encargadas de las investigaciones.

 

¿Por qué, entonces, los magistrados italianos titulares de las diferentes investigaciones sobre el caso no ocultaron nunca que consideraban poco suficiente la colaboración de las autoridades vaticanas? Lo que es cierto es que influyó en este juicio que el Vaticano hubiera respondido a las rogatorias internacionales enviando las preguntas por escrito a los testigos para después transmitir las respuestas a los magistrados italianos, sin que tuvieran la posibilidad para interrogar directamente a los protagonistas.

 

«Que en las deposiciones en cuestión no estuviera presente un magistrado italiano, sino que se pidiera a la parte italiana que formulara con precisión las preguntas que hacer –observa Lombardi en el comunicado– forma parte de la praxis ordinaria internacional en la cooperación judicial y no debe, pues, sorprender, ni mucho menos crear sospechas (véase el art. 4 de la Convención Europea de asistencia judicial en materia penal, del 20 de abril de 1959». Verdadero y jurídicamente incontestable. Pero no se pueden comparar respuestas por escrito con un coloquio personal. Las reacciones de los magistrados son, pues, completamente comprensibles.

 

«La sustancia de la cuestión –afirma Lombardi– es que, desgraciadamente no se tuvo en el Vaticano ningún elemento útil concreto para la solución del caso que ofrecer a los investigadores. En ese momento, las autoridades vaticanas, con base en los mensajes recibidos que se referían a Alí Agca (que, como periodo, coincidieron prácticamente con la instructoria sobre el atentado al Papa), compartieron la opinión difundida de que el secuestro fuera utilizado por una oscura organización criminal para enviar mensajes y presionar en relación con el encarcelamiento y los interrogatorios al atentador del Papa».

 

«No se tuvo –añadió el vocero vaticano– ningún motivo para pensar en otras posibles razones para el secuestro. La atribución de conocimiento de secretos relacionados con el secuestro mismo por parte de personas pertenecientes a las instituciones vaticanas, sin indicar ningún nombre, no corresponde, pues, a ninguna información confiable ni fundada: a veces parece casi una coartada frente a la desilusión y a la frustración por no haber logrado encontrar la verdad».

 

La nota de Lombardi concluye afirmando «con decisión» estos puntos: «Todas las autoridades vaticanas colaboraron con compromiso y transparencia con las autoridades italianas para afrontar la situación del secuestro en la primera fase y, después, también en las investigaciones posteriores». Además, «no resulta que se haya ocultado nada, ni que existan en el Vaticano “secretos” sobre el tema. Seguir afirmándolo es completamente injustificado, incluso porque, se insiste una vez más, todo el material hallado en el Vaticano fue entregado, en su momento, al P.M. investigador y a las autoridades de Policía; además, el SISDE, la Cuestura de Roma y los Carabineros tuvieron acceso directo a la familia Orlandi y a la documentación útil para las investigaciones».

 

En resumen, el padre Lombardi, después de haber escuchado nuevamente a los testigos que seguían con vida, aseguró que no hay secretos que revelar ni inconfesables «pistas internas». Poco más de una semana antes de que se difundiera la nota de Lombardi, en la Basílica de San Pedro el predicador de la Casa Pontificia, el padre Raniero Cantalamessa, utilizó palabras muy fuertes en la homilía del Viernes Santo, y que se podían aplicar al caso Orlandi: «¡Cuántos delitos atroces que han quedado, en los últimos tiempos, sin culpable; cuántos casos sin resolver! No se lleven con ustedes el secreto a la tumba». Según lo que afirma la articulada declaración vaticana que hizo Lombardi, no habría habido nunca secretos en el Vaticano en relación con el caso Orlandi.

 

Este documento, que debe ser leído teniendo en cuenta la nota interna que envió Lombardi a Gänswein, parecería querer cerrar definitivamente un caso de secuestro y desaparición que se verificó fuera de las murallas de la Ciudad del Vaticano, pero que involucró a una ciudadana vaticana, hija de un empleado del pequeño Estado.

 

¿Qué aporta al caso el nuevo documento, claramente falso y probablemente escrito para pasar como tal, publicado en el libro de Emiliano Fittipaldi titulado “Impostores”? Lo que da valor a ese texto (escrito por una mente refinada y hábil) es que se encontraba en el archivo que monseñor Lucio Vallejo Balda hizo durante el periodo en el que fue Secreario de la COSEA, la Comisión encargada de vigilar la situación económico-administrativa de los dicasterios y de las oficinas vaticanas, y de proponer reformas. Formaba parte de esa comisión Francesca Immacolata Chaouqui, quien se refirió por primera vez al documento (un presunto informe de gastos que la Santa Sede habría hecho para mantener a Emanuela Orlandi oculta en el extranjero), en un libro publicado en febrero de 2017. Y, como Vallejo Balda, quien habló sobre el documento con varias personas, parecía creer en su contenido.

 

¿Es posible que ese texto contenga pedazos de informaciones verdaderas, es decir, por ejemplo, notas de los gastos para investigar sobre el caso Orlandi? Es difícil decirlo, puesto que faltan documentos y testimonios atendibles al respecto. Lo que es cierto es que nos encontramos a la vigilia de un nuevo “Vatileaks”, con la publicación de nuevos documentos reservados (probablemente en parte provenientes todavía del archivo de monseñor Vallejo Balda). Y también el caso de Emanuela Orlandi, que desapareció una tarde de junio en el centro de Roma, sobre cuyo destino no se ha sabido nada, acaba en este revoltijo de venenos, mensajes cruzados y chantajes.

Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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