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La visita del Papa Francisco al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau

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El silencio de Francisco por las víctimas de la Shoah

El momento más conmovedor del viaje del Papa a Polonia; la firma en el libro de visitas: «¡Señor, ten piedad de tu pueblo! ¡Señor, perdón por tanta crueldad!»
AP

Papa Francisco en Auschwitz

29/07/2016
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO A AUSCHWITZ-BIRKENAU

Es el día del silencio y de a oración. Papa Francisco procede lentamente, solo, atravesando el famoso arco con la frase: «El trabajo libera». Reza mudo en la plaza de la Llamada, el famoso sitio en donde eran asesinados los prisioneros, en donde san Maximiliano Kolbe ofreció su vida por la de otro prisionero, un gesto de amor en el lugar de la barbarie y de la pérdida de la humanidad.

 

Bergoglio, tercer Pontífice que entra a Auschwitz II – Birkenau, los campos de concentración en donde fueron exterminados más de un millón de hebreos, decidió no pronunciar ningún discurso. Porque el silencio es la forma más elevada de respeto por las víctimas. Lo que Francisco tenía que decir sobre la horrible tragedia de la Shoah lo dijo en el Yad Vasehm, en Jerusalén, durante el dialogo con su amigo rabino Abraham Skorka: «La Shoah es un genocidio como los demás genocidios del siglo XX, pero tiene una particularidad. No quiero decir que sea de primera importancia, mientras lo demás serían de segunda importancia, sino que hay una particularidad, una construcción idólatra contra el pueblo hebreo. La raza pura y el ser superior son los ídolos sobre cuya base se creó el nazismo. No es solo un problema geopolítico, sino que también existe una cuestión religiosa y cultural. Y cada hebreo que era asesinado era una bofetada al Dios vivo en nombre de los ídolos».

 

 

 

Papa Francisco en Auschwitz

 

 

En el sitio de la masacre, cada palabra habría sido inútil, demasiado poco. El Papa fue recibido discretamente por la Primera ministra Beata María Szydlo y por las autoridades. Papa Francisco también firmó el libro de visitas del campo de concentración, y dejó este mensaje escrito en español: «¡Señor, ten piedad de tu pueblo! ¡Señor, perdón por tanta crueldad!».

 

 

La firma del Papa en el libro de visitas de Auschwitz.

 

Dentro del bloque 11 se reunió personalmente con doce personas que sobrevivieron a la barbarie. Una de ellas prefiere permanecer en el anonimato. El último de ellos le entregó una vela con la que Francisco encendió una lámpara, como regalo al campo, justamente frente al muro de las ejecuciones. La lámpara, con un escudo en plata dorada, se encuentra en una base de madera de nogal y se inspira en la valla metálica del campo de concentración, que sufrió la erosión del tiempo y del clima, como representación del poder que llega a teorizar la supremacía sobre el hombre y sobre la naturaleza. Entre estos escombros renacen la flora y la fauna, como indicando el rescate de la historia humana fecundada por la Pascua de Cristo. De ahí el ideal Corazón de Jesús, sobre el que arde el fuego de la caridad que impulsa al testimonio cristiano en el mundo. Tres de los supervivientes tienen más de cien años. En el Yad Vashem, Francisco besó las manos de los supervivientes; ahora aquí en Auschwitz, dentro del Bloque 11, los abrazó uno por uno, después de haberles estrechado la mano. Hay algunos que le muestran fotos y le piden un autógrafo. Otros le besan la mano.

 

La segunda etapa dentro de Auschwitz es la visita y la oración en la celda en la que murió el padre Kolbe, franciscano polaco. En la celda del hambre, iluminada por una pequeña luz gracias a una pequeña ventana, Francisco se sentó solo, en la penumbra. Y rezó en silencio. En los muros hay cosas escritas y el dibujo de una cruz. El padre Kolbe le dijo al médico que le inyectaba el ácido fénico para acelerar la muerte: «Usted no ha entendido nada de la vida. El odio no sirve para nada, solo el amor crea».

 

Después Francisco se dirigió a Birkenau, el verdadero lugar-símbolo de la Shoah. Entró por la entrada principal y siguió su recorrido a bordo de un cochecito eléctrico paralelamente a las vías del tren, ese camino de hierro que llevaba a la muerte. Frente al monumento a las víctimas de las Naciones lo estaban esperando alrededor de mil huéspedes. El Papa observó las lápidas conmemorativas en diferentes lenguas de las víctimas. El Papa depositó una gran veladora y algunos papeles en una de las lápidas y permaneció varios instantes en oración silenciosa. La única voz que se elevaba fue la del rabino jefe de Polonia, Michael Schudrich, que canta en hebreo el salmo 130, «De profundis». El texto también fue leído en polaco por un párroco.

 

 

Salmo 130, “De Profundis”

 

 

Estaban esperando a Papa Francisco 25 «Justos entre las Naciones», no hebreos que en la hora más oscura, poniendo en peligro la propia vida y la de sus seres queridos, salvaron las vidas de los perseguidos. Como sucedió con la familia Ulma, exterminada por los nazis por haber acogido y ocultado a 8 hebreos en una fábrica. Entre los justos también estaba una monja, Janina Kierstan, madre general de las Hermanas Franciscanas de la Familia, la orden que salvó a unos 500 niños hebreos.

 

El sacrificio del padre Kolbe, el de los Ulma y la valentía de los «Justos entre las Naciones» representan un signo de esperanza, una luz débil pero al mismo tiempo poderosa en medio de la oscuridad de la humanidad.

Autor: loiolaxxi

periodista, jesuita, bloguero, profesor, jubilado

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