Loiola XXI

Lugar de encuentro abierto a seguidor@s de S. Ignacio de Loyola esperando construir un mundo mejor


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Clausura de la JMJ en Cracovia. Próxima jornada, el 2019, en Panamá.

“La Jornada Mundial de la Juventud comienza hoy y continúa mañana”. Cerrando la JMJ polaca el Papa invita a llevar el espíritu de Cracovia a casa

 

 

 

 

 

(RV).- En el inmenso Campus Misericordiae de Cracovia, lugar de la vigilia y, la mañana de este domingo, de la misa final de la Jornada Mundial de la Juventud 2016, resonaron con energía las palabras del Papa Francisco, invitando a los chicos y chicas del mundo a salir al encuentro de Jesús.

Precisamente en su homilía el Santo Padre citó el Evangelio del día que narra el encuentro de Jesús con Zaqueo. Las palabras de Jesús al publicano parecen dichas a propósito para nosotros en este momento: ‘Date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa’. Jesús  dirige la misma invitación a los jóvenes: “‘Hoy tengo que alojarme en tu casa'”. La Jornada Mundial de la Juventud, notó Francisco, “comienza hoy y continúa mañana, en casa, porque es allí donde Jesús quiere encontrarnos a partir de ahora”.

El Papa dijo a los jóvenes que el Señor no quiere quedarse en las experiencias de estos días en Cracovia o en los recuerdos entrañables de estas intensas jornadas, sino que quiere ir a la casa de cada uno, vivir en la vida cotidiana de cada uno: “el estudio y los primeros años de trabajo, las amistades y los afectos, los proyectos y los sueños”. Le gusta  “que todo esto se lo llevemos en la oración”, subrayó, asegurando en el lenguaje de los chicos que “Él espera que, entre tantos contactos y chats de cada día, el primer puesto lo ocupe el hilo de oro de laoración. Cuánto desea que su Palabra hable a cada una de tus jornadas, que su Evangelio sea tuyo, y se convierta en tu ‘navegador’ en el camino de la vida”.

“Jesús, a la vez que te pide ir a tu casa, como hizo con Zaqueo, te llama por tu nombre”. Tu nombre es precioso para él, subrayó porque Él se acuerda de ti: “Su memoria no es un ‘disco duro’ que registra y almacena todos nuestros datos, sino un corazón tierno de compasión, que se regocija eliminando definitivamente cualquier vestigio del mal”, agregó Francisco quien invitó a todos a imitar la memoria fiel de Dios y a custodiar el bien que hemos recibido en estos días. “En silencio hagamos memoria de este encuentro, custodiemos el recuerdo de la presencia de Dios y de su Palabra, reavivemos en nosotros la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre. Así pues, recemos en silencio, recordando, dando gracias al Señor que nos ha traído aquí y ha querido encontrarnos”, pidió.

(RC-RV)

Homilía completa del Santo Padre Francisco

Queridos jóvenes: han venido a Cracovia para encontrarse con Jesús. Y el Evangelio de hoy nos habla precisamente del encuentro entre Jesús y un hombre, Zaqueo, en Jericó (cf. Lc 19,1-10). Allí Jesús no se limita a predicar, o a saludar a alguien, sino que quiere —nos dice el Evangelista— cruzar la ciudad (cf. v. 1). Con otras palabras, Jesús desea acercarse a la vida de cada uno, recorrer nuestro camino hasta el final, para que su vida y la nuestra se encuentren realmente.

Tiene lugar así el encuentro más sorprendente, el encuentro con Zaqueo, jefe de los «publicanos», es decir, de los recaudadores de impuestos. Así que Zaqueo era un rico colaborador de los odiados ocupantes romanos; era un explotador de su pueblo, uno que debido a su mala fama no podía ni siquiera acercarse al Maestro. Sin embargo, el encuentro con Jesús cambió su vida, como sucedió, y cada día puede suceder, con cada uno de nosotros. Pero Zaqueo tuvo que superar algunos obstáculos para encontrarse con Jesús: al menos tres, que también pueden enseñarnos algo a nosotros.

El primero es la baja estatura: Zaqueo no conseguía ver al Maestro, porque era bajo. También nosotros podemos hoy caer en el peligro de quedarnos lejos de Jesús porque no nos sentimos a la altura, porque tenemos una baja consideración de nosotros mismos. Esta es una gran tentación, que no sólo tiene que ver con la autoestima, sino que afecta también la fe. Porque la fe nos dice que somos «hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1): hemos sido creados a su imagen; Jesús hizo suya nuestra humanidad y su corazón nunca se separará de nosotros; el Espíritu Santo quiere habitar en nosotros; estamos llamados a la alegría eterna con Dios. Esta es nuestra «estatura», esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre. Entiendan entonces que no aceptarse, vivir infelices y pensar en negativo significa no reconocer nuestra identidad más auténtica: es como darse la vuelta cuando Dios quiere fijar sus ojos en mí; significa querer impedir que se cumpla su sueño en mí. Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea. Para Jesús —nos lo muestra el Evangelio—, nadie es inferior y distante, nadie es insignificante, sino que todos somos predilectos e importantes: ¡Tú eres importante! Y Dios cuenta contigo por lo que eres, no por lo que tienes: ante él, nada vale la ropa que llevas o el teléfono móvil que utilizas; no le importa si vas a la moda, le importas tú. A sus ojos, vales, y lo que vales no tiene precio.

Cuando en la vida sucede que apuntamos bajo en vez de a lo alto, nos puede ser de ayuda esta gran verdad: Dios es fiel en su amor, y hasta obstinado. Nos ayudará pensar que nos ama más de lo que nosotros nos amamos, que cree en nosotros más que nosotros mismos, que está siempre de nuestra parte, como el más acérrimo de los «hinchas». Siempre nos espera con esperanza, incluso cuando nos encerramos en nuestras tristezas, rumiando continuamente los males sufridos y el pasado. Pero complacerse en la tristeza no es digno de nuestra estatura espiritual. Es más, es un virus que infecta y paraliza todo, que cierra cualquier puerta, que impide que la vida se reavive, que recomience. Dios, sin embargo, es obstinadamente esperanzado: siempre cree que podemos levantarnos y no se resigna a vernos apagados y sin alegría. Porque somos siempre sus hijos amados. Recordemos esto al comienzo de cada día. Nos hará bien decir todas las mañanas en la oración: «Señor, te doy gracias porque me amas; haz que me enamore de mi vida». No de mis defectos, que hay que corregir, sino de la vida, que es un gran regalo: es el tiempo para amar y ser amado.

Zaqueo tenía un segundo obstáculo en el camino del encuentro con Jesús: la vergüenza paralizante. Podemos imaginar lo que sucedió en el corazón de Zaqueo antes de subir a aquella higuera, habrá tenido una lucha afanosa: por un lado, la curiosidad buena de conocer a Jesús; por otro, el riesgo de hacer una figura bochornosa. Zaqueo era un personaje público; sabía que, al intentar subir al árbol, haría el ridículo delante de todos, él, un jefe, un hombre de poder. Pero superó la vergüenza, porque la atracción de Jesús era más fuerte. Habrán experimentado lo que sucede cuando una persona se siente tan atraída por otra que se enamora: entonces sucede que se hacen de buena gana cosas que nunca se habrían hecho. Algo similar ocurrió en el corazón de Zaqueo, cuando sintió que Jesús era de tal manera importante que habría hecho cualquier cosa por él, porque él era el único que podía sacarlo de las arenas movedizas del pecado y de la infelicidad. Y así, la vergüenza paralizante no triunfó: Zaqueo —nos dice el Evangelio— «corrió más adelante», «subió» y luego, cuando Jesús lo llamó, «se dio prisa en bajar» (vv. 4.6.). Se arriesgó y actuó. Esto es también para nosotros el secreto de la alegría: no apagar la buena curiosidad, sino participar, porque la vida no hay que encerrarla en un cajón. Ante Jesús no podemos quedarnos sentados esperando con los brazos cruzados; a él, que nos da la vida, no podemos responderle con un pensamiento o un simple «mensajito».

Queridos jóvenes, no se avergüencen de llevarle todo, especialmente las debilidades, las dificultades y los pecados, en la confesión: Él sabrá sorprenderlos con su perdón y su paz. No tengan miedo de decirle «sí» con toda la fuerza del corazón, de responder con generosidad, de seguirlo. No se dejen anestesiar el alma, sino aspiren a la meta del amor hermoso, que exige también renuncia, y un «no» fuerte al doping del éxito a cualquier precio y a la droga de pensar sólo en sí mismo y en la propia comodidad.

Después de la baja estatura y la vergüenza paralizante, hay un tercer obstáculo que Zaqueo tuvo que enfrentar, ya no en su interior sino a su alrededor. Es la multitud que murmura, que primero lo bloqueó y luego lo criticó: Jesús no tenía que entrar en su casa, en la casa de un pecador. ¿Qué difícil es acoger realmente a Jesús, qué duro es aceptar  a un «Dios, rico en misericordia» (Ef 2,4). Puede que los bloqueen, tratando de hacerles creer que Dios es distante, rígido y poco sensible, bueno con los buenos y malo con los malos. En cambio, nuestro Padre «hace salir su sol sobre malos y buenos» (Mt 5,45), y nos invita al valor verdadero: ser más fuertes que el mal amando a todos, incluso a los enemigos. Puede que se rían de ustedes, porque creen en la fuerza mansa y humilde de la misericordia. No tengan miedo, piensen en cambio en las palabras de estos días: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7). Puede que los juzguen como unos soñadores, porque creen en una nueva humanidad, que no acepta el odio entre los pueblos, ni ve las fronteras de los países como una barrera y custodia las propias tradiciones sin egoísmo y resentimiento. No se desanimen: con su sonrisa y sus brazos abiertos predican la esperanza y son una bendición para la única familia humana, tan bien representada aquí por ustedes.

Aquel día, la multitud juzgó a Zaqueo, lo miró con desprecio; Jesús, en cambio, hizo lo contrario: levantó los ojos hacia él (v. 5). La mirada de Jesús va más allá de los defectos para ver a la persona; no se detiene en el mal del pasado, sino que divisa el bien en el futuro; no se resigna frente a la cerrazón, sino que busca el camino de la unidad y de la comunión; en medio de todos, no se detiene en las apariencias, sino que mira al corazón. Con esta mirada de Jesús, pueden hacer surgir una humanidad diferente, sin esperar a que les digan «qué buenos son», sino buscando el bien por sí mismo, felices de conservar el corazón limpio y de luchar pacíficamente por la honestidad y la justicia. No se detengan en la superficie de las cosas y desconfíen de las liturgias mundanas de la apariencia, del maquillaje del alma para aparentar ser mejores. Por el contrario, instalen bien la conexión más estable, la de un corazón que ve y transmite el bien sin cansarse. Y esa alegría que han recibido gratis de Dios, denla gratis (cf. Mt 10,8), porque son muchos los que la esperan.

Escuchamos por último las palabras de Jesús a Zaqueo, que parecen dichas a propósito para nosotros en este momento: «Date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa» (v. 5). Jesús te dirige la misma invitación: «Hoy tengo que alojarme en tu casa». La Jornada Mundial de la Juventud, podríamos decir, comienza hoy y continúa mañana, en casa, porque es allí donde Jesús quiere encontrarnos a partir de ahora. El Señor no quiere quedarse solamente en esta hermosa ciudad o en los recuerdos entrañables, sino que quiere venir a tu casa, vivir tu vida cotidiana: el estudio y los primeros años de trabajo, las amistades y los afectos, los proyectos y los sueños. Cómo le gusta que todo esto se lo llevemos en la oración. Él espera que, entre tantos contactos y chats de cada día, el primer puesto lo ocupe el hilo de oro de la oración. Cuánto desea que su Palabra hable a cada una de tus jornadas, que su Evangelio sea tuyo, y se convierta en tu «navegador» en el camino de la vida.

Jesús, a la vez que te pide ir a tu casa, como hizo con Zaqueo, te llama por tu nombre. Tu nombre es precioso para él. El nombre de Zaqueo evocaba, en la lengua de la época, el recuerdo de Dios. Fiarse del recuerdo de Dios: su memoria no es un «disco duro» que registra y almacena todos nuestros datos, sino un corazón tierno de compasión, que se regocija eliminando definitivamente cualquier vestigio del mal. Procuremos también nosotros ahora imitar la memoria fiel de Dios y custodiar el bien que hemos recibido en estos días. En silencio hagamos memoria de este encuentro, custodiemos el recuerdo de la presencia de Dios y de su Palabra, reavivemos en nosotros la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre. Así pues, recemos en silencio, recordando, dando gracias al Señor que nos ha traído aquí y ha querido encontrarnos.

(Raúl Cabrera- Radio Vaticano)

(from Vatican Radio)

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El Papa con los jesuitas polacos en Cracovia.

 jesuitas

El discernimiento espiritual es uno de los trabajos fundamentales de la Compañia de Jesús hoy, el Papa a Jesuitas polacos

2016-07-30 Radio Vaticana

(Radio Vaticana).- Fuera de programa, en la tarde del 30 de julio, víspera de la Fiesta de San Ignacio de Loyola, Francisco Papa visitó a los Jesuitas polacos de Cracovia. Según el padre Antonio Spadaro, jesuita director de la Civiltà Cattolica en Roma, presente en la ocasión, estos encuentros fuera de programa, simples y familiares, “se han convertido en algo habitual, porque el Papa encuentra siempre –o casi siempre-, a los Jesuitas durante sus viajes. Fue un encuentro muy bello, muy simple y sereno: saludó a todos uno por uno, abrazando también a algunos que habia conocido ya en el pasado. Después dijo que no tenía ningun deseo de hacer discursos, sino de conversar juntos”.

“Le hicieron preguntas muy interesantes. Por ejemplo, cuál es el significado del trabajo en universitario que hace la Compañia de Jesús, y por tanto el trabajo con la cultura. El Papa dijo que el compromiso debe ser muy fuerte, debe ser un compromiso ‘en salida’, como ha dicho muchas veces. Un compromiso que tiene que ver con la realidad y no solo con la abstracción y con las ideas.”

El Papa recomendó a los jesuitas polacos estar muy cerca de los marginados, lejos del pensamiento liberal que pone al centro el dinero y no la persona. “Habló también del compromiso con los sacerdotes, dijo que el riesgo es que un sacerdote no bien formado sea demasiado blanco o demasiado negro, que actúe simplemente aplicando normas mecánicamente. En cambio es muy importante el discernimiento. Francisco insistió que el discernimiento es el corazón de la vida pastoral. Y por lo tanto es necesario ayudar a los sacerdotes, a los seminaristas con el discernimiento espiritual. Este es uno de los trabajos  fundamentales de la Compañía de Jesús hoy.” jesuita Guillermo Ortiz – Radio Vaticana


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La lección de los jóvenes a los adultos según Papa Francisco.

«No queremos vencer el odio con más odio»

El Papa en la Vigilia de los jóvenes de la JMJ: «Pretenden hacernos creer que encerrarnos es la mejor manera para protegernos de lo que nos hace mal. Hoy los adultos necesitamos de ustedes, que nos enseñen a convivir en la diversidad, en el diálogo, en compartir la multiculturalidad, no como una amenaza sino, como una oportunidad»
AP

JMJ 2016; jóvenes peregrinos en la vigilia de oración con Papa Francisco

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30/07/2016
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO A CRACOVIA

«Pretenden hacernos creer que encerrarnos es la mejor manera para protegernos de lo que nos hace mal. Hoy los adultos necesitamos de ustedes, que nos enseñen a convivir en la diversidad, en el diálogo, en compartir la multiculturalidad, no como una amenaza sino, como una oportunidad». Papa Francisco recibió el abrazo de un millón jóvenes en el “Campus Misericordiae”, la gran zona verde que se encuentra entre la periferia de Cracovia y la pequeña ciudad de Wieliczka. Los jóvenes caminaron kilómetros para llegar a este lugar, en donde pasarán la noche al aire libre. Una vez más, el Papa les habla de acogida, de diálogo, de apertura: «Nosotros no queremos vencer el odio con más odio, vencer la violencia con más violencia, vencer el terror con más terror». Esta no es la vía que hay que recorrer, y Bergoglio está convencido de ello.

 

A su llegada, el Papa fue recibido por el sonido de una campana que pesaba media tonelada. En la zona preparada para los dos encuentros finales de la JMJ se construyeron dos casas para recordar permanentemente el evento, signos tangibles de la misericordia. La primera es una Casa diurna para ancianos. La segunda es un Centro de la Cáritas con un almacén de alimentos donados para los más necesitados de diferentes parroquias. Francisco atravesó la Puerta Santa en compañía de seis jóvenes. Después escuchó los testimonios y las preguntas de otros tres jóvenes.

 

Al tomar la palabra, el Papa citó el testimonio de Rand, un joven sirio de 27 años que es oriundo de la ciudad mártir de Alepo. «Venimos desde distintas partes del mundo, de continentes, países, lenguas, culturas, pueblos diferentes –dijo. Somos “hijos” de naciones, que quizá pueden estar enfrentadas luchando por diversos conflictos, o incluso estar en guerra. Otros venimos de países que pueden estar en “paz”, que no tienen conflictos bélicos, donde muchas de las cosas dolorosas que suceden en el mundo sólo son parte de las noticias y de la prensa. Pero seamos conscientes de una realidad: para nosotros –añadió–, hoy y aquí, provenientes de distintas partes del mundo, el dolor, la guerra que viven muchos jóvenes, deja de ser anónima, deja de ser una noticia de prensa, tiene nombre, tiene rostro, tiene historia, tiene cercanía. Hoy la guerra en Siria, es el dolor y el sufrimiento de tantas personas, de tantos jóvenes como el valiente Rand, que está aquí entre nosotros pidiéndonos que recemos por su amado país».

 

Francisco observó que hay situaciones que nos parecen lejanas hasta que, de alguna manera, «las tocamos». Hay realidades que «no comprendemos porque sólo las vemos a través de una pantalla (del celular o de la computadora). Pero cuando tomamos contacto con la vida»; entonces, «sentimos la invitación a involucrarnos». «No más ciudades olvidadas», repitió Bergoglio haciendo suyo el llamado del joven sirio. «Ya nunca puede haber hermanos «rodeados de muerte y homicidios» sintiendo que nadie los va a ayudar». El Papa invitó a los jóvenes a rezar compartiendo el sufrimiento «de muchas víctimas de la guerra», «para que de una vez por todas podamos comprender que nada justifica la sangre de un hermano, que nada es más valioso que la persona que tenemos al lado». «Por ello, para estar en familia, en fraternidad, todos juntos –dijo Francisco–, los invito a levantarse a tomarse de la mano y a rezar en silencio. Todos».

 

«Nosotros no vamos a gritar ahora contra nadie –exclamó–, no vamos a pelear, no queremos destruir. Nosotros no queremos vencer el odio con más odio, vencer la violencia con más violencia, vencer el terror con más terror». Y añadió inmediatamente después que «nuestra respuesta a este mundo en guerra tiene un nombre: se llama fraternidad, se llama hermandad, se llama comunión, se llama familia».

 

«Que nuestra mejor palabra –añadió–, que nuestro mejor discurso, sea unirnos en oración. Hagamos un momento de silencio y recemos». Francisco invitó a los jóvenes de la JMJ a rezar en silencio por los que saben que al salir de casa «pueden no volver a ver a sus seres queridos», por los que «tienen miedo de no sentirse apreciados y amados». El miedo, explicó Bergoglio, lleva al encierro, y este «siempre va acompañado por su “hermana gemela”: la parálisis, sentirnos paralizados. Sentir que en este mundo, en nuestras ciudades, en nuestras comunidades, no hay ya espacio para crecer, para soñar, para crear, para mirar horizontes, en definitiva para vivir, es de los peores males que se nos puede meter en la vida».

 

Pero, en la vida hay otra parálisis, que para Francisco es «mucho más peligrosa». Es la que nace «cuando se confunde “felicidad” con un “sofá”» que «nos ayude a estar cómodos, tranquilos, bien seguros». Un sofá que garantiza «horas de tranquilidad para trasladarnos al mundo de los videojuegos». La «felicidad-sofá» (el Papa repitió el neologismo en polaco «kanapa-szczęście») es «probablemente la parálisis silenciosa que más nos puede perjudicar». Porque atonta y emboba, «mientras otros (quizás los más vivos, pero no los más buenos) deciden el futuro por nosotros».

 

Seguramente, comentó Francisco, «para muchos es más fácil y beneficioso tener a jóvenes embobados y atontados que confunden felicidad con un sofá». Pero « la verdad es otra: queridos jóvenes, no vinimos a este mundo a “vegetar”». Es «muy triste pasar por la vida sin dejar una huella». La droga hace daño, recordó Bergoglio, «pero hay muchas otras drogas socialmente aceptadas que nos terminan volviendo tanto o más esclavos».

 

Por el contrario, explicó el Pontífice, «Jesús es el Señor del riesgo, del siempre «más allá». Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría, esa alegría que nace del amor de Dios».

 

Papa Francisco invitó a los jóvenes a «ir por los caminos siguiendo la «locura» de nuestro Dios que nos enseña a encontrarlo en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el amigo caído en desgracia, en el que está preso, en el prófugo y el emigrante, en el vecino que está solo». Un Dios que «nos invita a ser actores políticos, pensadores, movilizadores sociales. Que nos incita a pensar una economía más solidaria».

 

Este es el secreto, explicó Francisco a los jóvenes: «Dios espera algo de ti. Dios viene a romper nuestras clausuras, viene a abrir las puertas de nuestras vidas, de nuestras visiones, de nuestras miradas». Dios «quiere hacer que tus manos, mis manos, nuestras manos se transformen en signos de reconciliación, de comunión, de creación. Él quiere tus manos para seguir construyendo el mundo de hoy. Él quiere construirlo con vos».

 

Los límites personales y los pecados no son un problema. Porque, recordó el Papa, «cuando el Señor nos llama no piensa en lo que somos, en lo que éramos, en lo que hemos hecho o de dejado de hacer. Al contrario: él, en ese momento que nos llama, está mirando todo lo que podríamos dar, todo el amor que somos capaces de contagiar. Su apuesta siempre es al futuro, al mañana. Jesús te proyecta al horizonte».

 

«La vida de hoy –concluyó Francisco– nos dice que es mucho más fácil fijar la atención en lo que nos divide, en lo que nos separa. Pretenden hacernos creer que encerrarnos es la mejor manera para protegernos de lo que nos hace mal. Hoy los adultos necesitamos de ustedes, que nos enseñen a convivir en la diversidad, en el diálogo, en compartir la multiculturalidad, no como una amenaza sino, como una oportunidad: tengan valentía para enseñarnos que es más fácil construir puentes que levantar muros. Y todos juntos pidamos que nos exijan transitar por los caminos de la fraternidad. Construir puentes: ¿Saben cuál es el primer puente a construir? Un puente que podemos realizarlo aquí y ahora: estrecharnos la mano, darnos la mano. Anímense, hagan ahora, aquí, ese puente primordial, y dénse la mano. Es el gran puente fraterno, y ojalá aprendan a hacerlo los grandes de este mundo… pero no para la fotografía, sino para seguir construyendo puentes más y más grandes. Que éste puente humano sea semilla de tantos otros; será una huella». Millones de manos se estrechan mientras la noche envuelve el «Campus» de la Misericordia.

 

 

 

 

Después del discurso de Papa Francisco, durante la adoración eucarística, después del atardecer, cada uno de los presentes en la vigilia encendió una vela , y se creó una atmósfera muy particular de recogimiento y oración. Un millón de luces en la oscuridad.

 

Los organizadores del evento, según indicó el padre Federico Lombardi, vocero de la Santa Sede, calculan que participaron en la vigilia de la JMJ de Cracovia, en el «Campus Misericordiae», alrededor de un millón 600 mil personas.


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Algunos jóvenes parecen jubilados,según el Papa

Papa8

VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A POLONIA
CON OCASIÓN DELLA XXXI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

(27-31 DE JULIO DE 2016)

CEREMONIA DE ACOGIDA DE LOS JÓVENES

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Parque Jordan, en Błonia, Cracovia
Jueves 28 de julio de 2016

[Multimedia]


 

Queridos jóvenes, muy buenas tardes.

Finalmente nos encontramos. Gracias por esta calurosa bienvenida. Gracias al Cardenal Dziwisz, a los Obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas, laicos y a todos aquellos que los acompañan. Gracias a los que han hecho posible que hoy estemos aquí, que se han esforzado para que pudiéramos celebrar la fe. Hoy nosotros, todos juntos, estamos celebrando la fe.

En esta, su tierra natal, quisiera agradecer especialmente a san Juan Pablo II [aplauso] ‒«Fuerte, fuerte»‒ que soñó e impulsó estos encuentros. Desde el cielo nos está acompañando viendo a tantos jóvenes pertenecientes a pueblos, culturas, lenguas tan diferentes con un sólo motivo: celebrar a Jesús, que está vivo en medio de nosotros. ¿Lo han entendido? Celebrar a Jesús, que está vivo en medio de nosotros. Y decir que está vivo es querer renovar nuestras ganas de seguirlo, nuestras ganas de vivir con pasión el seguimiento de Jesús. ¡Qué mejor oportunidad para renovar la amistad con Jesús que afianzando la amistad entre ustedes! ¡Qué mejor manera de afianzar nuestra amistad con Jesús que compartirla con los demás! ¡Qué mejor manera de vivir la alegría del Evangelio que queriendo «contagiar» su Buena Noticia en tantas situaciones dolorosas y difíciles!

Y Jesús es quien nos ha convocado a esta 31 Jornada Mundial de la Juventud; es Jesús quien nos dice: «Felices los misericordiosos, porque encontrarán misericordia» (Mt 5,7). Felices aquellos que saben perdonar, que saben tener un corazón compasivo, que saben dar lo mejor a los demás; lo mejor, no lo que sobra: lo mejor.

Queridos jóvenes, en estos días Polonia, esta noble tierra, se viste de fiesta; en estos días Polonia quiere ser el rostro siempre joven de la Misericordia. Desde esta tierras, con ustedes y también unidos a tantos jóvenes que hoy no pueden estar aquí, pero que nos acompañan a través de los diversos medios de comunicación, todos juntos vamos a hacer de esta jornada una auténtica fiesta Jubilar, en este Jubileo de la Misericordia.

En los años que llevo como Obispo he aprendido una cosa ‒he aprendido muchas, pero una quiero decirla ahora‒: no hay nada más hermoso que contemplar las ganas, la entrega, la pasión y la energía con que muchos jóvenes viven la vida. Esto es hermoso, y, ¿de dónde viene esta belleza? Cuando Jesús toca el corazón de un joven, de una joven, este es capaz de actos verdaderamente grandiosos. Es estimulante escucharlos, compartir sus sueños, sus interrogantes y sus ganas de rebelarse contra todos aquellos que dicen que las cosas no pueden cambiar. Esos a los que yo llamo los «quietistas»: «Nada puede cambiar». No, los jóvenes tienen la fuerza de oponerse a estos. Pero, posiblemente, algunos no están seguros de esto… Yo les hago una pregunta, ustedes me respondan: –«Las cosas, ¿se pueden cambiar?» –«Sí» [responden los jóvenes]. –«No se oye», –«Sí» [repiten]. Es un regalo del cielo poder verlos a muchos de ustedes que, con sus cuestionamientos, buscan hacer que las cosas sean diferentes. Es lindo, y me conforta el corazón, verlos tan revoltosos. La Iglesia hoy los mira ‒diría más: el mundo hoy los mira‒ y quiere aprender de ustedes, para renovar su confianza en que la Misericordia del Padre tiene rostro siempre joven y no deja de invitarnos a ser parte de su Reino, que es un Reino de alegría, es un Reino siempre de felicidad, es un Reino que siempre nos lleva adelante, es un Reino capaz de darnos la fuerza de cambiar las cosas. Yo me he olvidado, les repito la pregunta: ‒«Las cosas, ¿se pueden cambiar?» ‒«Sí» [responden]. De acuerdo.

Conociendo la pasión que ustedes le ponen a la misión, me animo a repetir: la misericordia siempre tiene rostro joven. Porque un corazón misericordioso se anima a salir de su comodidad; un corazón misericordioso sabe ir al encuentro de los demás, logra abrazar a todos. Un corazón misericordioso sabe ser refugio para los que nunca tuvieron casa o la han perdido, sabe construir hogar y familia para aquellos que han tenido que emigrar, sabe de ternura y compasión. Un corazón misericordioso, sabe compartir el pan con el que tiene hambre, un corazón misericordioso se abre para recibir al prófugo y al emigrante. Decir misericordia junto a ustedes, es decir oportunidad, es decir mañana, es decir compromiso, es decir confianza, es decir apertura, hospitalidad, compasión, es decir sueños. Pero ustedes, ¿son capaces de soñar? ‒«Sí». Y cuando el corazón es abierto y capaz de soñar, hay espacio para la misericordia, hay espacio para acariciar a los que sufren, hay espacio para ponerse junto aquellos que no tienen paz en el corazón y les falta lo necesario para vivir, o no tiene la cosa más hermosa: La fe. Misericordia. Digamos juntos esta palabra: «Misericordia». ‒Todos: «Misericordia», ‒otra vez: «Misericordia», ‒otra vez para que el mundo nos oiga: «Misericordia».

También quiero confesarles otra cosa que aprendí en estos años. No quiero ofender a nadie, pero me genera dolor encontrar a jóvenes que parecen haberse «jubilado» antes de tiempo. Esto me hace sufrir. Jóvenes que parece que se hayan jubilado con 23, 24, 25 años. Esto me produce dolor. Me preocupa ver a jóvenes que «tiraron la toalla» antes de empezar el partido. Que se han «rendido» sin haber comenzado a jugar. Me produce dolor el ver a jóvenes que caminan con rostros tristes, como si su vida no valiera. Son jóvenes esencialmentes aburridos… y aburridores. Que aburren a los demás, y esto me produce dolor. Es difícil, y a su vez cuestionador, por otro lado, ver a jóvenes que dejan la vida buscando el «vértigo», o esa sensación de sentirse vivos por caminos oscuros, que al final terminan «pagando»…y pagando caro. Piensen en tantos jóvenes, que ustedes conocen, que eligieron este camino. Cuestiona ver cómo hay jóvenes que pierden hermosos años de su vida y sus energías corriendo detrás de vendedores de falsas ilusiones ‒en mi tierra natal diríamos «vendedores de humo»‒, que les roban lo mejor de ustedes mismos. Y esto me hace sufrir. Yo estoy seguro de que hoy, entre ustedes, no hay ninguno de esos, pero quiero decirles: Existen los jóvenes jubilados, jóvenes que tiran la toalla antes del partido, hay jóvenes que entran en el vértigo con las falsas ilusiones y terminan en la nada.

Por eso, queridos amigos, nos hemos reunidos para ayudarnos unos a otros porque no queremos dejarnos robar lo mejor de nosotros mismos, no queremos permitir que nos roben las energías, que nos roben la alegría, que nos roben los sueños, con falsas ilusiones.

Queridos amigos, les pregunto: ¿Quieren para sus vidas ese vértigo alienante o quieren sentir esa fuerza que los haga sentirse vivos, plenos? ¿Vértigo alienante o fuerza de la gracia? ‒«¿Qué quieren?: ¿Vértigo alienante o fuerza de plenitud?». ‒«Fuerza de plenitud». ‒«No se oye bien». ‒«Fuerza de plenitud». Para ser plenos, para tener vida renovada, hay una respuesta; hay una respuesta que no se vende ni se compra, una respuesta que no es una cosa, que no es un objeto, es una persona, se llama Jesucristo. Les pregunto: Jesucristo, ¿se puede comparar? ‒«No». Jesucristo, ¿se vende en las tiendas? ‒«No». Jesucristo es un don, un regalo del Padre, el don de nuestro Padre. ‒¿Quién es Jesucristo? Todos: ‒«Jesucristo es un don». ‒Todos: ‒«Es un don». ‒Es el regalo del Padre.

Jesucristo es quien sabe darle verdadera pasión a la vida, Jesucristo es quien nos mueve a no conformarnos con poco y nos lleva a dar lo mejor de nosotros mismos; es Jesucristo quien nos cuestiona, nos invita y nos ayuda a levantarnos cada vez que nos damos por vencidos. Es Jesucristo quien nos impulsa a levantar la mirada y a soñar alto. «Pero padre ‒me puede decir alguno‒ es tan difícil soñar alto, es tan difícil subir, estar siempre subiendo. Padre, yo soy débil, yo caigo, yo me esfuerzo pero muchas veces me vengo abajo». Los alpinos, cuando suben una montaña, cantan una canción muy bonita, que dice así: «En el arte de subir, lo que importa no es no caer, sino no quedarse caído». Si tú eres débil, si tu caes, mira un poco en alto y verás la mano tendida de Jesús que te dice: ‒«levántate, ven conmigo». ‒«¿Y si lo hago otra vez?» ‒También. ‒«¿Y si lo hago otra vez?» ‒También. Pedro preguntó una vez al Señor: «Señor, ¿Cuántas veces?» ‒«Setenta veces siete». La mano de Jesús está siempre tendida para levantarnos, cuando nosotros caemos. ¿Lo han entendido?: ‒«Sí».

En el Evangelio hemos escuchado que Jesús, mientras se dirige a Jerusalén, se detiene en una casa ‒la de Marta, María y Lázaro‒ que lo acoge. De camino, entra en su casa para estar con ellos; las dos mujeres reciben al que saben que es capaz de conmoverse. Las múltiples ocupaciones nos hacen ser como Marta: activos, dispersos, constantemente yendo de acá para allá…; pero también solemos ser como María: ante un buen paisaje, o un video que nos manda un amigo al móvil, nos quedamos pensativos, en escucha. En estos días de la Jornada, Jesús quiere entrar en nuestra casa: en tu casa, en mi casa, en el corazón de cada uno de nosotros; Jesús verá nuestras preocupaciones, nuestro andar acelerado, como lo hizo con Marta… y esperará que lo escuchemos como María; que, en medio del trajinar, nos animemos a entregarnos a él. Que sean días para Jesús, dedicados a escucharnos, a recibirlo en aquellos con quienes comparto la casa, la calle, el club o el colegio.

Y quien acoge a Jesús, aprende a amar como Jesús. Entonces él nos pregunta si queremos una vida plena. Y yo en su nombre les pregunto: ustedes, ¿ustedes quieren una vida plena? Empieza desde este momento por dejarte conmover. Porque la felicidad germina y aflora en la misericordia: esa es su respuesta, esa es su invitación, su desafío, su aventura: la misericordia. La misericordia tiene siempre rostro joven; como el de María de Betania sentada a los pies de Jesús como discípula, que se complace en escucharlo porque sabe que ahí está la paz. Como el de María de Nazareth, lanzada con su «sí» a la aventura de la misericordia, y que será llamada feliz por todas las generaciones, llamada por todos nosotros «la Madre de la Misericordia». Invoquémosla todos juntos. Todos: María, Madre de la Misericordia.

Entonces, todos juntos, le pedimos al Señor ‒cada uno repita en silencio en su corazón‒: Señor lánzanos a la aventura de la misericordia. Lánzanos a la aventura de construir puentes y derribar muros (cercos y alambradas), lánzanos a la aventura de socorrer al pobre, al que se siente solo y abandonado, al que ya no le encuentra sentido a su vida. Lánzanos a acompañar a aquellos que no te conocen y a decirles lentamente y con mucho respeto tu Nombre, el porqué de mi fe. Impúlsanos a la escucha, como María de Betania, de quienes no comprendemos, de los que vienen de otras culturas, otros pueblos, incluso de aquellos a los que tememos porque creemos que pueden hacernos daño. Haznos volver nuestro rostro, como María de Nazareth con Isabel, que volvamos nuestras miradas a nuestros ancianos, a nuestros abuelos, para aprender de su sabiduría. Yo les pregunto: ‒«¿Hablan ustedes con sus abuelos?» ‒«Sí». ‒«Así, así…» Busquen a sus abuelos, ellos tienen la sabiduría de la vida y les dirán cosas que conmoverán su corazón.

Aquí estamos, Señor. Envíanos a compartir tu Amor Misericordioso. Queremos recibirte en esta Jornada Mundial de la Juventud, queremos confirmar que la vida es plena cuando se la vive desde la misericordia, y que esa es la mejor parte, es la parte más dulce, es la parte que nunca nos será quitada. Amén.


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Jóvenes: el mundo os mira. El Papa en el Via Crucis de Cracovia.

El Papa pide a los jóvenes en el Vía Crucis de la Misericordia que sean “sembradores de esperanza”

2016-07-29 Radio Vaticana

(RV).- Catorce estaciones que fueron acompañadas de catorce obras de misericordia. Así fue el Vía Crucis de la Jornada Mundial de la Juventud en la explana de Blonia la tarde del viernes donde en cada estación la cruz fue llevada por diferentes grupos de jóvenes de diversas asociaciones, como la ‘Comunidad Cenáculo’, la fundación ‘Ayuda a la Iglesia Necesitada’ o la asociación ‘Mutual Help’. Con ellos, Papa Francisco viviendo y sintiendo el dolor del hombre.

El Vía Crucis de la Misericordia comenzó con un grupo de refugiados sirios acogidos en Roma por la Comunidad Sant Egido. A ellos Papa Francisco les dedicó un mensaje especial durante su discurso, recordándoles que “Jesús les abraza con amor”.

El Santo Padre después de haber vivido un día lleno de emociones dolorosas que enmudecen, explicó que en muchas situaciones de la vida donde está presente el dolor de hombre, nos preguntamos ¿Dónde está Dios?. Papa Francisco, conmovido, explicó que la respuesta de Jesús es esta: “Dios está en ellos, Jesús está en ellos, sufre en ellos, profundamente identificado con cada uno. Él está tan unido a ellos, que forma casi como un solo cuerpo”.

El Papa recordó que también Jesús “muriendo en la cruz, se entregó en las manos del Padre (…) y cargó consigo las heridas físicas, morales y espirituales de toda la humanidad”. Y en este sentido pidió a los jóvenes que no vivieran su vida “a medias”, que estén dispuestos a servir generosamente a los hermanos más pobres y débiles, “a semejanza de Cristo”.

(Mónica Zorita- Radio Vaticano)

 

Discurso de Papa Francisco:

«Tuve hambre y me disteis de comer,

tuve sed y me disteis de beber,

fui forastero y me hospedasteis,

estuve desnudo y me vestisteis,

enfermo y me visitasteis,

en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36).

Estas palabras de Jesús responden a la pregunta que a menudo resuena en nuestra mente y en nuestro corazón: «¿Dónde está Dios?». ¿Dónde está Dios, si en el mundo existe el mal, si hay gente que pasa hambre o sed, que no tienen hogar, que huyen, que buscan refugio? ¿Dónde está Dios cuando las personas inocentes mueren a causa de la violencia, el terrorismo, las guerras? ¿Dónde está Dios, cuando enfermedades terribles rompen los lazos de la vida y el afecto? ¿O cuando los niños son explotados, humillados, y también sufren graves patologías? ¿Dónde está Dios, ante la inquietud de los que dudan y de los que tienen el alma afligida? Hay preguntas para las cuales no hay respuesta humana. Sólo podemos mirar a Jesús, y preguntarle a él. Y la respuesta de Jesús es esta: «Dios está en ellos», Jesús está en ellos, sufre en ellos, profundamente identificado con cada uno. Él está tan unido a ellos, que forma casi como «un solo cuerpo».

Jesús mismo eligió identificarse con estos hermanos y hermanas que sufren por el dolor y la angustia, aceptando recorrer la vía dolorosa que lleva al calvario. Él, muriendo en la cruz, se entregó en las manos del Padre y, con amor que se entrega, cargó consigo las heridas físicas, morales y espirituales de toda la humanidad. Abrazando el madero de la cruz, Jesús abrazó la desnudez y el hambre, la sed y la soledad, el dolor y la muerte de los hombres y mujeres de todos los tiempos. En esta tarde, Jesús —y nosotros con él— abraza con especial amor a nuestros hermanos sirios, que huyeron de la guerra. Los saludamos y acogemos con amor fraternal y simpatía.

Recorriendo el Via Crucis de Jesús, hemos descubierto de nuevo la importancia de configurarnos con él mediante las 14 obras de misericordia. Ellas nos ayudan a abrirnos a la misericordia de Dios, a pedir la gracia de comprender que sin la misericordia no se puede hacer nada, sin la misericordia yo, tú, todos nosotros, no podemos hacer nada. Veamos primero las siete obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; vestir al desnudo; acoger al forastero; asistir al enfermo; visitar a los presos; enterrar a los muertos. Gratis lo hemos recibido, gratis lo hemos de dar. Estamos llamados a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada, a tocar su carne bendita en quien está excluido, tiene hambre o sed, está desnudo, preso, enfermo, desempleado, perseguido, refugiado, emigrante. Allí encontramos a nuestro Dios, allí tocamos al Señor. Jesús mismo nos lo ha dicho, explicando el «protocolo» por el cual seremos juzgados: cada vez que hagamos esto con el más pequeño de nuestros hermanos, lo hacemos con él (cf. Mt 25,31-46).

Después de las obras de misericordia corporales vienen las espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia a las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos. Nuestra credibilidad como cristianos depende del modo en que acogemos a los marginados que están heridos en el cuerpo y al pecador herido en el alma. En la acogida del emigrado que está herido en su cuerpo y en la acogida del pecador que está herido en el alma, se juega nuestra credibilidad como cristianos!¡No en las ideas: ahí!

Hoy la humanidad necesita hombres y mujeres, y en especial jóvenes como vosotros, que no quieran vivir sus vidas «a medias», jóvenes dispuestos a entregar sus vidas para servir generosamente a los hermanos más pobres y débiles, a semejanza de Cristo, que se entregó completamente por nuestra salvación. Ante el mal, el sufrimiento, el pecado, la única respuesta posible para el discípulo de Jesús es el don de sí mismo, incluso de la vida, a imitación de Cristo; es la actitud de servicio. Si uno, que se dice cristiano, no vive para servir, no sirve para vivir. Con su vida reniega de Jesucristo.

En esta tarde, queridos jóvenes, el Señor os invita de nuevo a que seáis protagonistas de vuestro servicio; quiere hacer de vosotros una respuesta concreta a las necesidades y sufrimientos de la humanidad; quiere que seáis un signo de su amor misericordioso para nuestra época. Para cumplir esta misión, él os señala la vía del compromiso personal y del sacrificio de sí mismo: es la vía de la cruz. La vía de la cruz es la vía de la felicidad de seguir a Cristo hasta el final, en las circunstancias a menudo dramáticas de la vida cotidiana; es la vía que no teme el fracaso, el aislamiento o la soledad, porque colma el corazón del hombre de la plenitud de Cristo. La vía de la cruz es la vía de la vida y del estilo de Dios, que Jesús manda recorrer a través también de los senderos de una sociedad a veces dividida, injusta y corrupta.

La vía de la cruz no es una actitud sadomasoquista: la vía de la cruz es la única que vence el pecado, el mal y la muerte, porque desemboca en la luz radiante de la resurrección de Cristo, abriendo el horizonte a una vida nueva y plena. Es la vía de la esperanza y del futuro. Quien la recorre con generosidad y fe, da esperanza y futuro a la humanidad. Quien la recorre con generosidad y con fe, siembra esperanza. Y yo querría que ustedes fueran sembradores de esperanza.

Queridos jóvenes, en aquel Viernes Santo muchos discípulos regresaron a sus casas tristes, otros prefirieron ir al campo para olvidar un poco la cruz. Les pregunto: pero respondan cada uno en silencio, en su corazón, en el propio corazón ¿Cómo deseáis regresar esta noche a vuestras casas, a vuestros alojamientos, a vuestras tiendas? ¿Cómo deseáis volver esta noche a encontraros con vosotros mismos? El mundo nos mira. Corresponde a cada uno de vosotros responder al desafío de esta pregunta.


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Hoy también se sufre mucho en el mundo. Palabras del Papa Francisco en Cracovia.

Francisco: después de Auschwitz, también hoy hay crueldad, torturas y cárceles

El Papa se asomó desde el balcón del arzobispado de Cracovia: en muchos lugares del mundo en donde hay guerra sucede lo mismo

El Papa desde el balcón del arzobispado de Cracovia

30/07/2016
REDACCIÓN
ROMA

También ayer noche Papa Francisco se asomó a la ventana del arzobispado de Cracovia para saludar a las personas que se agrupaban a su puerta entre los que se encontraban esta vez varios enfermos, personas sin hogar y discapacitados, según indicó la Radio Vaticana..

«Dobry wieczór! (Buenas noches) –dijo el Santo Padre. Hoy ha sido un día especial, una jornada de dolor. El viernes es el día que recordamos la muerte de Jesús, y hemos terminado con los jóvenes la jornada con la oración del Via Crucis. Hemos rezado el Via Crucis: el dolor y la muerte de Jesús por todos nosotros. Estamos unidos a Jesús sufriente. Pero no sólo sufriente hace dos mil años, sino también hoy. Sufre tanta gente: los enfermos, los que están en guerra, los sin techo, los hambrientos, los que dudan de la vida, que no sienten la felicidad, la salvación, o que sienten el peso del propio pecado».

«En la tarde he estado en el hospital de niños –recordó. También allí Jesús sufre en tantos niños enfermos. Y siempre me viene la pregunta: ¿Por qué sufren los niños? Es un misterio. No hay respuesta para estas preguntas.En la mañana, también otro dolor: he estado en Auschwitz, en Birkenau, para recordar los dolores de hace 70 años. ¡Cuánto dolor, cuánta crueldad! Pero, ¿es posible que nosotros los hombres, creados a semejanza de Dios, seamos capaces de hacer estas cosas? Se han cometido estas. No quisiera entristeceros, pero debo decir la verdad. La crueldad no ha terminado en Auschwitz, en Birkenau: también hoy, hoy se tortura a la gente; tantos presos son torturados, inmediatamente, para hacerlos hablar. Es terrible. Hoy, hombres y mujeres están en las cárceles superpobladas; viven ―perdonadme― como animales. Hoy se da esta crueldad. Nosotros decimos: Sí, hemos visto la crueldad de hace 70 años, como morían fusilados, o ahorcados, o con el gas. Pero hoy, en tanto lugares del mundo, donde hay guerra, sucede lo mismo».

«En esta realidad, Jesús ha venido para cargarla sobre su espalda. Y nos pide rezar –indicó. Pedimos por todos los Jesús que hoy existen en el mundo: los hambrientos, los sedientos, los dudosos, los enfermos, los que están solos, los que sienten el peso de tantas dudas y culpas. Sufren mucho. Recemos por tantos niños enfermos, inocentes, que llevan la cruz desde pequeños. Y recemos por tantos hombres y mujeres que hoy son torturados en muchos países del mundo; por los encarcelados hacinados allí, como si fueran animales. Es triste lo que os digo, pero es la realidad. Pero también es realidad que Jesús ha cargado con todas estas cosas. También con nuestro pecado».

«Todos los que estamos aquí –concluyó– somos pecadores, llevamos el peso de nuestros pecados. No sé si alguno no se siente pecador. Si alguno no se siente pecador que levante la mano. Todos somos pecadores. Pero él nos ama, nos ama. Y obramos, como pecadores, pero como hijos de Dios, hijos de su Padre. Recemos todos juntos una oración por esta gente que hoy sufre en el mundo tantas cosas feas, tantas maldades. Y cuando hay lágrimas, el niño busca a la mamá; también nosotros, pecadores, somos niños, buscamos a la Mamá, y recemos todos juntos a la Virgen, cada uno en su idioma».


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La visita del Papa Francisco al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau

El silencio de Francisco por las víctimas de la Shoah

El momento más conmovedor del viaje del Papa a Polonia; la firma en el libro de visitas: «¡Señor, ten piedad de tu pueblo! ¡Señor, perdón por tanta crueldad!»
AP

Papa Francisco en Auschwitz

29/07/2016
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO A AUSCHWITZ-BIRKENAU

Es el día del silencio y de a oración. Papa Francisco procede lentamente, solo, atravesando el famoso arco con la frase: «El trabajo libera». Reza mudo en la plaza de la Llamada, el famoso sitio en donde eran asesinados los prisioneros, en donde san Maximiliano Kolbe ofreció su vida por la de otro prisionero, un gesto de amor en el lugar de la barbarie y de la pérdida de la humanidad.

 

Bergoglio, tercer Pontífice que entra a Auschwitz II – Birkenau, los campos de concentración en donde fueron exterminados más de un millón de hebreos, decidió no pronunciar ningún discurso. Porque el silencio es la forma más elevada de respeto por las víctimas. Lo que Francisco tenía que decir sobre la horrible tragedia de la Shoah lo dijo en el Yad Vasehm, en Jerusalén, durante el dialogo con su amigo rabino Abraham Skorka: «La Shoah es un genocidio como los demás genocidios del siglo XX, pero tiene una particularidad. No quiero decir que sea de primera importancia, mientras lo demás serían de segunda importancia, sino que hay una particularidad, una construcción idólatra contra el pueblo hebreo. La raza pura y el ser superior son los ídolos sobre cuya base se creó el nazismo. No es solo un problema geopolítico, sino que también existe una cuestión religiosa y cultural. Y cada hebreo que era asesinado era una bofetada al Dios vivo en nombre de los ídolos».

 

 

 

Papa Francisco en Auschwitz

 

 

En el sitio de la masacre, cada palabra habría sido inútil, demasiado poco. El Papa fue recibido discretamente por la Primera ministra Beata María Szydlo y por las autoridades. Papa Francisco también firmó el libro de visitas del campo de concentración, y dejó este mensaje escrito en español: «¡Señor, ten piedad de tu pueblo! ¡Señor, perdón por tanta crueldad!».

 

 

La firma del Papa en el libro de visitas de Auschwitz.

 

Dentro del bloque 11 se reunió personalmente con doce personas que sobrevivieron a la barbarie. Una de ellas prefiere permanecer en el anonimato. El último de ellos le entregó una vela con la que Francisco encendió una lámpara, como regalo al campo, justamente frente al muro de las ejecuciones. La lámpara, con un escudo en plata dorada, se encuentra en una base de madera de nogal y se inspira en la valla metálica del campo de concentración, que sufrió la erosión del tiempo y del clima, como representación del poder que llega a teorizar la supremacía sobre el hombre y sobre la naturaleza. Entre estos escombros renacen la flora y la fauna, como indicando el rescate de la historia humana fecundada por la Pascua de Cristo. De ahí el ideal Corazón de Jesús, sobre el que arde el fuego de la caridad que impulsa al testimonio cristiano en el mundo. Tres de los supervivientes tienen más de cien años. En el Yad Vashem, Francisco besó las manos de los supervivientes; ahora aquí en Auschwitz, dentro del Bloque 11, los abrazó uno por uno, después de haberles estrechado la mano. Hay algunos que le muestran fotos y le piden un autógrafo. Otros le besan la mano.

 

La segunda etapa dentro de Auschwitz es la visita y la oración en la celda en la que murió el padre Kolbe, franciscano polaco. En la celda del hambre, iluminada por una pequeña luz gracias a una pequeña ventana, Francisco se sentó solo, en la penumbra. Y rezó en silencio. En los muros hay cosas escritas y el dibujo de una cruz. El padre Kolbe le dijo al médico que le inyectaba el ácido fénico para acelerar la muerte: «Usted no ha entendido nada de la vida. El odio no sirve para nada, solo el amor crea».

 

Después Francisco se dirigió a Birkenau, el verdadero lugar-símbolo de la Shoah. Entró por la entrada principal y siguió su recorrido a bordo de un cochecito eléctrico paralelamente a las vías del tren, ese camino de hierro que llevaba a la muerte. Frente al monumento a las víctimas de las Naciones lo estaban esperando alrededor de mil huéspedes. El Papa observó las lápidas conmemorativas en diferentes lenguas de las víctimas. El Papa depositó una gran veladora y algunos papeles en una de las lápidas y permaneció varios instantes en oración silenciosa. La única voz que se elevaba fue la del rabino jefe de Polonia, Michael Schudrich, que canta en hebreo el salmo 130, «De profundis». El texto también fue leído en polaco por un párroco.

 

 

Salmo 130, “De Profundis”

 

 

Estaban esperando a Papa Francisco 25 «Justos entre las Naciones», no hebreos que en la hora más oscura, poniendo en peligro la propia vida y la de sus seres queridos, salvaron las vidas de los perseguidos. Como sucedió con la familia Ulma, exterminada por los nazis por haber acogido y ocultado a 8 hebreos en una fábrica. Entre los justos también estaba una monja, Janina Kierstan, madre general de las Hermanas Franciscanas de la Familia, la orden que salvó a unos 500 niños hebreos.

 

El sacrificio del padre Kolbe, el de los Ulma y la valentía de los «Justos entre las Naciones» representan un signo de esperanza, una luz débil pero al mismo tiempo poderosa en medio de la oscuridad de la humanidad.