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Fátima: el discurso del Papa en la oración del rosario. Comentario.

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El Papa: Cristo no es un juez despiadado y María no es una “santita”

El saludo de Francisco en la bendición de las velas frente a la capillita de las apariciones de Fátima: no a imágenes «subjetivas» que presentan a la Virgen como si fuera «mejor» que Jesús: «Debemos anteponer la misericordia al juicio»
AP

El Papa Francisco rezando en Fátima

Pubblicato il 12/05/2017
Ultima modifica il 13/05/2017 alle ore 10:11
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO A FÁTIMA

Ya ha llegado la noche. Más de trescientos mil personas abrazan al Papa en la explanada de la Cova da Iria, frente al gran Santuario de Fátima, en el lugar en el que hace cien años tres niños (dos de los cuales están por ser proclamados santos) vieron a la Virgen y recibieron un secreto que marcó la historia del siglo XX. Hay miles de velas encendidas, mientras un viento frío sustituyó al sol tibio de la tarde. La procesión de la tarde con las velas y la oración del Rosario son citas que no faltan en el Santuario.

 

El Papa saludó a los peregrinos, dijo que los llevaba «a todos en el corazón», «especialmente a los más necesitados», como la aparición enseñó a los tres pastorcillos después de haberles mostrado la visión del infierno. «Que ella, madre dulce y premurosa de todos los necesitados —añadió— les obtenga la bendición del Señor. Que, sobre cada uno de los desheredados e infelices, a los que se les ha robado el presente, de los excluidos y abandonados a los que se les niega el futuro, de los huérfanos y las víctimas de la injusticia a los que no se les permite tener un pasado, descienda la bendición de Dios encarnada en Jesucristo».

 

Francisco explicó que «ninguna otra criatura ha visto brillar sobre sí el rostro de Dios como» María. Después, citó las palabras que usó Pablo VI durante un peregrinaje a Cágliari en 1970: «si queremos ser cristianos, tenemos que ser marianos, es decir, hay que reconocer la relación esencial, vital y providencial que une a la Virgen con Jesús, y que nos abre el camino que nos lleva a Él».

 

Pero Bergoglio también aprovechó la ocasión del saludo para alejar interpretaciones de la Virgen que no están en sintonía con el Evangelio. «Peregrinos con María… ¿Qué María? ¿Una maestra de vida espiritual, la primera que siguió a Cristo por el “camino estrecho” de la cruz dándonos ejemplo, o más bien una Señora “inalcanzable” y por tanto inimitable? ¿La “Bienaventurada porque ha creído” siempre y en todo momento en la palabra divina, o más bien una “santita”, a la que se acude para conseguir gracias baratas? ¿La Virgen María del Evangelio, venerada por la Iglesia orante, o más bien una María retratada por sensibilidades subjetivas, como deteniendo el brazo justiciero de Dios listo para castigar: una María mejor que Cristo, considerado como juez implacable; más misericordiosa que el Cordero que se ha inmolado por nosotros?».

 

Es evidente en esas palabras el llamado a no ceder a catastrofismos ni a visiones que presentan a la Virgen como si fuera «mejor» y «más misericordiosa» que Dios Padre y Cristo. «Cometemos una gran injusticia contra Dios y su gracia cuando afirmamos en primer lugar que los pecados son castigados por su juicio, sin anteponer —como enseña el Evangelio— que son perdonados por su misericordia».

 

«Hay que anteponer la misericordia al juicio —recordó el Papa Bergoglio— y, en cualquier caso, el juicio de Dios siempre se realiza a la luz de su misericordia. Por supuesto, la misericordia de Dios no niega la justicia, porque Jesús cargó sobre sí las consecuencias de nuestro pecado junto con su castigo conveniente. Él no negó el pecado, pero pagó por nosotros en la cruz». Es por ello que «quedamos libres de nuestros pecados» y «dejemos de lado cualquier clase de miedo y temor, porque eso no es propio de quien se siente amado». No se trata, pues de una fe basada en el miedo, persiguiendo secretos y visiones, sino fundada en el Evangelio y en el amor.

 

«Cada vez que miramos a María —continuó Francisco— volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes». Bergoglio deseó a todos los presentes que puedan ser, con María, «signo y sacramento de la misericordia de Dios que siempre perdona, perdona todo». Para poder decir: «por culpa del orgullo de mi corazón, he vivido distraído siguiendo mis ambiciones e intereses, pero sin conseguir ocupar ningún trono. La única manera de ser exaltado es que tu Madre me tome en brazos, me cubra con su manto y me ponga junto a tu corazón».

 

Después de la oración del Rosario, el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado vaticano, celebró una misa. En su homilía, el purpurado italiano recordó que la Virgen, «como mamá preocupada por las tribulaciones de sus hijos, apareció aquí con un mensaje de consolación de esperanza para la humanidad en guerra y para la Iglesia que sufre». Parolin también recordó a los «millones de personas que viven todavía en el centro de conflictos insensatos», así como la situación «general de miedo» que se advierte «incluso en lugares un tiempo considerados seguros».

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Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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