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Es posible la esperanza? El Papa al pueblo de Milán en la misa.

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“Se especula sobre el trabajo, familia, pobres, migrantes y jóvenes”

El Papa en Monza: las «claves» para afrontar estos tiempos no como «espectadores que esperan que “deje de llover”» son «memoria, pertenencia a Dios y la posibilidad de lo imposible»
AFP

Papa Francisco en el parque de Monza

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Pubblicato il 25/03/2017
Ultima modifica il 25/03/2017 alle ore 17:33
DOMENICO AGASSO JR
ENVIADO A MILÁN

Mientras el dolor «toca a muchas puertas, en muchos jóvenes crece la insatisfacción por la falta de oportunidades reales, la especulación abunda por doquier». De hecho, «se especula sobre el trabajo, sobre la familia, sobre los pobres, sobre los migrantes, sobre los jóvenes». Estos son tiempos en los que todo «parece reducirse a cifras, dejando que la vida de muchas familias se tiña de precariedad». Fue la denuncia que lanzó Papa Francisco en la homilía de la Misa que presidió hoy por la tarde en el Parque de Monza, durante su visita a la arquidiócesis de Milán de hoy, 25 de marzo de 2017. Sin embargo, el Pontífice subrayó también cuáles son las «claves» para afrontar estos tiempos no como «espectadores que esperan que “deje de llover”»: son «memoria, pertenencia al Pueblo de Dios y la posibilidad de lo imposible», y nos las indica el Ángel para superar «nuestros extravíos».

 

A su llegada, el Obispo de Roma atravesó en coche todas las zonas en las que se dividió el área del parque, saludando a los fieles, que eran alrededor de un millón de personas.

 

El Papa basó su predicación en el anuncio «más importante de nuestra historia: la anunciación de María». Es «un pasaje denso, lleno de vida y que me gusta leer a la luz de otro anuncio: el del nacimiento de Juan Bautista. Dos anuncios que se suceden y que están unidos; dos anuncios que, comparados entre sí, nos demuestran lo que Dios nos da en Su Hijo».

 

Recordó Francisco: «La anunciación de Juan Bautista sucede cuando Zacarías, sacerdote listo para comenzar la acción litúrgica, entra al Santuario del Templo, mientras toda la asamblea está fuera esperando. La anunciación de Jesús, en cambio, sucede en un lugar perdido de Galilea, en una ciudad periférica y con una fama no particularmente buena, en el anonimato de la casa de una joven que llamada María».

 

Este es un contraste «que nos indica que el nuevo encuentro de Dios con su Pueblo tendrá lugar en sitios que normalmente no nos esperamos, en los márgenes», en las periferias.

 

El Pontífice insistió: «Dios mismo es Aquel que toma la iniciativa y elige entrar, como hizo con María, en nuestras casas, en nuestras luchas cotidianas, colmas de ansias y también de deseos».

 

Es justamente en las ciudades, escuelas y universidades, plazas y hospitales, se cumple «el anuncio más bello que podamos escuchar: “Alégrate, ¡el Señor está contigo!”. Una alegría que genera vida, esperanza, que se hace carne en la manera en la que vemos el mañana, en la actitud con la que vemos a los demás. Una alegría que se convierte en solidaridad, hospitalidad, misericordia hacia todos».

 

El Papa se dirigió después a las mujeres y a los hombres de todos los tiempos y de todo el mundo, porque «al par de María, también nosotros podemos ser presa del extravío. “¿Cómo sucederá esto?”, en tiempos llenos de especulación. Se especula sobre la vida, sobre el trabajo, sobre la familia. Se especula sobre los pobres y sobre los migrantes; se especula sobre los jóvenes y sobre su futuro. Todo parece reducirse a cifras –denunció el Pontífice–, dejando, por otra parte, que la vida cotidiana de muchas familias se tiña de precariedad y de inseguridad. Mientras el dolor toca a muchas puertas, mientras en muchos jóvenes aumenta la insatisfacción por falta de oportunidades reales, la especulación abunda por doquier».

 

Seguramente, el ritmo «vertiginoso al que estamos sometidos parecería robarnos la esperanza y la alegría. Las personas y la impotencia frente a muchas situaciones parecerían volvernos árida el alma y hacernos insensibles frente a los numerosos desafíos. Y paradójicamente cuando todo se acelera para construir (en teoría) una sociedad mejor, al final no se tiene tiempo para nada y para nadie».

 

Así se pierde «el tiempo para la familia, para la comunidad, perdemos el tiempo para la amistad, para la solidaridad y para la memoria».

 

Según Francisco, habría que preguntarse: ¿cómo es posible «vivir el Evangelio hoy dentro de nuestras ciudades? ¿Es posible la esperanza cristiana en esta situación, aquí y ahora?».

 

Y el Papa pronunció su exhortación: «Si siguen siendo posibles la alegría y la esperanza cristiana no podemos, no queremos permanecer frente a tantas situaciones dolorosas como meros espectadores que ven hacia el cielo esperando que “deje de llover”». Todo lo que sucede «exige de nosotros que veamos el presente con audacia, con la audacia de quien sabe que la alegría de la salvación toma forma en la vida cotidiana de la casa de una joven de Nazaret». Así, «frente al extravío de María, frente a nuestros extravíos, tres son las claves que el Ángel nos ofrece para ayudarnos a aceptar la misión que nos es encomendada».

 

Lo primero que «el Ángel hace es evocar la memoria, abriendo así el presente de María a toda la historia de la Salvación. Evoca la promesa hecha a David como fruto de la alianza con Jacob. María es la hija de la Alianza». Y nosotros «hoy estamos invitados a hacer memoria, a ver nuestro pasado para no olvidar de dónde venimos. Para no olvidarnos de nuestros antepasados, de nuestros abuelos y de todo lo que han debido pasar para llegar a donde estamos hoy. Esta tierra y su gente han conocido el dolor de las dos Guerras Mundiales; y, a veces, han visto su merecida fama de laboriosidad y de civilización contaminada por ambiciones sin freno». La memoria ayuda a no volverse «prisioneros de los discursos que siembran fracturas y divisiones como única vía para resolver los conflictos».

 

Después, recordó, «¡nos hará bien recordar que somos miembros del Pueblo de Dios! Un pueblo de mil rostros, historias y orígenes, un pueblo multicultural y multiétnico. Esta es una de nuestras riquezas. Es un pueblo llamado a acoger las diferencias, a integrarlas con respeto y creatividad, y a celebrar la novedad que proviene de los demás». Y no hay que olvidar que es «un pueblo que no tiene miedo de abrazar los confines, las fronteras; es un pueblo que no tiene miedo de acoger a los que lo necesitan, porque sabe que allí está su Señor».

 

El tercer elemento deriva de la respuesta del Ángel a María: «Nada es imposible para Dios». Según Francisco, cuando «creemos que todo depende exclusivamente de nosotros, quedamos presos de nuestras capacidades, de nuestras fuerzas, de nuestros horizontes miopes». Por el contrario, si «nos disponemos a dejarnos ayudar, a dejarnos aconsejas, cuando nos abrimos a la gracia, parece que lo imposible comienza a volverse realidad».

 

Al final de la Misa, el cardenal arzobispo de Milán, Angelo Scola, saludó al Papa y le aseguró, conmovido, «nuestra oración cotidiana. Le pediremos a la Virgencita que, cuando este cielo de Lombardia esté despejado (como dijo Manzoni) y se vea desde cualquier punto de la diócesis, que extienda siempre su manto de protección al Sucesor de Pedro. Gracias, Santidad».

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Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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