Loiola XXI

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Homilía del Prepósito general de los jesuitas en la fiesta de S.Ignacio

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  Padre Sosa: recorramos sin miedo el camino hacia las fuentes carismáticas de la Compañía

 

 

Celebrar la fiesta de San Ignacio es una invitación a profundizar nuestro carisma y espiritualidad: lo afirmó el padre Arturo Sosa Abascal, Superior General de los Jesuitas, en la homilía de la misa celebrada en la Iglesia del Jesús en Roma, ocasión de la fiesta del santo de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, este 31 de julio.

Recordando que el Concilio Vaticano II envió a “fundadores y fundadoras de congregaciones” a recorrer el camino de las propias fuentes carismáticas, el Superior de los Jesuitas los definió en su homilía “portadores de dones del Espíritu Santo a la Iglesia y al mundo”.

“Cada carisma – puntualizó el padre General de los Jesuitas – es dado para contribuir en la construcción del cuerpo de la Iglesia y para enriquecer su servicio a la misión del Cristo”. Y en este sentido subrayó que referirse a “San Ignacio fundador” es el modo de los jesuitas de “renovar la fidelidad al carisma recibido” y de abrirse a su enseñanza, siempre con un fundamento: “el amor de Jesús”. Por lo tanto – agregó – “el primer paso para volverse cristiano y jesuita es enamorarse de Jesús, volverse su amigo y compartir su vida y misión con los compañeros”.

Precisamente, señaló el padre Sosa, “es el amor de Jesús que funde aquella unión de mentes y corazones que hace posible la Compañía de Jesús, como ha escrito San Ignacio en las Constituciones”.

Unión de mentes que no significa compartir una ideología – precisó – porque los jesuitas “están invitados, como todos los cristianos a reflexionar por su cuenta, a tener ideas personales y a desarrollar el pensamiento”.

“Unión de mentes – especificó – quiere decir tener la mente dirigida, en primer lugar, a Dios y por ende, a la vocación a la cual hemos sido llamados”.

El Padre Sosa habló también de “la unión de los corazones” realizable solamente con una condición: si el amor de Cristo llena completamente nuestra afectividad, amor que es capaz de liberarnos de los afectos no dirigidos “solamente a Dios”.

Con la invitación a sus hermanos jesuitas a no tener miedo de recorrer el camino hacia las fuentes carismáticas de la Compañía, el padre General invocó a Nuestra Señora della Strada, la Virgen del Buen Camino, para que sea para ellos la guía en este camino hacia el origen de la fuente de vida, “el amor del Señor Jesús”.

(MCM-RV)

Texto completo de la homilía del Superior General de los Jesuitas

San Ignacio es un punto de referencia permanente para nosotros jesuitas y para tantas personas que se nutren de su espiritualidad. Celebrar su fiesta en esta Chiesa del Gesù (Iglesia del Jesús) en Roma, junto a los lugares donde él murió y donde antes había transcurrido años de su vida para consolidar los fundamentos de la Compañía de Jesús y para guiarla en su difusión apostólica en todo el mundo entonces desconocido, es, por lo tanto, una invitación a profundizar nuestro carisma y su espiritualidad. Celebramos esta tarde a San Ignacio como fundador, junto a otros nueve compañeros, de la Compañía de Jesús para dar gloria a Dios, que ha demostrado también en él su magnanimidad y su amor misericordioso, y por “la ayuda de las almas”.

El Concilio Vaticano II ha enviado a todas las congregaciones religiosas a recorrer el camino hacia sus propias fuentes carismáticas. Los fundadores y las fundadoras no son solamente buenas personas, con una profunda experiencia de la misericordia de Dios y una vida ejemplar, sino que reconocemos también en ellas una especial presencia del Espíritu Santo. Son portadores de dones específicos del Espíritu a la Iglesia y para el mundo. Cada carisma es dado para contribuir en la construcción del cuerpo de la Iglesia y enriquecer su servicio a la misión del Cristo en el cual Dios, uno y trino, reconcilia todas las cosas. La referencia a San Ignacio fundador es, por lo tanto, nuestro modo de renovar la fidelidad al carisma recibido y de abrirnos a su enseñanza, fuente también de la creatividad apostólica de la cual tenemos tanta necesidad en nuestros tiempos.

El fundamento es siempre el amor de Jesús. “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a Él, y haremos morada con Él. Jesús, después de habernos amado, viene al encuentro de cada uno de nosotros, nos invita a seguirlo y nos reúne como sus compañeros. El primer paso para volverse cristiano y jesuita es entonces enamorarse de Jesús, volverse su amigo y compartir su vida y misión con los compañeros, también ellos enamorados y reunidos en su nombre para servir a la Iglesia.

Es el amor de Jesús que funde aquella unión de mentes y corazones que hace posible la Compañía de Jesús, como ha escrito San Ignacio en las Constituciones (671): “El principal vínculo recíproco entre ellos y con su jefe es el amor de Dios nuestro Señor. En efecto, si superiores e inferiores estarán muy unidos con su divina suma bondad, lo estarán con toda facilidad también entre ellos, en virtud del único amor, que de ella descenderá y se extenderá a todo el prójimo, especialmente al cuerpo de la Compañía”. Aquí y solamente aquí encontramos las condiciones para el discernimiento espiritual en común, a través del cual el Espíritu Santo guía nuestra contribución en la misión de Cristo.

Unión de mentes no significa compartir una ideología, una forma de pensamiento único entorno al cual levantamos muros para encontrar una falsa identidad que nos tranquiliza. Los jesuitas, como todos los cristianos, discípulos del Señor Jesús, están invitados a reflexionar por su cuenta, a tener ideas personales, a desarrollar el pensamiento y a hacer búsqueda profundizada en todos los campos del conocimiento humano. En efecto, la Compañía de Jesús invierte mucho tiempo y energías en la preparación intelectual de sus miembros, convencida de tener en la actividad intelectual un valioso instrumento apostólico para hacer presente la buena noticia de Jesús en todas las dimensiones de la vida humana, en todo tiempo, cultura y lugar.

Sino que unión de mentes quiere decir tener la mente dirigida, en primer lugar, a Dios y por ende a la vocación a la cual hemos sido llamados. Con las palabras de la Formula del Instituto (1), nuestra carta fundamental, del 1550: quien quiera formar parte de esta Compañía, “trate también de tener ante los ojos, hasta que vivirá, antes que cualquier otra cosa, a Dios, y luego la forma de este Instituto suyo que es una camino para llegar a Él, y de conseguir con todas las fuerzas tal fin que le fue propuesto por Dios”:

También la unión de los corazones es posible solamente si el amor de Cristo llena completamente nuestra afectividad, de manera tal que nos liberemos de todos nuestros “afectos desordenados”, es decir, de los afectos no dirigidos solamente a Dios. Parecería más simple unir los corazones que las mentes, pero no lo es. En el corazón de cada uno de nosotros se multiplican estos afectos desordenados que nos vinculan a las personas, lugares, trabajos apostólicos y se transforman en lazos tan cortos que hacen perder la libertad interior, la “indiferencia” del principio y fundamento de los Ejercicios Espirituales (23), aquella que hace “que no deseemos de parte nuestra la salud antes que la enfermedad, la riqueza antes que la pobreza, el honor antes que la deshonra, una vida larga antes que una vida breve, así para todo lo demás, deseando y eligiendo solamente aquello que nos puede conducir mejor al fin para el cual hemos sido creados”.

La unión de los corazones corresponde a la experiencia relatada por el profeta Jeremías, obligado a dejarse seducir por la fuerza de la presencia de Dios en su vida, no obstante todas las resistencias que él pone ante el encuentro con el Señor. A pesar de la sensación de vergüenza y la burla continua de la cual es víctima, reconoce finalmente que el amor del Señor se impuso en su corazón: “Había como un fuego ardiente, retenido en mis huesos; me esforzaba para contenerlo pero no podía”.

Por consiguiente, no tenemos que tener miedo de recorrer este camino hacia nuestras fuentes carismáticas, “en unión de mentes y corazones”. El Señor ha enviado el Paráclito, su Espíritu, para recordarnos todo lo que nos ha enseñado. No importa cual haya sido la vida antes del encuentro con el Señor. Él quiere usar su misericordia y regalarnos “gracia superabundante junto a la fe y la caridad que está en Jesucristo”, para ponernos al servicio de su misión, para hacer que nos transformemos en sus compañeros y confiarnos el ministerio de la reconciliación (cfr. 2 Corintios 5, 18).

Que Nuestra Señora della Strada (Virgen del Buen Camino) sea nuestra guía en este recorrido y obtenga para cada uno de nosotros la gracia de caminar incansablemente, hacia el origen de nuestra fuente de vida, el amor del Señor Jesús.

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Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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