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La cuestión de los obispos en las relaciones China-Vaticano.

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Cuando Ratzinger dijo: todos los obispos chinos son “válidos”

Desde los años ochenta, un análisis exhaustivo de la Congregación para la Doctrina de la Fe, guiada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, dejó claro que todas las ordenaciones episcopales chinas administradas sin el consenso del Papa eran válidas. Ateniéndose a los mismos criterios sugeridos por el cardenal Joseph Tong para exponer las razones del posible acuerdo entre China y el Vaticano sobre los nombramientos de los obispos chinos

Fieles chinos rezando

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Pubblicato il 28/02/2017
Ultima modifica il 28/02/2017 alle ore 11:25
GIANNI VALENTE

El nombramiento de los obispos católicos chinos representa el «problema crucial» que deben resolver la China popular y la Santa Sede. Y los «resultados preliminares» del dialogo en curso entre ambas partes hacen «tener buenas esperanzas» en un «posible acuerdo» sobre las modalidades con las cuales serán elegidos y nombrados los candidatos chinos al episcopado. Lo escribió el cardenal chino Joseph Tong, obispo de Hong Kong, en un ensayo dedicado al «futuro del dialogo entre China y la Santa Sede desde el punto de vista eclesiológico». Algunas semanas después de su publicación, el texto del templado cardenal chino se perfila cada vez más como una ocasión preciosa (a pesar de ser menospreciada y saboteada por varias fracciones) para favorecer un saludable salto de cualidad en el análisis sobre la negociación que están llevando a cabo China y la Santa Sede.

En su texto, con mucha paciencia, Tong describió las razones y los criterios que guían a la Sede Apostólica en su presuroso afán para resolver el «nudo» de las ordenaciones episcopales chinas. Volvió a explicar que la comunión jerárquica entre el Sucesor de Pedro y los obispos católicos chinos, como con todos los demás, tiene que ver con la naturaleza misma de la Iglesia, representa un elemento al que no se puede renunciar de su misma catolicidad, y por lo tanto se distingue hasta de importantes derechos reivindicativos en nombre de la libertad religiosa. Porque cancelar o impedir cualquier manifestación de la libertad religiosa, por esperable que sea y por defendible que sea, de por sí no cancela y no desvirtúa la catolicidad de la Iglesia de Roma, como documentan milenios de historia del cristianismo.

 

Y hay una premura dominante que impulsa a la Sede Apostólica a verificar la posibilidad de un acuerdo con las autoridades civiles chinas en relación con la cuestión de los nombramientos de los obispos: la exigencia de certificar y garantizar que en el futuro la legitimidad de las ordenaciones de los obispos católicos chinos y la eficacia de salvación de los sacramentos por ellos administrados ya no se vea ofuscada, ni siquiera por las sombras efímeras de la duda y de la sospecha. Esta preocupación sugiere y determina también las decisiones concretas que hay que tomar en la negociación con las autoridades chinas.

 

En el acuerdo en el que se está trabajando, sugirió el cardenal Tong, el consenso del Sucesor de Pedro para los nombramientos de los nuevos obispos chinos es explícitamente reconocido como «conditio sine qua non», elemento imprescindible y vinculante en la dinámica propia de las ordenaciones episcopales católicas. El acuerdo propuesto por Tong en su texto respeta todo lo que la Tradición, con base en la Sagrada Escritura, ha mantenido, definido, custodiado y defendido como esencial en relación con la elección de los sucesores de los apóstoles.

 

Los detractores del posible acuerdo entre China y el Vaticano, para continuar con sus «pequeñas guerras», se ven obligados a ocultar (a veces con vergonzoso desprecio de la inteligencia ajena) un dato emblemático más que evidente: los criterios de discernimiento eclesial seguidos por la Santa Sede en las negociaciones en curso con los gobernantes chinos son los mismos que guiaron a otros Papas y a sus colaboradores que debían tomar decisiones delicadas y concretas ante otras dificultades parecidas e incluso más graves en relación con la Iglesia en China. Como sucedió, por ejemplo, a mediados de la década de los ochenta, cuando la Congregación para la Doctrina de la Fe, guiada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, recibió el encargo de verificar si las ordenaciones episcopales ilegítimas (celebradas en China con presiones de los organismos «patrióticos» y sin el consenso del Papa) podían ser consideradas válidas o eran solamente parodias sacrílegas construidas por una Iglesia reducida a departamento religioso del aparato civil. Una historia del pasado que ilumina el presente. Y que Vatican Insider puede recorrer, añadiendo detalles inéditos.

 

Un tesoro en riesgo

 

Las auto-ordenaciones episcopales democráticas, que no cuentan con el consenso del Obispo de Roma y que se celebran bajo la dirección de la Asociación patriótica de los católicos chinos, comenzaron en 1958. Durante largos años, bajo las presiones del poder civil, en los mismos ritos de consagración se incluían algunas fórmulas inadecuadas y se omitían algunas de las acostumbradas, como para insistir en que tales ordenaciones episcopales se daban sin ninguna «interferencia vaticana» en la vida religiosa del país. Después del «apagón» total con el cruel paréntesis de la Revolución cultural, las ordenaciones episcopales «democráticas» volvieron a comenzar durante la década de los años setenta, cuando sacerdotes y obispos volvieron a operar en las diócesis después de haber sido liberados de los campos de reeducación y de los campos de trabajos forzados. Durante esos años algunos católicos chinos del área «clandestina», la que se negaba a cualquier compromiso con la política religiosa del Partido comunista, habían vuelto a plantear algunas dudas sobre la validez misma de las consagraciones episcopales que no contaban con la aprobación papal.

 

Si las de los obispos «patrióticos» no eran verdaderas ordenaciones episcopales, quería decir que eran inválidas también las ordenaciones sacerdotales administradas por esos mismos obispos. Así, se habría negado el valor y la eficacia también de los sacramentos celebrados en las iglesias que el gobierno comenzaba a permitir, después de la Revolución cultural. Se habría disipado el tesoro de la gracia y del consuelo cristiano al que finalmente muchos fieles podían acceder con cierta facilidad, después de años tremendos.

 

Sucesión apostólica ininterrumpida

 

Mientras tanto, llegaban a Roma también las cartas enviadas por obispos chinos ordenados a principios de los años ochenta sin mandato Pontificio, que pedían el reconocimiento como obispo legítimo de la Sede Apostólica. Entonces la Congregación de Propaganda Fide sometió la cuestión a Juan Pablo II, quien le encargó el estudio del caso para «aclarar dudas que podrían eventualmente subsistir sobre la validez misma de la ordenación». En 1983, esa petición de aclaraciones doctrinales fue presentada a la Congregación para la Doctrina de la Fe. El trabajo, coordinado por el ya fallecido Jean Jérôme Hamer, entonces Secretario del dicasterio vaticano que después habría sido creado cardenal, duró dos años y se sirvió de los «votos de tres autorizados canonistas apreciados por los Dicasterios vaticanos»: el actual cardenal Josè Saraiva Martins, el jesuita Gianfranco Ghirlanda (que después se convirtió en Recotr de la Pontificia Universidad Gregoriana) y don Antonio Miralles, de la Prelatura personal del Opus Dei, profesor de Teología dogmática en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. En 1985 cayeron todas las reservas: la Santa Sede reconoció como válidas las ordenaciones episcopales en China, más allá de cualquier duda razonable. Y esto sucedió en virtud de consideraciones y argumentaciones sorprendentemente en sintonía con el «modus operandi» de la Santa Sede en la actual fase de las negociaciones sino-vaticanas.

 

En la primera mitad de los años ochenta, los funcionarios y asesores del ex Santo Oficio no se pudieron a medir los hechos partiendo de la premisa de que todo estaba en orden. Más bien trataron de verificar si las ordenaciones episcopales chinas «patrióticas» se habían llevado a cabo con las condiciones esenciales exigidas para la validez sacramental.

 

La Iglesia católica reconoce que solamente los varones bautizados pueden convertirse en sacerdotes y obispos, y que solo los obispos que han recibido la sucesión apostólica válida a su vez pueden transmitirla. Al respecto, se verificó minuciosamente toda la nómina de los consagrantes de cada una de las ordenaciones ilegítimas celebradas desde 1958 hasta 1982, para documentar que en las líneas de sucesión apostólica no había habido interrupciones.

 

Rituales «retocados», pero no en lo esencial

 

La Congregación para la Doctrina de la Fe, reuniendo también las versiones de testigos oculares, verificó que todas las ordenaciones de los obispos «patrióticos» chinos se habían llevado a cabo según el Pontifical romano, en las viejas ediciones latinas, tanto antes como después de la Revolución cultural. La Constitución apostólica «Sacramentum ordinis» de Pío XII (de 1947) indicó que eran elementos irrenunciables para considerar válida una ordenación episcopal la imposición de las manos del obispo consagrante sobre el elegido y la recitación de algunas palabras del «Praefatio» (la oración de la consagración), es decir la fórmula «Comple in sacerdote tuo ministerii tui summum, et ornamentis totius glorificationis instructum coelestis unguenti rore sanctifica» («Cumple en tu sacerdote la plenitud de tu ministerio y revístelo con las insignias de la más alta dignidad, santifícalo con la frescura del celeste ungüento»). En las ordenaciones ilegítimas chinas, algunas partes del ritual se omitían o se manipulaban. En la fórmula de juramento se omitían todas las referencias al Papa y a la Sede apostólica. Se incluían fórmulas de carácter nacionalista y «patriótico», o referencias al «principio de independencia», para garantizar la declarada obediencia al gobierno. A pesar de todas estas manipulaciones y cambios fuertes, el análisis meticuloso de los textos que llevó a cabo el ex Santo Oficio confirmó que las omisiones y las inserciones arbitrarias, incluso en el caso de que se verificaran todas efectivamente durante la celebración de las ordenaciones, habrían afectado aspectos no esenciales en relación con la validez del sacramento.

 

Quod facit Ecclesia

 

La otra condición necesaria para la validez de la ordenación episcopal es que la consagración se dé según la intención de «hacer lo que hace la Iglesia» cuando consagra a un obispo («intentio faciendi quod facit Ecclesia»). Tanto en la China continental como en Hong Kong, algunos sostenían que tal condición estaba en contradicción con las afirmaciones de «independencia» y de la absoluta ausencia de referencias a los vínculos con el Obispo de Roma. Pero también sobre este punto las informaciones reunidas por el ex Santo Oficio excluyeron que se pudiera invocar el «defecto de intención» para plantear dudas sobre la validez de las ordenaciones chinas.

 

En particular, con respecto a la cuestión de la intención, algunos expertos consultados citaron un pasaje de la «Apostolicae curae» (de 1896), la Carta apostólica de León XIII sobre la invalidez de las ordenaciones anglicanas. En ese pasaje se insistía en el principio según el cual, al no poder juzgar la Iglesia la intención interior, cuando se respetaran la forma y la materia exigidas para la administración del sacramento, se presumía que tanto el consagrante como el consagrado habrían pretendido «hacer lo que hace la Iglesia» cuando consagra a obispos.

 

Uno de los asesores consultados indicó al respecto que la misma profesión del Credo por parte de los obispos «patrióticos» durante la liturgia de ordenación demostraba su intención de confesar la misma fe de la Iglesia de Roma. De esta manera, se reconocía y se afirmaba que la comunión jerárquica de los obispos chinos con el Obispo de Roma se fundaba y estaba incluida en la confesión de la misma fe.

 

Y así, para alejar cualquier sospecha sobre el «caso chino», era suficiente tener familiaridad y consonancia real con la doctrina católica consolidada durante siglos, además de tener en cuenta cómo habían sido afrontados casos análogos, incluso en la historia reciente de la Iglesia. Desde San Gregorio Magno hasta el Concilio ecuménico Vaticano II, desde San Agustín y Santo Tomás de Aquino hasta el Código de Derecho Canónico promulgado en 1983, el Magisterio y la teología clásica han reconocido válidos los sacramentos administrados incluso por ministros heréticos y cismáticos, siempre y cuando existieran las necesarias condiciones de validez, con base en que «la virtud de Cristo que actúa en los sacramentos es obstaculizada por la condición indigna del ministro» (Papa Atanasio II). Las sanciones canónicas que afectan a los obispos consagrados sin el consenso de la Sede apostólica anulan los actos jurisdiccionales y de magisterio que administran. Pero no pueden invalidar los actos sacramentales, administrados en virtud de la «potestas ordinis» o «potestas sanctificandi» que es irrevocable, en cuanto obtenida en virtud del sacramento que toca la dimensión ontológica de la persona. Y luego, ¿verdaderamente se puede presuponer que los protagonistas de estos casos tienen realmente una intención cismática?

 

Ningún cisma chino

 

Nunca ningún Papa ha reconocido la consumación de un verdadero cisma en el difícil caso de la catolicidad china. Y, a partir de los últimos años setenta, se multiplicaron los testimonios de obispos que decían haber pronunciado las fórmulas «independentistas» «sólo con los labios, pero no con el corazón». Muchos describían incluso los «trucos» que habían utilizado para no pronunciar las fórmulas más ambiguas, omitiéndolas con el visto bueno del consagrante. A menudo el órgano de la Iglesia comenzaba a tocar con mayor intensidad, llenando la iglesia con su sonido potente, para que nadie lograra escuchar las palabras exactas utilizadas en las fórmulas de juramento…

 

Desde los años setenta, las cartas que los obispos ilegítimos enviaban a Roma pidiendo ser legitimados reforzaban en el Vaticano la percepción de que sus casos debían ser juzgados teniendo en cuenta las circunstancias concretas en las que esos obispos habían sido ordenados. Todos se declaraban absolutamente convencidos de la validez de la ordenación recibida. Todos afirmaban haber aceptado la ordenación sin mandato pontificio solamente para garantizar, en tales circunstancias, la continuidad de la Iglesia en China, con la esperanza de que llegaran tiempos mejores. Por ello, a pesar de dejar la última decisión al Papa, también la Congregación para la Doctrina de la Fe, guiada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, expresó un parecer favorable sobre la reintegración de los obispos que pedían la legitimación en el pleno ejercicio del propio ministerio episcopal, apelando a la «suprema lex» que es «la salvación de las almas». Ni siquiera la colaboración de estos obispos con los organismos patrióticos bajo el control del Partido comunista era presentada como un dato que cancelara esta posibilidad.

 

Después de aquel análisis, los Papas predecesores de Bergoglio siempre han reconocido que la sincera voluntad interior de comunión con la Sede de Roma era el factor determinante para considerar caso por caso la situación de cada uno de los obispos chinos, y también las peticiones y las propuestas que enviaban al Vaticano. «Si quieren la comunión», repetía Juan Pablo II a sus colaboradores que lo tenían al tanto sobre «las cosas chinas», «yo se la concedo en un momento. ¡Soy el Papa! La única verdadera pregunta es: ¿quieren de verdad la comunión?» Y Benedicto XVI, en el libro entrevista «Luz del mundo» del periodista Peter Seewald (LEV, 2010), insiste en que «el vivo deseo de estar en unión con el Papa siempre ha estado presente en los obispos ordenados de manera ilegítima. Esto le ha permitido a todos recorrer el camino hacia la comunión, a lo largo del cual han sido acompañados por la obra paciente que se ha hecho con cada uno de ellos individualmente».

 

Los saboteadores de la Tradición

 

Los criterios con los que se guiaba la Sede apostólica cuando reconoció la validez de las ordenaciones episcopales chinas reflejan los que ha seguido el cardenal John Tong en su último texto sobre el futuro del dialogo entre China y la Santa Sede. Se empeñan en ocultarlo los pequeños grupos virtuales que, torpemente, con sus «chantajes doctrinales», tratan de presionar a la Sede apostólica en relación con la cuestión china. Pero bastaría tener un mínimo de respeto por la Tradición y por la naturaleza propia dela Iglesia, o por lo menos tener en cuenta la fantasía que se ha utilizado a lo largo de la historia para custodiar la sucesión apostólica, para reconocer que ahora, en las condiciones actuales es el mismo «sensus fidei» el que sugiere (como escribió Benedicto XVI en la Carta a los católicos chinos de 2007) la oportunidad y la conveniencia de encontrar «un acuerdo con el gobierno para resolver algunas cuestiones tanto sobre la elección de los candidatos al episcopado como sobre la publicación del nombramiento de los obispos y sobre el reconocimiento (para efectos civiles en cuanto necesarios) del nuevo obispo por parte de las autoridades civiles».

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Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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