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Genova: Sacerdotes y religios@s hoy; en conversación con el Papa

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No a los curas Google y Wikipedia”

El Papa en Génova se encuentra con los obispos, el clero y los religiosos de Liguria; pide expulsar a los seminaristas que murmuran, pues «cría cuervos y te comerán los ojos»; no a los sacerdotes «que saben todo» y a los que son «empresarios». Cita al cardenal Canestri: «La Iglesia es como un río, lo importante es estar dentro del río»
ANSA

Papa Francisco en la catedral de Génova

Pubblicato il 27/05/2017
Ultima modifica il 27/05/2017 alle ore 16:07
DOMENICO AGASSO JR.
ENVIADO A GÉNOVA

Responsables de los seminarios, «expulsen a los seminaristas que murmuran», de lo contrario, como dice el dicho, «cría cuervos y te sacarán los ojos». Hay que desconfiar de los sacerdotes «que saben todo», a los que los niños podrían llamar «curas Google y Wikipedia», porque son dañinos, así como los curas «empresarios», que no están abiertos a las sorpresas de Dios. El Papa Francisco lo dijo hoy, 27 de mayo de 2017, por la mañana en la Catedral de San Lorenzo de la ciudad de Génova, en donde se reunió con los obispos de Liguria, con el clero y los religiosos de la región, con los colaboradores laicos de la Curia y con representantes de otras confesiones, en la segunda etapa de su visita a la ciudad. El Pontífice citó al cardenal Giovanni Canestri: «La Iglesia es como un río, lo importante es estar adentro del río».

 

Después del saludo del arzobispo cardenal Angelo Bagnasco, el obispo de Roma respondió a algunas preguntas que le hicieron. Pero antes, al tomar la palabra, pidió «rezar juntos por nuestros hermanos coptos egipcios que han sido asesinados porque no querían renegar su fe. Junto a ellos, junto a sus obispos, a mi hermano Tawadros. Los invito a rezar en silencio y luego juntos un Ave María. Y no olvidemos que hoy los mártires cristianos son más numerosos que en los primeros tiempos de la Iglesia».

 

Padre Santo, le pedimos que nos indique los criterios para vivir una intensa vida espiritual en nuestro ministerio que, en la complejidad de la vida moderna y de las tareas administrativas, tiene a hacer que vivamos dispersos y fragmentados.

 

Diré que entre más imitemos el estilo de Jesús, mejor haremos nuestro trabajo de pastores. Este es el criterio fundamental, el estilo de Jesús. Siempre Jesús estaba en camino, en medio de la gente, la multitud, dice el Evangelio, que distingue bien entre discípulos, multitud, doctores de la ley. Podemos intuir que la mayor parte del tiempo Jesús lo pasaba en la calle: esto quiere decir cercanía a los problemas de la gente, no se escondía; después, por la noche, se escondía para rezar. Esto es útil para nosotros, que siempre vamos con prisas, viendo el reloj porque hay que apurarse; pero este comportamiento no es pastoral. Jesús no hacía esto. Jesús nunca estuvo parado, y, como todos los que caminan, está expuesto a tensiones.

El miedo más grande que debemos tener es a una vida estática, del cura que tiene todo bien resuelto, en orden, estructurado, todo en su lugar. Yo tengo miedo del cura estático, incluso cuando es estático en la oración, de tal hora a tal hora. Pero, ¿no te dan ganas de pasar una hora más con el Señor? Una vida tan estructurada no es una vida cristiana. Tal vez ese párroco sea un buen empresario, pero ¿es cristiano? ¿Por lo menos vive como cristiano? Sí, celebra la misa, pero ¿el estilo? ¿Es cristiano o de empresario? Jesús siempre ha sido un hombre de la calle, de camino, abierto a las sorpresas de Dios; por el contrario, el sacerdote que tiene todo planeado, todo estructurado, generalmente está cerrado a las sorpresas de Dios, y se pierde esa alegría de la sorpresa del encuentro. El Señor te sorprende cuando no te lo esperas pero si eres abierto.

 

No hay que tener miedo de esta tensión que nos toca vivir, nosotros estamos en camino y el mundo es así; un educador, un padre, un sacerdote está expuesto a esta tensión, un corazón que ama siempre vivirá expuesto a esta tensión.

 

Si vemos a Jesús, en los Evangelios nos hacen ver dos momentos fuertes, que son el fundamento: el encuentro con el Padre y el encuentro con las personas, todas, incluso las más incómodas, como los leprosos.

 

La oración: tú puedes rezar como un perico, pero no es la manera correcta: en cambio, encuentra al Señor, cállate, déjate ver, di una cosa al Señor… Encuentro. Con la gente, lo mismo. Nosotros, los sacerdotes, sabemos cuánto sufre la gente que viene a pedir consejo y nosotros respondemos apresuradamente: “Ahora no tengo tiempo”. De prisa y no en camino.

 

Claro, estar con la gente cansa, ¡pero es el pueblo de Dios! Pero, ¡piensen en Jesús! Hay que dejarse cansar por la gente, no defender demasiado la propia tranquilidad.

 

El sacerdote no debe hablar demasiado de sí mismo, no debe sentir la necesidad de verse al espejo. El cansancio que sirve es el de la santidad, y no debe ser autoreferencia.

 

Hay que preguntarse: “¿Soy hombre de la calle? ¿De oreja que sabe escuchar? ¿Me dejo cansar por la gente? Esto era Jesús, no hay otras fórmulas.

 

Nos hará bien a todos los sacerdotes recordar que solo Jesús es el Salvador, no hay otros. Y pensar que Jesús nunca se legó a las estructuras, sino que siempre se vinculaba a las relaciones. Si un sacerdote ve que está legado a las estructuras, algo no funciona.

 

Una vez escuché a un hombre de Dios, posible beato, que decía que en la Iglesia hay que vivir lo mínimo de estructuras y lo máximo de vida, y no al contrario.

Sin la relación con Dios y con el prójimo nada tiene sentido en la vida de un sacerdote: harás carrera, irás a esa parroquia que te gusta, pero el corazón quedará vacío, porque tu corazón está legado a las estructuras y no a las relaciones esenciales, con el Padre y con Jesús y con las personas.

 

Quisiéramos vivir mejor la fraternidad sacerdotal tan aconsejada por nuestro cardenal arzobispo y promovida con encuentros diocesanos, vicariales, peregrinajes, retiros y ejercicios espirituales, semanas de comunidad… ¿Puede darnos alguna indicación?

 

Cuántos años tiene usted (“81 ya cumplidos”, fue la respuesta, ndr.) Somos coetáneos. Le hago una confesión, escuhcándolo hablar así, le habría dado 20 años menos (risas generales, ndr.).

 

Fraternidad es una bella palabra, pero no cotiza en la bolsa de valores, es una palabra, es muy difícil la fraternidad entre nosotros, es un trabajo de todos los días en la fraternidad presbiterial. Nosotros tenemos un peligro, de haber creado esa imagen del cura que sabe todo, que no necesita consejos. Los niños pueden decir: “¡Pero este es un cura Google y Wikipedia!”. Y esto hace daño a la vida presbiterial.

¿Por qué perder tanto tiempo en reuniones? Y ¿cuántas veces en las reuniones yo estoy en órbita y no escucho a mi hermano sacerdote que está hablando? Si el obispo dijera: “Ustedes saben que el año que viene aumenta el 8X1000” (impuesto en Italia destinado por los contribuyentes que lo deseen a la Iglesia católica, ndr.), ¡ahí sí avanza la atención! (Risas generales, ndr.) Hay preguntas que debemos hacernos mientras en las reuniones no escucho al otro que está hablando: ¿Por qué no me interesa? ¿Por qué no me interesa lo que está diciendo mi hermano sacerdote?

 

Hay que escucharse, rezar juntos, un buen almuerzo, y hacer fiesta juntos; los sacerdotes jóvenes, un partidito de futbol juntos, esto hace bien: ser hermanos, la fraternidad es muy humana. Los “hermanos” son una riqueza para el otro.

 

Los sacerdotes y los obispos no somos el Señor, nosotros somos los discípulos del Señor, debemos ayudarnos, también discutir, como los discípulos que discutían sobre quién era el más grande entre ellos, pero no chismear, “decir por detrás”. “¿Escuchaste lo que dijo este tonto?”; no a las murmuraciones y a las competiciones.

 

Pensé tres veces si podía decirlo, no sé si debo decirlo, pero puedo decirlo (risas, ndr.). Para hacer un nombramiento de un obispo se piden informaciones a sacerdotes, fieles, consagrados: A veces se encuentran calumnias u opiniones que, sin ser graves, devalúan al sacerdote, y se entiende inmediatamente que detrás están los celos. Cuando no hay fraternidad sacerdotal está la traición de la fe. Para seguir adelante, para crecer, se despluma al hermano.

 

El gran enemigo contra la fraternidad sacerdotal son la envidia y los celos. Sucede que a veces es más importante la ideología que la fraternidad, e incluso que la doctrina. ¿A dónde hemos llegado?

Puede ayudar saber que ninguno de nosotros es el todo, todos somos parte de un cuerpo, la Iglesia de Cristo. La pretensión de tener razón siempre te lleva a equivocarte, pero esto se aprende desde el seminario.

 

Un buen arzobispo de aquí, el cardenal Canestri, decía que “la Iglesia es como un río, lo importante es estar adentro del río”, pero estar a la derecha o a la izquierda del río es una variedad lícita, lo importante es estar dentro del río. Y muchas veces nosotros queremos que el río se haga pequeño y que esté solo de nuestra parte, y condenamos a los demás. Esto no es fraternidad. Todos dentro del río.

 

Esto se aprende en el seminario, y yo lo aconsejo a los formadores: si ven a un seminarista bueno, inteligente, pero que es un chismoso, expúlsenlo: será una hipoteca para la fraternidad. Hay un dicho: cría cuervos y te sacarán los ojos; si crías cuervos en el seminario, destruirán cualquier fraternidad en el presbiterio.

Y luego están el párroco y el vicepárroco, a veces van de acuerdo, a veces están en partes diferentes del río: hagan un esfuerzo para comprenderse y hablarse, lo importante es estar dentro del río y no chismear, se necesita crear unidad; debemos tomar los dones, los carismas, las luces de cada uno.

 

Una vez, algunos monjes fueron a ver al abad Pafnuncio, preocupados por los pecados de uno de ellos y le pidieron ayuda a él: “Sí, he visto en la orilla del río a un hombre en el lodo hasta las rodillas, algunos hermanos querían darle una mano, y, por el contrario, lo hundieron hasta el cuello; hay algunas ayudas que en realidad tratan de destruir, disfrazadas de ayudas”.

 

Una cosa que nos ayudará mucho cuando nos encontremos frente a los pecados y a las cosas feas de nuestros hermanos que tratan de romper la fraternidad es preguntarse: ¿cuántas veces yo he sido perdonado?

 

Usted ha vivido una larga vida consagrada en diferentes situaciones y con diferentes roles de responsabilidad. ¿Qué puede decirnos para vivir nuestra consagración con mayor intensidad, fieles a nuestro carisma, a nuestro apostolado y a la diócesis? (Pregunta de la madre Rosangela Sala, presidenta de Usmi lígure, ndr.)

 

Madre Rosangela, la conozco desde hace años. Es buena, pero tiene un defecto, conduce a 140 kilómetros por hora (risas, ndr.). La diócesis es esa porción del pueblo de Dios que tiene cara. Ha hecho, hace y hará historia. Todos estamos dentro de la diócesis. Nos ayuda para que nuestr fe no sea teórica. Y ustedes, consagradas y consagrados, son un regalo para la Iglesia, cada carisma es un regalo para la Iglesia universal, pero siempre es interesante ver como todos los carismas nacen en un lugar concreto y están unidos con la vida de la diócesis concreta, no nacen en el aire. Lugar concreto que después crece y tiene un carácter universal, pero en el origen siempre tiene una concreción. Es bello hacer memoria de cómo no hay un carisma sin una experiencia fundadora concreta, raíces concretas. Pensemos en los franciscanos: el lugar que nos viene a la mente inmediatamente es Asís, “Pero somos universales”. Sí, es cierto, pero el origen concreto prevalece. El carisma es para ser encarnado, nace en un lugar concreto y luego crece. Pero siempre hay que buscar dónde nació. Esto nos enseña a amar a la gente en los lugares concretos. Concretamente. La concreción de la Iglesia la da la diocesanidad. Esto no quiere decir matar el carisma, no, ayuda a que el carisma se vuelva más real, más visible, más cercano. Cuando la universalidad de un instituto se olvida que debe insertarse en los lugares concretos, en las diócesis concretas, esta orden al final olvidará dónde nació. Se universaliza, pero no hay esa concreción de la diocesanidad. Institutos religiosos voladores no existen, y si alguien tiene esa pretensión, acabará mal.

 

Y pensar en la universalidad sin concreción lleva a la autoreferencialidad. Y después subrayo la disponibilidad. Disponibilidad para ir a donde hay más riesgos, necesidades; hay que donar el carisma, insertarse donde hay más necesidades, en todas las periferias. Estas periferias son el reflejo de los lugares en los que nació el carisma primordial. Y cuando digo disponibilidad también digo revisión de las obras: a veces se hacen porque no hay personal; pero también cuando no hay personal es bueno preguntarse: ¿nuestro carisma es necesario aquí? Hay que ser disponibles, con prudencia de gobierno, pero sin miedo de los riesgos.

 

¿Cómo afrontar la general disminución de vocaciones a la vida sacerdotal y consagrada?

 

Hay un problema demográfico, en Italia estamos bajo cero. Si no hay chicos, no hay vocaciones; era más fácil en tiempos de familias numerosas. Es más fácil convivir con un gato y con el perro que con el hijo, porque me aseguro el amor programado, me siento acompañado por el perro o el gato. En cada época debemos ver las cosas que suceden como un paso del Señor: hoy, el Señor pasa a vernos y nosotros debemos preguntarnos qué sucede.

 

También está la crisis matrimonial, los jóvenes ya no se casan, prefieren convivir. Es una crisis trasversal. Una crisis trasversal que, como tal, es un tiempo para preguntarle al Señor: ¿qué debemos hacer? ¿Cambiar? Afrontar los problemas es necesario, aprender de los problemas es algo obligatorio.

 

Hay que buscar una respuesta a esto, que no sea reductiva, de conquista. Recuerdo como si fuera ahora: “la trata de las novicias”, título del periódico italiano “Corriere della Sera”, creo que de hace algunos años. Fue un escándalo. Una congregación que cogía el pullman, iba a lugares pobres, convencía a las chicas a que fueran a Buenos Aires para que convertirse en novicias, y las cosas no funcionaban. Y este es un dato de hace quince años, pero ha sucedido también en Roma, congregaciones que iban a los países extracomunitarios, pobres: encontraban personas que no tenían vocación, pero que no querían estar allí en esos lugares, entonces venían aquí, no se consagraban, algunos tal vez encontraban trabajo, pero otros acababan en la calle.

 

Los jóvenes piden testimonio de autenticidad, armonía con el carisma. Nosotros debemos comprender que con los comportamientos mundanos somos nosotros los que provocamos ciertas crisis vocacionales, hemos sido nosotros mismos. Se necesita una conversión pastoral, misionera, testimonio que atraiga las vocaciones.

 

Las vocaciones existen, Dios las da, pero si tu, sacerdote o monja, siempre estás ocupado y no tienes tiempo de escuchar a los jóvenes que vienen (que a veces son aburridos), no las cultivamos; los jóvenes están en movimiento: hay que hacerles propuestas misionales. Haciendo estas obras de bien con ellos el Señor les habla.

El testimonio también se ofrece sin palabras. Acabo con una anécdota: en la zona en la que era obispo auxiliar, en un hospital cerca del vicariato, había tres monjitas ancianas y enfermas de una congregación que no tenía gente: la madre general, con buen sentido, las volvió a llamar; un sacerdote llamó a la madre general de una congregación de Corea para pedirle ayuda. Llegan tres monjas coreanas y después de algunos días los enfermos estaban felices: «¡Qué monjas más buenas!». «¿Pero, qué están diciendo, cómo las entienden si no hablan ni una palabra de español?». «La sonrisa», el lenguaje de gestos, del testimonio del amor. Incluso sin palabras se puede atraer a la gente. El testimonio es la clave de las vocaciones.

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Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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