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El conflicto de Catalunya. Comentario del jesuita J. Flaquer

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Confesiones propias sobre el problema de España en Catalunya

CONFESIONES PROPIAS SOBRE EL PROBLEMA DE ESPAÑA EN CATALUNYA

Jaume Flaquer. Yo soy de los que nunca he sido independentista, de esos que, al estar entre dos aguas (padre catalán y madre andaluza) he generado una especie de “agnosticismo” frente al nacionalismo catalán y al nacionalismo español, como si de una guerra de religiones se tratara. La impugnación del Estatuto de Catalunya por el Tribunal Constitucional dio el pistoletazo de salida para que este espacio intermedio se fuese progresivamente vaciando, hacia un lado y hacia otro. Los que queríamos una postura media nos encontramos en un no-lugar sin ningún partido que nos represente. Soy consciente, por otra parte, que lo “mediano” en Catalunya no es lo “mediano” en el resto de España puesto que los extremos de opinión son diferentes.

Toda sociedad tiene elementos de pluralidad que la retan constantemente. No sé si encontraríamos un país en el mundo en el que no haya dificultades para integrar alguna minoria, sea cultural, étnica, o religiosa. Hay que reconocer que la diferencia catalana y vasca ha sido sentida siempre como incómoda en España. Mientras lo castellano y lo andaluz eran vividos como algo “universal” en España, lo catalán y lo vasco eran considerados como algo “local”. Lo castellano era visto como “lo que unía”, lo “común a todos”, y lo catalán y lo vasco como lo “particular”, con riesgo de dividir. Por ello, algo castellano y andaluz podía representar a España en el mundo sin generar problemas (¡no en vano a la lengua castellana se la llama Spanish, espagnol…). Ahora resulta que lo “local” y “específico” se ha cansado de ser “particular” o “marginal” y ha decidido ser “universal”, creando un territorio independiente.

El gobierno debería querer saber cuáles son las causas de la dificultad de encaje de Catalunya y Euskadi en España si quiere llegar a solucionar el problema. Y el problema es que estando en una democracia, si no aciertas ni en el diagnóstico ni en las soluciones, pierdes a la gente, y al final tendrás que dejarla votar. Una disolución de los poderes de la Generalitat (con el artículo 155 o de manera encubierta) pueden funcionar en una dictadura pero en una democracia supone un riesgo enorme. Siempre tendrás que dejar votar al final. Una determinada política del Estado puede romper a la España que dice querer proteger.

Los independentistas también la rompen, por supuesto, pero ya es lo que quieren. Por eso la demonización de la CUP, de Pujol, Mas o Puigdemont desde el Estado no lleva políticamente a ningún sitio. Más bien les ayuda en sus objetivos.

Las dos preguntas claves son: ¿Qué están dispuestos a pagar los independentistas con la independencia? (porque no saldría ni gratis ni barato) y ¿qué están dispuestos a ofrecer a Catalunya los unionistas para que ésta se quede (¡a gusto!)?

Yo creo que los partidos independentistas no han dicho la verdad sobre el coste de la independencia. La crisis sería brutal porque España no la dará nunca gratis (¡hay que saberlo!). Y a ningún país europeo, con sus tensiones internas también, le interesa una Catalunya independiente.

Pero –y eso es lo más grave- percibo que pronto la gente de Catalunya dirá “¡la quiero cueste lo que cueste!” y ya no se la podrá comprar con una “tercera vía”, ni se la podrá intimidar con quedar fuera de la UE (con el seguro veto español de que vuelva a entrar).

Por otro lado veo que el Gobierno es incapaz de ofrecer absolutamente nada. El PSOE (con sus barones) se ha opuesto siempre también a una tercera vía. Por eso, en Catalunya ya nadie cree en ninguna oferta. Por ello crece el independentismo. Y, al no haber ninguna oferta durante años, ha ido creciendo la desafección. Montilla lo advertía ya en 2007 dirigiéndose sobre todo a la política de su partido: “He de advertir de las graves consecuencias políticas de una desafección de Catalunya hacia España”.

Si gana el Gobierno, España seguirá unida pero rota de corazón. Catalunya añadirá un episodio más en su lista interminable de “agravios” históricos del Estado (una lista de siglos). Como pasa siempre, el agraviado recuerda y el agraviador olvida. Y después del olvido desde España se volverá a preguntar: “¿por qué se quejan siempre los catalanes?”

Y si gana la separación, el trauma de España será insufriblemente más duro que la pérdida de Cuba y Filipinas. La generación del 98 nos parecerá optimista comparado con lo que puede suceder aquí.

Si no hay diálogo y oferta creíble desde la política del Estado pronto será demasiado tarde. No quiero creer que lo sea ya. Cristianamente, el diálogo debe ofrecerse siempre.

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Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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